Por qué encapsularse vale la pena

La economía está sufriendo y no lo hará más por una semana de cierre más o menos, sino por una cuarentena infinita y a medio gas durante todo el año. Es hora de actuar contra la pandemia, contra la curva

Arranca el tercer día de encapsulamiento en Cercado y los ánimos siguen firmes. Quien más quien menos ha entendido que la medida va en serio y que es necesaria. Las cifras que se empiezan a conocer a nivel nacional son preocupantes: más de mil casos diarios, medio centenar de fallecidos al día, centros de la tercera edad infectados, etc. También preocupan las que no se conocerán, como el número oficial de muertos que está sembrando la pandemia ya que no podrán siquiera hacerse una prueba de confirmación porque los laboratorios están saturados.

A estas alturas ya ha quedado claro que lo del coronavirus no es “una gripecita” y que, de correr libre como algunos “científicos” postulaban y algunos países han permitido, las cifras se saldrían de control muy rápidamente por la velocidad de contagio.

El encapsulamiento pretende, precisamente, cortar la velocidad de contagio. Sacar a más infectados del “anonimato” para ponerlos rápidamente en el tratamiento y evitar que el virus se siga contagiando en las calles de Tarija.

Superados los 300 contagios incluso antes de que se empiecen a sumar las cifras encontradas en el testeo rápido y confirmadas en PCR, las curvas se multiplican a velocidades endiabladas, sobre todo en el Chaco

En Bolivia todos somos conscientes de que el riesgo no está solo en la enfermedad sino en los hospitales en sí mismos. Nuestro precario sistema de salud, infradotado para el disfrute de privados y otras formas de hacer medicina, va a ser incapaz de sostener la emergencia con dignidad. A la fecha, con 25.000 casos, las UTI de medio país ya están saturadas y los muertos oficialmente registrados se cuentan por centenares.

De entre los 50 países más afectados por la pandemia, Bolivia es el 44 en términos absolutos por casos confirmados y el 37 respecto al número de muertos. En términos proporcionales por millón de habitantes, es el 33 y el 24 respectivamente. Datos que no son para nada alentadores.

Tarija es, por el momento, el departamento menos afectado en Bolivia, pero los datos tampoco son buenos. Superados los 300 contagios incluso antes de que se empiecen a sumar las cifras encontradas en el testeo rápido y confirmadas en PCR, las curvas se multiplican a velocidades endiabladas, sobre todo en el Chaco.

El camino es cortar los contagios. Es lo que han hecho los países que hoy han recuperado cierta normalidad y se vuelcan contra los rebrotes. España, que ha pasado de 10.000 casos diarios a 27; China; Corea y todos los demás. En ese camino, las pruebas rápidas y la honestidad en los reportes sintomáticos de los propios enfermos son vitales.

La economía está sufriendo, pero no solo la tarijeña, sino la del mundo entero. Una semana más o una semana menos, al final, no va a resultar más o menos decisiva. Al menos, no más que una cuarentena infinita, un miedo absoluto a consumir en sociedad o un país trabajando seis horas al día y recluido el resto. Al menos, no más que una cifra desproporcionada de muertos, que no son solo muertos, sino docenas de familias afectadas que quedan mutiladas y en riesgo de pobreza.

La epidemia por sí sola no va a desaparecer. La enfermedad no va a pasar mirando una curva, sino actuando sobre esa curva. Y es tiempo de actuar.


Más del autor