Covid para ricos, Covid para pobres

El tiempo ha hecho de juez: mientras los ricos estresaron su sistema de salud y subsidiaron el desempleo, en los países pobres las cuarentenas han fracasado porque no hay Estado que la resista

Pasados ya los cuatro meses desde que la enfermedad Covid-19 fue declarada pandemia mundial, ha transcurrido el tiempo suficiente como para que se empiecen a evidenciar las diferencias entre los países pobres y los ricos, pero no lo suficiente.

El virus que salió de China llegó primero a los países más industrializados del mundo, porque bien es sabido que estas pandemias se mueven primero en avión, aunque finalmente se fue arrinconando hacia clases populares.

La cronología da cuenta de que el virus estalló primero en Europa, donde sus Gobiernos además tardaron en decretar cierres y cuarentenas precisamente por “cuidar la economía”, tensionando al máximo sus sistemas de salud, que al final apenas colapsaron solo un par de semanas. Los muertos en Europa se cuentan por miles como resultado de una población envejecida, pero sus periodos de enclaustramiento han sido sustancialmente cortos respecto a lo que está pasando en el resto del mundo. Mientras en España se declaró el estado de alarma una semana antes que en Bolivia, las restricciones acabaron el 1 de julio, cuando nuestra curva todavía empezaba a dispararse.

Al norte se permite bromear y hablar de teorías de conspiración con un Estado dispuesto a utilizar su máquina de hacer dinero para que no falte de nada

A América el virus llegó a principios de marzo. En Estados Unidos de una forma anticipada, pero subestimada. En Sudamérica, con sus desigualdades y sus precariedades sanitarias, con mucha más conmoción. El 22 de marzo Bolivia decretó cuarentena total en todo el país con apenas 36 casos confirmados. Hoy superamos los 45.000. Las desigualdades empezaron a operar.

Entre marzo y abril era más bien poco lo que se sabía del virus, y lo sigue siendo, pero todos los Gobiernos se lanzaron a comprar respiradores para camas UTI por un lado y los insumos para los diagnósticos tanto de pruebas rápidas como de PCR. Es una obviedad decir que los más ricos fueron aprovisionados antes que los más pobres.

No faltaron los gallos que hablaron del “resfriadito” del virus: Donald Trump y Jair Bolsonaro, hoy por hoy los dos países más afectados ya que entre ambos llegan a casi cinco millones de contagios de los 12 que hay en el mundo. Su particular forma de hacer política y sus aparatos comunicacionales especializados que iniciaron polarizando salud y economía, como si ambas cosas no estuvieran íntimamente relacionadas, acabaron por alimentar los bulos y toda la teoría de la conspiración negacionista y conspiranoica.

El tiempo ha hecho de juez. La estupidez soberbia también. Mientras en Europa se condensó el encapsulamiento para salir cuanto antes inyectando millones de dólares en la salud y también en la economía a través de subsidios directos a las empresas para conservar los puestos de trabajo y sostener el consumo, en Sudamérica, el continente más desigual y con peor estado del bienestar, las cuarentenas fracasaron y la gente salió a buscar su pan del día más allá del virus. Los números de contagios son elocuentes en países como Chile y Perú; la proyección de Bolivia es espasmódica. La muerte evidentemente es un riesgo que se asume, y se usa barbijo.

Al norte, sin embargo, la muerte no es una opción y se permite bromear y protestar sobre la incomodidad de los barbijos con la máquina de hacer dinero de su lado y un Gobierno dispuesto a pagar ingentes cantidades de recursos en los pacientes y a comprar toda la producción mundial de respiradores, mascarillas o de cualquier medicamento experimental.

Eso, evidentemente, no aplica para los países sudamericanos, ni siquiera para el más rico de todos nosotros. La prevención, por ende, es indispensable. 


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