La innecesaria escalada violenta que no aporta nada a la lucha contra la pandemia
El estratega confeso de este caos. Mohammed Mostajo, está hoy en Estados Unidos mientras que los que se quedan vuelven a exhibir su fuerza represiva como única respuesta a una situación desbordada
En la lucha contra el coronavirus en Bolivia, están teniendo mucho más protagonismo el ministro de Gobierno y el de Defensa que el de Salud, cartera por la que por cierto ya han pasado tres ministros sin que ninguno haya podido detallar la estrategia a seguir en la lucha contra el virus.
La estrategia se ha mantenido durante toda la emergencia sanitaria, sobre todo al principio, y se ha recrudecido en estas últimas semanas, justo cuando los casos se multiplican en todos los departamentos y el Gobierno es incapaz de explicar porqué decretó el fin de la emergencia sanitaria desde el 1 de junio sin que ningún informe médico lo avalara.
El 10 de marzo aparecieron los dos primeros casos de coronavirus en el país e inmediatamente inició una media cuarentena que fue aún más rápidamente sustituida por la total y más rápidamente aún, por el estado de emergencia. El 22 de marzo había 27 casos en el país y, supuestamente, montones de policías y militares patrullando las calles para que nadie saliera. Nadie hablaba ni de pruebas, ni de rastreos, ni de otros aspectos a controlar, solo de la represión.
En ese tiempo, además, el establishment mediático concentró sus críticas hacia el incumplimiento de la cuarentena en las zonas más populares: El Alto de La Paz, Plan 3000 o el Mercado Campesino de Tarija. Nadie ofreció conciliación ni diálogo con las organizaciones sindicales, sí “bota militar”.
La escalada violenta, de momento verbal, no beneficia a nadie y el Gobierno es quien en este caso debe tomar la iniciativa por responsabilidad. No hay que remontarse a tiempos muy lejanos para recordar lo que pasa en este país cuando el pueblo se levanta.
Como en este país nadie es tonto, aunque algunos crean que sí, el foco tenía una clara intención política de criminalizar al Movimiento Al Socialismo. Los datos, por cierto, no han secundado el relato: Hay más positivos en La Paz que en El Alto, en el anillo central de Santa Cruz que en la periferia y más o menos igualado entre barrios tradicionales y populares de Tarija.
Al Gobierno no le funcionaron los raquíticos bonos de 500 bolivianos distribuidos finalmente para todos “sin discriminación” ni ninguna otra iniciativa destinada a paliar las urgencias de la población que necesita trabajar para comer, y no hablamos solo de los que “viven del día”, sino de los enormes bolsones de empleados informales que sostienen comercios de ropa, restaurantes o que son cuidadores, lava autos, profesoras de guardería, choferes, etc. ¿Cuánto hay que esperar por el plan de los 600.000 empleos?
Evidentemente, la gente salió a la calle porque no hay “bota militar” que alimente. En los departamentos donde se ha hecho mejor, la gente sale con sus barbijos, ha puesto alcohol en gel en cada esquina y se recoge al medio día. En los que no, es el caos.
El estratega confeso de este caos, Mohammed Mostajo, está hoy en Estados Unidos mientras que los que se quedan vuelven a exhibir su fuerza represiva como única respuesta a una situación desbordada. No faltan, claro, los que entran al trapo de la provocación, que con el soporte mediático preciso, una protesta legítima se convierte en acto terrorista.
Arturo Murillo y Luis Fernando López deberían entender que la pandemia no se cura con amenazas sino con médicos. Qué útiles serían los militares, por ejemplo, desplegándose por todo el territorio nacional para tomar pruebas rápidas que permitan acelerar diagnósticos y tratamientos. En marzo el virus se había dispersado ya por los municipios cochabambinos y el Chapare, pero le siguieron semanas de silencio. ¿Qué se hizo entonces? ¿En qué ayuda a Trinidad “la madre de todos los encapsulamientos” mes y medio después de la explosión en una ciudad sin internistas y con apenas dos camas UTI?
Aunque los optimistas y calculadores quieran decir que esto ya acaba, lo cierto es que apenas acaba de empezar. La escalada violenta, de momento verbal, no beneficia a nadie y el Gobierno es quien en este caso debe tomar la iniciativa por responsabilidad. No hay que remontarse a tiempos muy lejanos para recordar lo que pasa en este país cuando el pueblo se levanta.


