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Cartografía Mundialista

Pero siempre hay un pero

Todavía recuerdo ese instante. Él tomó mis dólares y yo tomé aquella entrada. Sentí que me entregaban una llave dorada al paraíso. Corrí. Atravesé los controles. Subí las gradas y aparecí dentro de un sueño. Suiza - Argentina en Sao Paolo

Merodeos
  • Erick Ortega
  • 06/06/2026 13:15
Pero siempre hay un pero
Zona Mixta

Aquel 2014 se pintaba espectacular. Messi llegaba en su punto caramelo, Neymar era la esperanza del jogo bonito para un Brasil con ganas de hacer olvidar aquel inolvidable Maracanazo. Colombia hacía renacer la ilusión de los noventa, Uruguay tenía la garra afilada e incluso Chile me hacía soñar.

Arrancamos con todo. Chile eliminó a la campeona del mundo, Uruguay se deshizo de Inglaterra, Colombia sacó chapa de candidata; Argentina y Brasil hicieron respetar futbolísticamente a esta parte del planeta. De este lado del mapamundi sólo Ecuador quedó fuera de lugar. Sí, parecía el Mundial de Sudamérica.

Por esos días trabajaba en La Razón. Hice coincidir mis vacaciones con el Mundial y organicé un viaje de Santa Cruz a Río de Janeiro. No tenía un gran plan: agarré lo que tenía, lo metí en una mochila y me fui. Bus hasta Santa Cruz, avión hasta Río. Así conocí por dentro lo que es un Mundial.

La mezcla de razas, comidas, bebidas, idiomas, risas y jolgorio me hacía sentir como el boliviano más afortunado de Brasil. Me hice parcero de una colombiana que terminó siendo mi yunta. Descubrí gente del Medio Oriente con la que aprendí a conversar a punta de señas. Un grupo de uruguayos me explicó las diferencias entre ellos y los argentinos. En el Pan de Azúcar discutí con tres chilenos sobre qué equipo era más grande: Colo Colo o Bolívar. Y de Holanda me enamoré de la alegría de su gente; todos y todas eran rubios y rubias, y yo tan plurinacional.

Todo ocurría en el Fan Fest de Copacabana.

Entre fiesta y fiesta buscaba de reojo una entrada para algún partido. Mi sueño era ir al Maracaná. El destino quiso que Uruguay y Colombia jugaran los octavos de final en Río de Janeiro, en aquel templo del fútbol brasileño. Y yo ahí, cerquita... Tenía que lograrlo y fui en busca de una entrada. Nada, no conseguí nada.

Fue tan frustrante como un autogol. Pero siempre hay un pero.

Tomé un bus y me fui a Sao Paulo. En el viaje compartí asiento con una paulista con quien practiqué mi portuñol. Me alojé en un hotel atendido por dos jóvenes brasileñas que terminaron convirtiéndose en amigas. Me pintaron el cabello de verde, me hicieron vestir una camiseta amarilla y años después, en viajes de trabajo, volví a buscarlas. Hay amistades que sobreviven a las fronteras y al tiempo.

Mi corazón albiceleste me empujó a intentarlo una vez más ¿Acaso Maradona se rindió ante la dura Inglaterra de Lineker? Jugaban Suiza y Argentina en Sao Paulo. Llegué a las afueras del estadio Arena Corinthians buscando a los revendedores. Entre la multitud apareció un garoto gigantesco, de casi dos metros, con cara de santo y manos grandes como raquetas de tenis. Se apartó de la gente y me hizo una seña. Lo seguí. Terminamos en un baño.

Sacó una entrada y me pidió 600 dólares. Le ofrecí 500. Era casi todo lo que me quedaba. El gigante dijo que estaba apurado y aceptó.

Todavía recuerdo ese instante. Él tomó mis dólares y yo tomé aquella entrada. Sentí que me entregaban una llave dorada al paraíso. Corrí. Atravesé los controles. Subí las gradas y aparecí dentro de un sueño.

La barra argentina era mucho más pequeña que la brasileña y estaba exactamente donde estaba yo. Mi celular murió antes de tiempo y pensé que no tendría ninguna foto de aquel día, hasta que pillé detrás mío a una pareja de cochabambinos que terminó enviándome las fotos por email.

Lo demás fue mágico.

Ver a Messi y Di María en el punto máximo de sus carreras. Escuchar a los brasileños cantar en contra. Ver a Argentina sufrir y ganar en tiempo suplementario. Fue la gloria. Me sentí ganador.

Volví feliz a Río. Volví feliz a Bolivia. Y volví lleno de ilusiones. Sudamérica seguía brillando en casa. Pero siempre hay un pero. Uruguay cayó ante una brillante Colombia. Chile quedó fuera frente a Brasil. Luego Brasil ganó a Colombia y perdió a Neymar por una lesión que aún duele. Argentina siguió avanzando a paso de campeón.

Y a lo lejos estaba la silueta enorme de Alemania.

Brasil cayó. Cayó de una forma tan brutal que luego lloró un país entero.

La final terminó siendo la misma que había visto de niño en 1986; pero, con un final distinto, Argentina perdió.

Y poco tiempo después yo también perdí. Mi papá murió cinco meses más tarde.

Hice el viaje más triste de mi vida, hacia Irupana. Lo acompañé desde La Paz hasta la tierra donde descansaba mi abuelita Honorina, aquella hermosa mujer futbolera que me daba chocolates a escondidas de mis primos.

Su ataúd tapó un hueco en la tierra y se me hizo un hueco en el alma. Antes de despedirlo le puse en el bolsillo de la camisa su abono del Bolívar.

La misma tarjeta con la que íbamos juntos al estadio. Habíamos soñado con asistir a un Mundial. Nos ilusionamos con ver a Bolívar campeón internacional... pero él dejó la cancha antes de tiempo.

Yo me quedé acá.

Como un Di María sin Messi. Como un Rivelino sin Pelé. Como Argentina sin Maradona el 94.

Desde entonces ir al fútbol ya no es lo mismo. Quienes me conocen saben que mi compañero ideal de tribuna era él. El hombre que me enseñó a amar la vida y a amar el fútbol.

A veces recuerdo aquella tarjeta en el bolsillo de su camisa y pienso que tiene pase libre para todos los partidos.

Por eso, si alguna vez me ven solo en la platea baja de la recta de general, sonriendo mientras miro la cancha, quiero que sepan que no estoy solo, estoy viendo el partido acompañado de él.

Y como la vida misma es puro fútbol, en las mañanas, antes de ir a trabajar suelo repetir la celebración del 10 argentino, cuando levanta los brazos y señala el cielo.

Porque esta vida se la dedico a él.

A don Antonio Ortega.

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