El epidemiólogo que llevamos dentro

Las curvas y proyecciones sobre la evolución de la pandemia no son inmunes a nuestro comportamiento. Nadie puede creer que el futuro de la enfermedad “ya está escrito”

Si la crisis del coronavirus no fuera tan grave y las proyecciones de víctimas no fueran tan alarmantes, el asunto podría dar para chanzas, pero la cuestión es que la Covid-19 sigue creciendo en todo el país, es decir, en todos sus departamentos, al mismo tiempo que se ha acabado la paciencia para aquellos que deben producir y generar ingresos y que no pueden acudir al teletrabajo.

Las sistemáticas ausencias de Estado unidas a un Gobierno más concentrado en otros menesteres han resultado un cóctel peligrosísimo a la hora de mezclarse con las costumbres culturales – muchas de ellas adoptadas -.

Desde siempre, los bolivianos llevamos un médico dentro, o tenemos una tía, abuela o vecino que sabe curar desde las paperas al “susto” pasando por todo tipo de técnicas coercitivas, terapias naturales o disposiciones preventivas, como la leche de burra y que hace un par de semanas enumeraba Walter Chávez en su artículo dominical.

Desde siempre, el sistema de salud ha sido precario, por lo que se desarrolló un sistema privado paralelo, muchas veces convergente, en el que el cliente, básicamente, llega con un diagnóstico y paga por lo que quiere obtener, sea un test de embarazo o una tomografía. Con el incipiente desarrollo del servicio público no han cambiado las costumbres: por lo general se acude al médico a confirmar y exigir una prueba determinada o un tratamiento concreto.

El rechazo discriminatorio a los pacientes confirmados se repite en toda la geografía nacional, también la neurosis colectiva, la automedicación con la receta de moda y además, la exigencia de toma de pruebas sin atender a los protocolos médicos

Con la Covid 19 no tenía por qué ser diferente, aunque la lógica ha atravesado territorios dramáticos. El rechazo discriminatorio a los pacientes confirmados se repite en toda la geografía nacional, episodios que posteriormente llevan a la neurosis colectiva, la automedicación con la receta de moda – ivermectina, plasma, etc., - y además, la exigencia de toma de pruebas sin atender a los protocolos médicos, que por otro lado, nadie se esfuerza demasiado en explicar.

La otra rama de epidemiólogos exprés tiene que ver con el afán de las proyecciones y las estimaciones matemáticas, que si bien pueden ser una buena herramienta para el trabajo de los expertos, vienen a decir poco a la población en general más allá de generar alarmismo, por un lado, al mismo tiempo que una sensación de que nada de lo que cada uno haga importa, porque la curva ya está fijada y hasta ahí llegaremos.

En estos afanes proyectivos, muchos políticos han perdido el principio de prudencia y se han aventurado a hacer aseveraciones temerarias y contradictorias. El último ha sido Samuel Doria Medina, que ha asegurado que la crisis ya está pasando en Beni, sin atender al número de pruebas o exhibir otra documentación que su palabra. Antes, el Gobierno levantó la emergencia nacional sin mostrar una proyección que luego exigió a quienes quieren elecciones en septiembre.

Tal vez estemos en lo peor de la crisis, o tal vez no, porque lo que en realidad tenemos son proyecciones con matriz europea o asiática que tienen poco en cuenta nuestras condiciones sociales y económicas, ni nuestra atroz ausencia de Estado.

Lo mejor que se puede hacer hoy es cuidarse y, lamentablemente, no esperar demasiado de nadie. Ninguna curva ni proyección lee el futuro ni es inmune a nuestro comportamiento. Lo de quedarse en casa no era una moda pasajera.

 


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