La banalización del Feminismo
"No veo otra manera de modificar lo que existe sin ofender lo que existe", Leonor Silvestri



Observo con recelo a todos aquellos que usan el feminismo para sacar ganancia, ejemplo de ello son los políticos y los actores sociales que reciben popularidad, poder o dinero por la difusión de un seudodiscurso feminista, mientras que la causa de las mujeres no obtiene ningún beneficio real. Con su retórica facilona banalizan la lucha de miles de mujeres organizadas, porque las palabras importan, y es ahí donde el desgaste de ellas puede ser perjudicial para construir mundos nuevos, igualitarios y equitativos.
La Jauría es una serie chilena que se promociona feminista. Plantea en la trama un caso similar como los ocurridos con la Manada, en España, y los Porkys, en Veracruz: una joven es abusada sexualmente por un grupo de juniors. El problema de la serie es que en lugar de plantear las violencias estructurales que padecemos las mujeres, las simplifica adjudicándoselas a un enemigo todopoderoso, un lobby misógino de hombres que se reúne en algún rascacielos del mundo entre risas, con champaña en mano, para planear cómo destruir a las mujeres; la serie enfoca la violencia de género en problema de clase alta, personajes con acceso a internet, colegios católicos, chicos adinerados, padres poderosos, se olvida de las mujeres de las periferias, las que viven precarizadas y que padecen violencia en contextos muy diversos e invisibilizados, es decir, que olvida de que existe un problema multidimensional e interseccional.
Desatinadamente, establece que los hombres son los enemigos naturales de las mujeres, lobos con piel de oveja, con lo que desdibuja el sistema cultural y social patriarcal que existe, para volver a estos hombres monstruos, sin darse cuenta el daño que hace al imaginario de las personas el eliminar las causas de la violencia y convertirlos en un mito, en hombres enfermos mentales, trastornados, como si ese fuera el origen de las agresiones, lo vemos constantemente en los medios que transforman el crimen y a sus protagonistas en un espectáculo, en México nombramos a un feminicida el “monstruo de Ecatepec”, que fue titular en periódicos que no se detuvieron –porque no importa, ese es el mensaje–, a profundizar en las causas individuales y sociales que llevaron a cometer estos despiadados asesinatos contra mujeres.
Nota: Este texto fue escrito por la jefa de Redacción de la revista digital LJA de México, Tania Magallanes.
En esta banalización y creación de un espectáculo, La Jauría se envuelve en el discurso ridículo de los buenos contra los malos. De manera ofensiva coloca a las protagonistas en una postura victimista y deja de lado el sentir de las verdaderas víctimas de la violencia de género, apela a la “digna rabia” satirizándola y poniendo a las mujeres, a las del pañuelo verde, es decir, a las feministas, como seres incapaces de organizarse más que para gritar, cuando la rabia es la que ha movilizado esta lucha.
Quisiera solo quedarme con que es una manera de entretención, una serie que plasma la visión de sus productores, pero no es así, La Jauría encontró el momento exacto para explotar el tema feminista y así obtener popularidad sin preocuparse siquiera en la forma reduccionista en que planteó el grave problema de la violencia de género. Un mejor armado de sociedades retorcidas y criminales lo encuentra usted en cualquier serie policiaca como La Ley y el Orden o alguna de las CSI.
¿Puede hacerle mal al ideario feminista una serie como esta? Sí.
Estos discursos están hechos a modo para complacer busca ser popular, obtener likes, como los políticos que sólo se pronuncian en favor de las mujeres para ganar votos, como los gobiernos que sólo cumplen cuotas y “cumplen” con demagogia los tratados internacionales. Por desgracia esto es muy común. Un discurso superficial que no abarca ni el problema de fondo, pero sí desgasta el objetivo.
Aunque ninguna mujer nace siendo feminista ni tiene por que serlo, es probable que en estas dinámicas de espectáculo, como series y películas, encuentre el material necesario para acercarse a la lucha por sus derechos, como el de la despenalización el aborto.
Esta nueva ola por los derechos de las mujeres adoptó con firmeza la visibilización de los cuidados que realizan las mujeres y la reivindicación de los derechos a decidir sobre su cuerpo. ¿No han observado que en muchos casos pensar en el aborto se ha vuelto solo una estrategia de marketing que solo pinta slogans de verde?
El discurso global en torno a este tema no permea en la libertad de las mujeres sobre su cuerpo, en el libre desarrollo de su personalidad, en el derecho a una salud sexual y reproductiva, no, se desvía la atención hacia los niños de la calle, cuando si lo que no se quiere es a niños pobres en la calle, lo que se debe exigir son los derechos fundamentales de los niños; se exige que el aborto sea legal para ser seguro, lo que es falso, el aborto en casa con misoprostrol es totalmente seguro, la legalidad consiste en que se deje de criminalizar, penal y socialmente, a las mujeres que desean hacerlo.
Recuerdo que cuando Emma Watson se presentó como feminista en el foro de la ONU recibió una crítica tremenda por su feminismo light, aunque sirviera para que millones de niñas en el mundo se acercaran por primera vez a conocer que el mundo puede verse desde otra perspectiva, porque para muchas no era Emma Watson, sino Hermione Granger la que les hablaba de sus derechos. Esas niñas crecieron, ojalá que la potencia de su pensamiento y organización también.
Esta nueva ola del feminismo también nos lleva a pensarnos de otra forma, individual y colectivamente, banalizar, simplificar, dejar en una serie o en un meme al feminismo es catártico, aunque no ayuda en el fondo. Nadie despierta un día y el mundo es diferente. Ni la pandemia lo ha logrado. Supongo que en algún momento voltearemos atrás, como lo hemos hecho antes, y revisaremos nuestro actuar en esta nueva era postcovid. Tal vez es hora de problematizar el feminismo desde una crítica que construya, que abone a repensarnos de manera más profunda para poder pasar a la acción, de dejar de darnos palmaditas, de trazarnos objetivos. Usar una retórica facilona banaliza la lucha de miles de mujeres organizadas que sí trabajan a pie en beneficio de la sociedad. No las ofendamos. Pensemos a profundidad otros mundos para acompañarlas.