Cartografía Mundialista
¿Cómo puede alguien que fracasa tanto seguir siendo considerado un genio?
Lo fascinante es que, mientras otros entrenadores coleccionan trofeos, Bielsa colecciona explicaciones. Es una especie de filósofo griego atrapado accidentalmente en un banco de suplentes
Queridos cartógrafos, bielsistas y no-bielsistas:
Mientras escribo estas líneas, Uruguay acumula dos empates y ha logrado una hazaña estadística notable: convertir en una obligación ganar a la favorita, España.
La Celeste llegó al Mundial con uno de los planteles más interesantes de Sudamérica. Tiene experiencia, juventud, talento, historia, carácter y una colección de futbolistas con la que cualquier entrenador soñaría. También tiene a Marcelo Bielsa. Como escribió Jesús Cantín al comienzo de este intercambio epistolar: “Uruguay tiene tremendo equipo, y a Bielsa”.
Y ahí comienza el problema.
Confieso que llevo años intentando entender el fenómeno Bielsa. Cuanto más pierde, más prestigio acumula. Cuanto más fracasa, más admiradores aparecen. Si alguna vez gana un Mundial, sospecho que terminarán por canonizarlo.
Porque Bielsa ocupa un lugar único en el fútbol: es probablemente el único entrenador cuya reputación parece independiente de los resultados. A otros técnicos los juzgan por las copas que levantan. A Bielsa lo juzgan por sus conferencias de prensa.
Si un entrenador convencional queda eliminado en la primera ronda, fracasa. Si le ocurre a Bielsa, surge una corriente de pensamiento.
El hombre tiene una habilidad extraordinaria para convertir cada derrota en una reflexión existencial sobre la condición humana.
Y no me malinterpreten. Bielsa sabe muchísimo de fútbol. Nadie discute eso. Sus equipos suelen jugar bien durante un tiempo. Presionan arriba, atacan con valentía, corren como poseídos y entusiasman a periodistas deportivos de los cinco continentes.
Después suele ocurrir algo curioso. Los jugadores se cansan. Los rivales aprenden. Los conflictos aparecen. Y, puntualmente, llega la eliminación.
Pasó con Argentina en Corea-Japón 2002: una selección que parecía capaz de conquistar el planeta y que regresó a casa antes de tiempo. Pasó con Chile y su generación dorada. Pasó en varios clubes. Y ahora amenaza con volver a pasar con Uruguay.
Lo fascinante es que, mientras otros entrenadores coleccionan trofeos, Bielsa colecciona explicaciones. Es una especie de filósofo griego atrapado accidentalmente en un banco de suplentes.
Por eso me hizo gracia verlo negarse a participar en la fotografía oficial del Mundial, como si se estuviera rebelando contra el espectáculo y el mercantilismo que rodean al torneo. La escena habría sido conmovedora si no fuera porque lleva treinta años trabajando exactamente en ese mismo espectáculo. Es como protestar contra los cruceros desde la cubierta de uno.
Lo más llamativo es que sus discípulos suelen ganar más que él. Muchos de los entrenadores más exitosos del siglo XXI reconocen su influencia. Bielsa parece haber inventado una extraña profesión: la de entrenador de entrenadores.
Hay entrenadores que ganan partidos. Bielsa lleva treinta años ganando debates.
Un maestro admirable. Un campeón bastante menos frecuente.
Quizás por eso Uruguay empieza a impacientarse. Porque los uruguayos toleran muchas cosas, pero no las derrotas elegantes. La garra charrúa nunca se caracterizó por explicar brillantemente por qué perdió. Y tal vez ahí radique el desencuentro.
Bielsa cree que el fútbol es una idea. Uruguay siempre ha buscado resultados. Si la Celeste queda eliminada, ya imagino los análisis, las justificaciones tácticas, las explicaciones sociológicas y los ensayos académicos.
En el fútbol existen los campeones, los subcampeones y Marcelo Bielsa. Una categoría aparte: la de los hombres que explican maravillosamente por qué no ganaron.








