El desastre de la OMS
Más allá de los muchos desatinos de la Organización Mundial de la Salud, es tiempo de escuchar a los médicos para completar esta batalla en la que ya hemos destinado mucho tiempo como para perderla
Más allá de darle la razón a Donald Trump, la Organización Mundial de la Salud (OMS) está adoleciendo de una desastrosa estrategia de comunicación – cuando menos – o lo que es peor, una patética capacidad para ordenar el sector más sensible del mundo en un momento de crisis como el actual.
Más allá de conspiraciones socio-farmacéuticas, que como todo río que suena, algo trae, la OMS no ha sido capaz de orientar de forma útil a los Gobiernos y a las diferentes sociedades en la lucha contra el virus. Es así que siete meses después de que el virus estallara en China, se siga discutiendo sobre el tema de los barbijos, las formas de propagación, el rol de los asintomáticos y la utilidad de las cuarentenas.
Doce millones de contagios después y más de medio millón de víctimas, la OMS sigue titubeando en aspectos básicos como el uso de barbijos en espacios públicos. Después de meses negando su uso, o limitándolo al uso de pacientes contagiados, acabó por reconocer que sí era útil y a más, lo recomendó incluso dentro del hogar.
Afortunadamente, en Tarija seguimos el ejemplo asiático, que nunca dudaron de esto incluso en tiempos no pandémicos, y se prescribió como obligatorio a las primeras de cambio, cuando ya la mayoría de la gente lo usaba. Es curioso que en países desarrollados no se aplique esta norma básica y que se aduzcan limitaciones del mercado, como si cualquiera no pudiera hacerse un protector.
Más allá de conspiraciones socio-farmacéuticas, que como todo río que suena, algo trae, la OMS no ha sido capaz de orientar de forma útil a los Gobiernos y a las diferentes sociedades en la lucha contra el virus
Más graves fueron sus vacilaciones recientes sobre el rol de los asintomáticos. Después de meses advirtiendo del riesgo de los portadores del virus que no presentaban síntomas, la OMS puso en duda el acervo científico acumulado por los países que habían salido más o menos airosos de la lucha. Todo acabó con una retractación más o menos oficial que venía a confirmar una vez más lo poco que se sabe del virus.
Lo mismo ha venido pasando con los conocimientos científicos al respecto y su aplicación en medicamentos y vacunas. Primero eran neumonías, luego trombos y ahora se estudia el impacto cerebral del virus. Es sin duda un virus demasiado complejo que no permite desarrollar rápido una vacuna, que debe ser testeada con garantías, sino ni siquiera un tratamiento estandarizado para enfrentar la enfermedad.
Esos vacíos en la comunicación de la complejidad del virus, que se ha diluido entre las confusiones, ha permitido seguramente la aparición de los tratamientos milagrosos, más allá de los experimentales, que además de riesgo para la salud suponen una subestimación del propio riesgo del virus. Es necesario que en este contexto de indefinición, la medicina experimente y saque conclusiones. Otra cosa es que en Bolivia ya vayamos por la cuarta “cura garantizada” del virus y que no pase nada.
Es la misma OMS la que ha recomendado el camino de la multiplicación de test, salvo que esta vez viene con el aval de los países que sí han logrado contener el virus. Acabar con el virus es aislarlo de una vez y para ello, reducir el contacto social y mantener las distancias es clave. En Bolivia estamos atravesando los momentos más delicados, y más allá de la OMS, es tiempo de hacer el esfuerzo para salir de esta. Porque saldremos.


