Literatura Bolviiana
“Flores de papel”: historias de guerra con mirada de niño
La obra de César Herrera reúne ocho relatos ambientados en escenarios bélicos y propone una reflexión sobre la violencia, la migración, la pertenencia, la diversidad y la capacidad humana de resistir
“Flores de papel”, de César Herrera, es un libro atravesado por la guerra, el dolor y la crueldad, pero también por el duelo, la resiliencia y la esperanza. La segunda edición de la obra, publicada por el Grupo Editorial La Hoguera, fue presentada con una reflexión de María Julia Sueldo, quien destacó tanto la sensibilidad del autor como la profundidad de las historias que componen el volumen.
Sueldo describió a Herrera como un escritor prolífico, cuya dedicación y disciplina resultan admirables. “Pareciera que respira letras y exhala historias”, afirmó, antes de destacar la sensibilidad que, a su juicio, se refleja en la personalidad y en la obra del autor.
“Flores de papel” reúne ocho historias narradas desde paisajes bélicos, fríos no solamente por la nieve y la intemperie, sino también por la frialdad de quienes permanecen atrapados en roles impuestos por la ambición y el odio.
Uno de los relatos, “Cielo sin color”, aborda la desintegración familiar y presenta a un protagonista para quien la esperanza y el peso de seguir adelante parecen asfixiarse mutuamente. Sin embargo, esa misma necesidad de avanzar termina imponiéndose: la vida, plantea el relato, está también en el movimiento hacia adelante.
En “Los durmientes”, un cuento que para Sueldo “no es tan cuento”, aparece otra de las grandes preocupaciones del libro: la necesidad profundamente humana de pertenecer. Pertenecer a un lugar, a una comunidad y a una historia compartida. El relato aborda además la incertidumbre y la impotencia de quienes se ven obligados a migrar y las heridas que provoca el rechazo, especialmente cuando quienes lo sufren son niños.
La reflexión de Viktor Frankl sobre la libertad de elegir la actitud frente al destino sirve a Sueldo para establecer uno de los diálogos centrales con la obra de Herrera. En Flores de papel, la esperanza permanece viva hasta el final gracias a una actitud que se resiste a rendirse. Pero otros relatos, como “Amigos enemigos” y “Eran 70”, conducen hacia la desesperanza y recuerdan una inquietante posibilidad: “no hace falta morir para estar muerto”.
El enemigo y “el otro”
A través de sus historias, Herrera presenta personajes y fuerzas identificadas como “el maligno”, “los sin corazón”, “el oscuro” o las “garras negras de polvo y humo que avanzan”. Pero la lectura conduce inevitablemente hacia una pregunta: ¿quién es realmente el enemigo?
Y detrás de ella aparece otra: ¿quién es el otro?
Sueldo recurre a Jean-Paul Sartre y a Martin Buber para explorar esta cuestión. Para Sartre, “el infierno son los otros”: la mirada ajena puede convertir a una persona en objeto, sometiéndola a una definición y a un juicio que no controla.
Buber, en cambio, propone la relación Yo-Tú, en la que el otro deja de ser un objeto de análisis o utilidad y se convierte en una presencia plena, reconocida en su dignidad. Cuando esa relación se transforma en Yo-Eso, el otro deja de ser persona para convertirse en instrumento, obstáculo o enemigo.
Esa tensión aparece con especial fuerza en “Amigos enemigos”. Juan, un niño soldado boliviano, encuentra en los ojos de Manuel, un niño soldado paraguayo, ese espacio de encuentro del “Yo-Tú”. Sus compatriotas, sin embargo, no son capaces de verlo de la misma manera.
Niños que dejan de ser niños
Uno de los elementos más conmovedores de Flores de papel es que César Herrera narra estas historias desde la experiencia de niños de entre siete y 14 años. Son niños obligados a responsabilizarse de otros niños, que enfrentan la muerte como testigos o protagonistas y que dejan de ser niños sin siquiera comprender plenamente que están dejando de serlo.
En “Animales alados surcan el cielo”, la lectura lleva a preguntarse qué ocurre con los sueños de quienes mueren mientras intentan escapar. En “Un pueblo es borrado”, la devastación adquiere una dimensión colectiva y abre otra interrogante: cómo puede la humanidad sanar las heridas que ella misma provoca.
Dolor, injusticia y crueldad; duelo, resiliencia y esperanza conforman así el hilo conductor de los relatos.
Pero el libro no parece hablar solamente de guerras lejanas. La reflexión propuesta por Sueldo apunta precisamente a cuestionar esa distancia. Flores de papel puede leerse también como una invitación a despertar del aletargamiento que lleva a pensar que la guerra ocurre únicamente al otro lado del mundo o que pertenece exclusivamente a las páginas de los libros de historia.
Al terminar la lectura, sostiene, se comprende que la guerra también puede habitar en la manera en que las personas se relacionan, en la facilidad con la que convierten a otro ser humano en un extraño, una amenaza o un enemigo.
Desde esa perspectiva, el libro adquiere también una dimensión vinculada con la realidad boliviana. En un país diverso y heterogéneo, la invitación es a encontrar orgullo y serenidad en las diferencias y convertir la diversidad no en un motivo de división, sino en una oportunidad de encuentro.
Porque, en una aparente paradoja, es en la pluralidad donde puede construirse la verdadera unidad y en el respeto mutuo donde pueden florecer no solamente las flores de papel, sino también una convivencia auténtica y duradera.
La obra propone además una utilidad pedagógica: sus historias pueden ser llevadas al aula como herramientas para reflexionar sobre la violencia, la empatía, la convivencia, la memoria y la construcción del mundo que se desea habitar.
Flores de papel, de César Herrera, cuenta con ilustraciones de Armin Castellón y corresponde a su segunda edición. Fue publicada en 2026 por el Grupo Editorial La Hoguera, en Santa Cruz de la Sierra.








