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Del libro: “Don Timoteo y su Lazareto (Relatos Insólitos)” de William Bluske C. Tarija - Bolivia 2002

Don Timoteo y su Lazareto (Relatos Insólitos) (Tercera Parte)

Cántaro
  • William Bluske C
  • 11/01/2026 00:42
Don Timoteo y su Lazareto (Relatos Insólitos) (Tercera Parte)
Portada Don Timoteo y su Lazareto Foto: William Bluske C. Foto: William Bluske C

Al día siguiente de dictada la ordenanza, todo el mundo se encontraba en una actividad febril limpiando, pintando y preparando opíparas comilonas con las volátiles que iban a la olla por ordenanza municipal, cerdos y corderos que iban a parar a la parrilla por la misma razón pero que servían para intensificar cordiales reuniones gastronómicas en el barrio para alegrarse y protestar contra el “ruso" o el "gringo” como muchos otros lo llamaban, al brazo derecho del Alcalde, por las barbaridades que está haciendo. A las protestas se suma la histeria del barrio de San Roque por la prohibición irrevocable de permitir a los panaderos a ser el “pan acostado", debiendo sujetarse a nuevas formas de amasijo, más higiénicas de igual textura. Los ánimos seguían apaciguándose y la ordenanza se ejecutaba paso a paso pero sin pausa ni tregua, tanto don Timoteo como don Alejandro estaban haciendo inspecciones periódicas para ver el avance en la ejecución y cumplimiento de lo ordenado. Don Alejandro, enseña nuevas técnicas de hacer pan, nuevos diseños de hornos panificadores, en fin, a enseñar idoneidad para todo trabajo que se haga, repitiendo su permanente estribillo “la cuestión es hacerlo bien" y explicaba todos los detalles para cada cosa que se hacía o se debía hacer. Por fin la ciudad quedó limpia y ya se avanzaba en la pintura de las casas y la ciudad iba quedando blanca como lavada por la aurora y enjuagada por el alba.

Los pobladores quedaron muy contentos con los resultados de la campaña, se solazaban mirando sus casas blancas con el techo de tejas rojas que resaltaban el paisaje. Todos, ahora están de acuerdo en que el “ruso" no era tan malo como se creía, tenía razón en todo lo que se hacía y era el brazo derecho de don Timoteo, que según se ve lo estima mucho por ser un hombre de trabajo y un científico que sabe lo que hay que hacer.

Tanto don Timoteo como don Alejandro, de la mañana a la noche, día tras día recorrían a caballo todas las obras que se habían propuesto terminar para el día de la efemérides Departamental. La primera obra que visitaba don Timoteo era el lazareto de Guerrahuayco. Recorría toda la construcción, habitación por habitación, sala por sala, patio por patio, sin omitir detalle hasta llegar a la capilla, que según sus cálculos ya debería estar terminada,... y ahí estaba, blanca, con su techo rojo y su campanario de tres campanas de bronce, relucientes y sonoras, todo estaba bien por fuera, entremos para ver por dentro, se decía don Timoteo y trasponía su respetable humanidad al interior de la capilla. En la medida que iba mirando repasaba mentalmente los sacros ornamentos que debían estar presentes y le preguntaba a don Alejandro por cada cosa. Veamos el Altar Mayor, este es el sagrario, el cáliz, el copón, la llave., todo está bien; veamos ahora el altar, a ver las vinajeras, aquí están, el misal, el atril, la campanilla, la gaveta para el incienso, el incensario, bueno creo que todo está en orden. Luego inspecciona la sacristía, estaba el vestuario completo, todo en su lugar y todo olía a nuevo. Mira la única nave de la capilla con sus dos filas de bancas para sentarse, una a la derecha, para las mujeres y otra a la izquierda para los varones, observa los cuadros de la vía Sacra, mira los altares laterales, y se fija que todos los santos y santas estaban presentes presididas por la Inmaculada Virgen María a la que profesaba especial devoción. Observó que había un altar sin ninguna imagen y le preguntó al reverendo padre Juan, recientemente ordenado y llegado de España, porque está vacío ese altar?, pues, le responde el padre Juan, es para albergar a San Roque que vendrá en los días de su fiesta, a visitar a los leprosos, acompañado de los chunchos (promesantes al Santo, con vestimentas vistosas y un velo que cubre sus caras) para ocupar su altar mientras se celebra la misa y se canta las coplas alusivas al Santo y a sus milagros, pidiendo por la pronta curación de los leprosos. Bueno, dice don Timoteo creo que todo está en orden, incluyendo, dormitorios, sala de curaciones, de consultas, en fin todo, hay remedios en cantidad traídos de la Argentina, ahora lo único que nos falta son los leprosos, que en pocos días más ya los vamos a traer. Así fue, pues en los días siguientes empezaron a reunir a todos los leprosos que se encontraban fuera de la ciudad, en sus viviendas improvisadas a lo largo de la “Quebrada Seca" que serpenteaba bajo los grandes algarrobos, churquis y taquillos hacia el sudeste, como encaminándose al Chaco. A un comienzo hubo resistencia por parte de los enfermos, per luego don Timoteo en persona fue con el R Padre Juan, con don Marcio, Concejal de salud y don Alejandro a los asentamientos de los leprosos y los convencieron de la necesidad de trasladarlos a lo que será su nuevo hogar donde se les dará curación, albergue y alimento y todo lo necesario para una vida más digna. Los enfermos aceptaron y de inmediato se empezó a organizar la movilización. Primero las mujeres ancianas empezaron a subir a los carretones tirados por mulas con la ayuda de los guardias municipales, que al principio no se mostraban muy animados a tocar a los enfermos, hasta que don Alejandro y don Timoteo, empezaron la tarea y luego siguieron los guardas con, más entusiasmo y en la medida que los carretones se llenaban salían hacia la zona de Guerrahuayco a unos quince kilómetros del lugar, cada carretón iba acompañado de cuatro arrieros para cooperar en el traslado de los enfermos. Se necesitó una semana entera para el traslado de los leprosos que habitaban en las afueras de la ciudad, ahora faltaban los de las distintas provincias del área rural, sobre todo la de la Provincia Arce que en varios de sus cantones habitaban varios enfermos, pero eso se haría con el tiempo porque eran ya los menos.

En el leprosario había un movimiento inusitado, don Marcio Concejal de salud, dirigía la desinfección general de los enfermos, antes de asignarles sala y cama de acuerdo a edades y sexo.

Don Alejandro iba desembalando todas las medicinas que llegaron de Buenos Aires y ordenando las salas de curaciones, el quirófano y la farmacia, a su leal saber y entender, hasta que pudieran tener médicos y enfermeras profesionales, mientras tanto se las tenían que arreglar con lo que tenían. Don Timoteo recorría el leprosario buscando que más se podía hacer para mejorarlo y hacerlo más eficiente, luego, reflexionando a medida que caminaba cabizbajo y con las manos atrás como si estuviera siguiendo devotamente un cortejo fúnebre, pensó para sí que el problema consistía ya no tanto en la parte física del establecimiento sino más bien en la capacidad del elemento humano, y en ese orden estamos mal, muy mal, se repetía mentalmente don Timoteo, y ahora que podremos hacer? He ahí el problema... de donde sacamos enfermeras?. Y médicos? Bueno ya veremos, ya veremos..., sin disimular su preocupación, busca a don Alejandro para hacerle partícipe de las preocupaciones y desasosiegos que lo embargaban. Lo que más me preocupa Alejandro, es la falta de médicos y enfermeras para manejar este leprosario, que hacemos? Francamente don Timoteo, lo único que se me ocurre es pedir al Ministerio de Trabajo y Salud, un médico y varias enfermeras que le parece?... Creo Alejandro que eso será como pedir peras al olmo o escribir en el viento, ¿ha visto como está el Hospital San Juan de Dios?, solamente hay camas sucias y agua y Panela para dar a los enfermos, El Ministerio de Higiene y salubridad no se acuerda con nada, nada, de nada, nos ignoran totalmente como si no fuéramos parte de este país , así que hay que buscar otra solución. Hummm.., replica don Alejandro, entonces estamos fritos don Timoteo , refritos Alejandro, pero vamos a encontrar alguna manera de arreglar este problema.

Bien entrada la noche don Timoteo y don Alejandro regresan a la ciudad, ambos con la idea de llegar, darse un baño, cenar y meterse en cama, en ese desorden. Ya instalado don Timoteo en su ancha cuja, con dosel y perillas de bronce por todas partes, incluida doña Rosaura se le pasa el sueño y empieza a contarle a su cara esposa el problema que le afligía, el de los médicos, enfermeras y Ministerio de trabajo y salud, doña Rosaura después de escucharle con atención le dice: olvídate del Ministerio y demás disparates, escribe una carta a la Provincia de la Orden de las Hermanas de la Caridad a Buenos Aires y seguro que te mandan Hermanitas enfermeras pero explícales que se trata de un leprosario y para un médico escribe al director del leprosario de Córdoba donde Leocadito hizo algunas prácticas. Muy atinados tus Concejos Rosaurita, mañana mismo haré las notas. Despejado su problema, don Timoteo se durmió como un lirón olvidándose de todo, incluida doña Rosaura, hasta a hora del desayuno.

Se escribieron y mandaron las notas a las gobernaciones de Buenos Aires y Córdoba para que hagan llegar sus requerimientos a los lugares indicados. Sólo cabría esperar las respuestas, las que a juzgar por el correo de la época, tardarían bastante.

Un buen día que don Timoteo ingresaba a su despacho, su secretaria le entrega unos sobres llegados de Buenos Aires. Don Timoteo saca de los sobres una serie de documentos y se le enciende el rostro con una sonrisa, eran formularios para llenar requerimientos e insumos incluidos, la cantidad de monjas y enfermeras para su leprosario y la posibilidad de mandar un médico especializado en la enfermedad. Se devolvieron los papeles llenados y firmados y solamente quedaba esperar.

El tiempo pasa y el día de la efemérides del Departamento se aproximaba rápidamente, por lo que el Alcalde se pone en polvorosa para confeccionar el programa de festejos el mismo que contemplaría los actos académicos como los solemnes y las inauguraciones de las obras realizadas. Se ultiman todos los detalles para el gran día y cuando este llega, en la madrugada Tarija despierta asustada por las salvas de artillería con que se saludaban las efemérides Departamentales y también las revoluciones, luego bandas de música recorrían las calles de la ciudad alegrando los corazones asustados por las salvas, de conformidad al programa elaborado por la Alcaldía. Ese día 15 a horas 10 a.m. toca asistencia al Tedeum en la Catedral Metropolitana de la ciudad, con las autoridades y pueblo en general, y allí estaban autoridades, empleados públicos y el pueblo en la medida en que podía introducir sus humanidades en las naves del templo. A las 11 y 30 sale el cortejo de la catedral seguido por la banda de música entonando una marcha militar y por atrás siguen los empleados públicos y luego lo que queda “del pueblo en general". Las autoridades toman asiento al pié del altar patrio y luego empieza el desfile cívico. En la mañana desfilan los escolares y universitarios. Son tres horas de ver pasar párvulos, adolescentes y jóvenes de ambos sexos, de todo color y de todo tamaño.

En la tarde desfilan los empleados públicos y el pueblo por instituciones cívicas, culturales, deportivas, comerciantes, corporaciones, cofradías de artesanos, etc, etc. Finalmente, en la noche desfilan las Fuerzas Armadas de la Nación acantonadas en el Departamento, todos llevando su antorcha en la punta del fusil. Con este acto concluye el día de desfiles en el que los tarijeños pierden dos milímetros y medio de las suelas de sus zapatos.

El día 16 corresponde a la entrega de obras realizadas en la gestión, es un día largo y azaroso, porque empieza a las ocho de la mañana y nadie sabe a que hora terminará. De acuerdo a lo programado se empieza por lo más próximo a la ciudad y se termina en lo más alejado. Así se inaugura la fuente de la plaza Luis de Fuentes con sus angelitos rubios y regordetes sosteniendo la segunda sección de la fuente y la segunda caída de agua que llega hasta un estanque en forma de estrella por la que nadan plácidamente dos blancos cisnes. De rigor era escuchar el discurso del señor alcalde que consistía en una breve historiación de la obra, aplausos y a otro lado. Todos en grupo toman rumbo a la plazuela Sucre. Allí en las cuatro esquinas se inaugura una por una las cuatro pilas que flanquean los arcos de entrada a la gran arboleda que era esa plaza. El Alcalde invita a los acompañantes un vaso de agua fresca y les dice que pronto irían a la fuente de donde viene el agua que acaban de tomar. Los caballerizos acercan los caballos a las autoridades asistentes. El Alcalde monta primero y encabeza la caravana que se dirige al rincón de la Victoria, al pie de la cordillera de Sama, donde bajo la dirección de don Alejandro se construye una galería filtrante y acueducto hasta la caja de agua ubicado en La Loma de San Juan de donde se distribuiría a las pilas de los barrios y a algunas casas particulares, cuyos propietarios pagaban la instalación desde la caja de agua hasta sus respectivos domicilios.

Luego de ver las instalaciones de la Victoria retornan a la ciudad para inaugurar también la caja de agua, con lo que se terminaron las labores del día bien entrada la tarde.

El día 17 era el día esperado por don Timoteo porque sería el día en el que él inauguraría su obra cumbre y la que más le costó en desvelos y en dinero de su propia bolsa sin hacerle saber a su esposa, era el día en que culminaba, según él, su más cara aspiración, la de terminar con la lepra en la ciudad, sus alrededores y en las provincias.

De esta manera el día 17 muy temprano don Timoteo acompañado del padre Juan y de don Alejandro se van a Lazareto para ver si todo estaba como él había ordenado cara recibir los invitados al acto de las 10 de mañana, una vez en el lazareto cada cual va a inspeccionar lo que le corresponde: el padre Juan a la iglesia, don Alejandro a las instalaciones y don Timoteo al dispensario para ver la cantidad y la clase de medicamentos con que cuentan comprobando que todo lo que tienen solamente les alcanzaría para seis meses. En fin, dice don Timoteo algo es algo, ya llegará ayuda de la Argentina o a lo mejor del Ministerio de Trabajo y Previsión Social. Reunidos de nuevo los tres, comentan que todo está bien y que los enfermos estaban bien atendidos por las empleadas y alguna monjita de buena voluntad que se vino desde Jujuy para cooperar en la instalación del leprosario.

Mientras caminaban por todo el lazareto don Timoteo con don Alejandro se iban armando unos cigarrillos con tabaco criollo y tomando unos tragos de una botella de bolsillo, a manera de esperar a los invitados.

Me siento muy preocupado don Timoteo porque estoy seguro que los medicamentos que hemos recibido de la Argentina no alcanzarán ni para tres meses de atención, no pensé que hubieran tantos leprosos en este lugar, pienso que debe pedir al Ministerio de Trabajo y salubridad, como lo llaman ustedes, una ayuda para el sustento y medicinas por lo menos para unos seis meses hasta que llegue lo prometido de la Argentina, de otro modo nos vamos a ver en problemas. Ni lo piense Alejandro, del gobierno solamente vamos a recibir felicitaciones por la efemérides y talvés por esta obra, luego van a ser promesas que no se cumplirán jamás y los leprosos empezarán a escaparse para buscar su sustento y contagiar al prójimo, ya lo verá usted en persona.

A las 11 de la mañana empiezan a llegar las autoridades, comitiva oficial incluidos los munícipes y algunas personas del pueblo menos los vecinos de la zona por temor al contagio.

Como todos los actos anteriores el Alcalde inaugura el lazareto después de la misa celebrada por el padre Juan. Su discurso fue vibrante y clamoroso, vibrante porque sus cuerdas bucales sonaban como cuerda de guitarra destemplada y clamoroso porque después de clamar a Dios su ayuda pidió al prefecto la suya y que gestione ante los poderes del Estado que se haga cargo del sostenimiento de este nosocomio especializado, luego promesas de las autoridades, aplausos, una copa de vino (una sola) y de vuelta a sus casas.

Pasaron los meses y de la capital de la república le reclaman al Alcalde una fuente de agua que hubiera llegado por error el Alcalde contesta que no hubo ningún error, que la fuente llegó justo a su destino y justo a tiempo y está funcionado maravillosamente. De la Argentina no llegaron las monjas pero llegaron medicinas y algún instrumental médico, el agua potable funcionó por décadas con la ayuda del río y de los aguateros y la vida de con Timoteo volvió a la rutina diaria.

Después de ocho meses de la inauguración de lazareto que don Alejandro visitaba con frecuencia e incluso ayudaba a curar, encontró que las medicinas se habían terminado, que en lugar de vendas se usaban sábanas .viejas y que los alimentos escaseaban en gran medida, todo esto lo hizo conocer al alcalde en un largo informe confidencial. Don Timoteo llamó a don Alejandro a su despacho para enterarse mejor de lo que ocurre en el lazareto y cómo se podría remediar la situación. Don Alejandro ya frente al alcalde le explicó crudamente los problemas diciendo: las cosas en el lazareto no andan bien don Timoteo, ya no tenemos medicamentos, no tenemos enfermeras solamente tenemos dos leprosas que atienden a los demás como pueden y con lo que tienen, no recibimos ayuda ni de la Capital ni de la Argentina. Lo único que los sostiene es que están bien alimentados gracias a usted, pero la mayoría ya no tienen ni ganas de comer, viven postrados en sus camas con sus vendas sucias y un olor nauseabundo, ni siquiera tenemos desinfectantes, estamos usando creolina de la que se usa para desinfectar el ganado. Con este cuadro tétrico ya ni la ciencia podrá hacer nada, francamente estoy desesperado, por suerte hemos encontrado a todos los que se escaparon para evitar contagios en la población.

Muy pesaroso don Timoteo, pregunta, ¿qué podemos hacer Alejandro? Umm murmura don Alejandro, hay un último recurso para terminar con la lepra, pero para eso tengo que ir a Buenos Aires para traer todo lo que se necesita. Bueno hombre de Dios haga un presupuesto y haremos un esfuerzo más si es para bien de esa gente. El lunes a primera hora le veré aquí para darle un cheque de mi cuenta personal y se vaya cuanto antes a Buenos Aires a traer lo necesario para esa pobre gente, ojalá con esto acaben sus sufrimientos.

Muy temprano sale Alejandro con cuatro hombres y seis mulas rumbo a Jujuy para tomar el tren a Buenos Aires, va por la misma ruta por la que vino a Tarija, recordando las conversaciones con Leocadito que sostuvo durante el viaje. Nunca más supo de él, desde que resolvió irse a Córdoba.

En Buenos Aires, Don Alejandro hizo todas las compras que estimaba necesaria para acabar con la lepra de Tarija, a donde retornó a las tres semanas justas. Como siempre fue muy bien recibido por don Timoteo a quien le expresó que tenía todo preparado y que en días más empezará el tratamiento a los leprosos, mientras tanto en la pequeña quinta en que habitaba, organizó sus bártulos y su colección ampelográfica y archivó todos los apuntes que hizo en su larga estadía en la región.

Una mañana de un día jueves, don Alejandro se fue a visitar al Alcalde para avisarle que se iba al lazareto y guando concluyera su labor le haría un amplio informe sobre los resultados. En la tarde de ese mismo día jueves, estuvo don Alejandro con su caballo, las mulas, su carga y el arriero que vino con él en su último viaje desde Jujuy. De inmediato se puso a trabajar, empezando por examinar a todos los leprosos, cuyo estado era lamentable. Preguntó a la Hermana que los cuidaba, si habían recibido alguna medicina desde que se fue, ninguna don Alejandro le respondió la monjita, ni medicinas y muy poco alimento, todos están hechos una desgracia, entonces hermanita, replicó don Alejandro, reúna a todos los empleados que tenga y por favor higienice a todos los enfermos, sin excepción y luego haga hervir todas las jergas hipodérmicas que haya para hacerles el tratamiento que empezaré esta misma noche. Una cosa más hermana María, cuando todos los enfermos estén en sus •respectivas camas, usted y todo el personal se van a la ciudad hasta el día lunes y llévele esta carta para el señor alcalde en la que pido algunos insumos. Dicho esto todos se pusieron a trabajar febrilmente, concluyendo su tarea bien entrada la noche y luego se fueron a la ciudad tal como dispuso don Alejandro.

Ya solo don Alejandro, ordenó al arriero que sacara de toda la carga traída de Buenos Aires y dejara la que se llevarán de vuelta. Así, don Alejandro, con una olla llena de jeringas y agujas y el arriero con frascos de Cloroformo fueron inyectando en altas dosis a cada enfermo hasta dejarlos dormidos a todos, una vez terminada la faena don Alejandro ordenó al arriero cargar las mulas con sus bártulos, su colección ampelográfica y sus alforjas con sus archivos y luego colocó una lata de gasolina alemana abierta en cada sala y a lo largo de los pasillos y siga viaje rumbo a Jujuy que él lo alcanzará en dos horas más.

El último acto de don Alejandro fue vaciar una lata de gasolina en unos bateones grandes, arrimar un poco de leña y luego subir a su caballo y salir paso a paso del lazareto vertiendo un chorro de pólvora, también alemana, hasta alejarse del lazareto unos doscientos metros, luego prender la pólvora y esperar un fogonazo en el lazareto, él siguió trepando la colina a todo lo que daba el caballo y de arriba miró compungido el dantesco espectáculo de un infierno en llamas.

A la mañana siguiente don Timoteo ya en su despacho recibe un sobre de manos de la hermana María y que volvería el día lunes por los insumos que pide don Alejandro. Don Timoteo abre el sobre y lee la nota de Alejandro que decía: “Mi muy estimado don Timoteo: yo le prometí no dejar ni un solo leproso en Tarija y le cumplí, hasta este momento pienso que todos están calcinados, fue la única solución posible y aconsejable, ya que los enfermos, almas exhaustas de tanto penar y más daba más pena verlos vivos que verlos muertos. Sin esperanzas de vida por una enfermedad sin cura, mal alimentados, mal atendidos por la ausencia de Ayuda y socorro de las autoridades nacionales y agotados los recursos médicos enviados de la Argentina, ya no se podía soportar la angustia de ir sepultando cada día los despojos de los que padecían este maldito mal de Lázaro. Terminados los leprosos terminó la lepra. Que Dios me perdone don Timoteo, pero creo que fue lo mejor que pude hacer.

Quiero decirle don Timoteo que mi nombre de Alejan­dro es verdadero pero mi apellido es falso, pues no apellido Miocovich sino Vordorovich, el cambio obedece a razones políticas que se producen permanentemente en mi país y para la seguridad de mis investigaciones.

Le ruego dar cristiana sepultura a las cenizas de los pobres enfermos, le aseguro que yo muero con cada uno de ellos. Le ruego no recordarme con rencor sino con el mismo cariño que yo siento por usted. Alejandro’

Cuando termina de leer la carta don Timoteo, queda totalmente compungido y confundido, repite para sí, todos murieron incluso Alejandro, que infausto suceso. ¡De inmediato manda una comisión a ver lo ocurrido y cuando llega el informe de que se incendió el lazareto a causa de una explosión de combustible y que todavía sigue saliendo humo de las ruinas y no queda un solo sobreviviente, Se ordena una misa de difuntos y en lista de los que sucumbieron en el siniestro se destaca el nombre de “Don Alejandro" omitiendo el apellido y por él y por los que lo acompañaron en su viaje a la eternidad, se tocó un minuto de silencio en el cual don Timoteo vierte algunas lágrimas muy sentidas.

Cuando concluye el minuto de silencio Don Alejandro ya estaba embarcado rumbo a Buenos Aires para cruzar el Océano Atlántico hasta llegar a las gélidas regiones siberianas, cuya blancura evocaba el sudario de muchas almas que él liberó del martirio. En Tarija, el santo de los leprosos: San Roque, sigue visitando año tras año las ruinas del “lazareto" que fue la obra cumbre de don Timoteo, y el alma de don Alejandro, cualquiera que j hubiere sido su nombre, hoy, con seguridad, descansa en paz con sus liberados, cubierto con el blanco sudario de la estepa siberiana.

FIN

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