Covid en Bolivia: los números crecen, los números cantan

En el país hay números que no acaban de cuadrar: en Tarija, Santa Cruz y La Paz se disparan los positivos; en Cochabamba, los cadáveres, y mientras en El Alto se reporta el colapso de los cementerios, los números oficiales hablan de la tasa de letalidad más baja del país

Después de cuatro meses de angurria y pasividad, Bolivia se alista para dar el gran salto en lo que a número de contagios de Covid identificados se refiere. El fin de semana ya se ha superado la cifra psicológica de 2.000 casos diarios, además sobre 3.000 muestras analizadas en laboratorio, lo que sigue dando tasas de positividad superiores al 60 por ciento. Sin embargo, todo eso quedará corto en pocas semanas.

El nuevo protocolo del Ministerio de Salud rompe al fin con las rigideces y deja en manos de los médicos la catalogación de caso positivo de acuerdo al análisis clínico. Hasta hace poco, este análisis era el único camino para acceder a una prueba PCR que confirmara o descartara la enfermedad. Por el camino se ha perdido tiempo y se han sumado muchos contagiados.

El Ministerio hace tiempo que ha dimitido de su necesaria coordinación estratégica en el enfrentamiento de la pandemia. Ojalá que esa ausencia, que se traduce en protocolos a la carta según el departamento, no sirva para ocultar efectos ni gravedades.

La medida se enmarca, de nuevo, más en la escasez de reactivos para pruebas PCR, ahora que Europa empieza con la segunda ola de contagios y los gigantes asiáticos como Asia y Bangladesh empiezan a sentir su virulencia, los mercados no tardarán en colapsar de nuevo y para variar, no parece que se hayan tomado las previsiones suficientes.

En Tarija, que va por delante en esto mal que les pese a algunos, había aprobado el viernes otras medidas que se enfocan en el mismo camino de ahorrar PCR y multiplicar aislamientos efectivos y con tratamiento sintomático. Considerar positivos oficiales los reactivos de pruebas rápidas con síntomas o utilizar una forma de testeo que mete en el mismo reactivo a todos los contactos probables de estar contagiados apuntan a eso.

La medida del Ministerio está más encaminada a evitar que positivos deambulen por las calles buscando ayuda porque nadie tiene demasiadas ganas de valorarlo en serio, mientras que las de Tarija buscan ganarle terreno a la cadena de contagios.

El problema que se abre ahora en Tarija es el de personal, y no solo porque el Servicio Departamental de Salud (Sedes) mantenga una actitud distante con el desafío que les está tocando enfrentar – y del que no pueden escapar -, sino porque realmente el rastreo de casos, el aislamiento y la atención por síntomas individualizada exige una gran cantidad de personal – ojalá profesional en el área – para que tenga éxito.

Es verdad que incrementar el diagnóstico conlleva ciertos riesgos en la fiabilidad de los datos, pero infinitamente menores para la salud pública que no hacerlo. Los números se van a disparar y es posible que entre ellos se aísle a pacientes que no son positivos. Es verdad que en muchos lugares esto ha alimentado las teorías de la conspiración sobre los asintomáticos. En cualquier caso, de lo que se trata es de reducir las muertes.

El virus tiene una alta letalidad y en Bolivia recién está empezando a mostrar sus consecuencias, aunque ya se ha cobrado más de 2.000 vidas en cuatro meses.

El número de víctimas es al final el indicador más claro de lo que se está haciendo bien y lo que se está haciendo mal. En el país hay números que no acaban de cuadrar: en Tarija, Santa Cruz y La Paz se disparan los positivos; en Cochabamba, los cadáveres, y mientras en El Alto se reporta el colapso de los cementerios, los números oficiales hablan de la tasa de letalidad más baja del país.

El Ministerio hace tiempo que ha dimitido de su necesaria coordinación estratégica en el enfrentamiento de la pandemia. Ojalá que esa ausencia, que se traduce en protocolos a la carta según el departamento, no sirva para ocultar efectos ni gravedades.

 

 


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