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Recuento del tiempo lejano

Cántaro
  • Heberto Arduz Ruiz
  • 16/11/2025 00:00
Recuento del tiempo lejano

Recuento del tiempo lejano

Recuento del tiempo lejano

Recuento del tiempo lejano

Recuento del tiempo lejano
Recuento del tiempo lejano

Nací y me hice niño, no recuerdo haber sido bebé el pasado siglo al promediar  la cuarta década. Sin embargo aún percibo la tibieza de las manos maternales en el rostro del bb   que  un día fui. Viví  feliz junto a mis padres, abuela y hermanos; crecí en La Paz un tiempo, cursando el primer año de escuela en La Salle y la familia se vio forzada a cambiar de residencia a la ciudad de Tarija, debido a que mi padre, oficial de ejército, sufrió la baja del servicio activo por no jurar al partido de gobierno (M.N.R.). “Presté un día juramento a la Patria  al egresar del Colegio Militar del Ejército, para servirla con honor”, repetía mi progenitor, hombre pacifista que jamás debió ingresar en la milicia, “sin que tenga por qué hacerlo ante un ocasional mandatario del país que no me dio la profesión”.

 

Qué cúmulo de experiencias derivaron de aquel hecho: viajar a otra ciudad, donde años atrás nacieron  mis abuelos y mi madre; ser felices en la pobreza, que en ese tiempo extendía sus tentáculos  casi sobre toda la población, plena  en verdad de mucha riqueza espiritual y de trato social humanitario; vacacionar en la propiedad de mi abuela materna, donde tuvo que confinar sus días y noches mi padre, Ricardo, convirtiéndose en el padrino de los campesinos a quienes prestaba todo género de ayuda, pues no había médico ni cura  pero sí un militar retirado de la filas con voluntad de acero  y vocación de servicio al prójimo.

A tiempo de asistir a la escuela y  colegio, hicimos muchos amigos, primero en el barrio Las Panosas, en el que habitamos una casa antigua a media cuadra de la plaza principal en la calle La Madrid, y luego la red de amistades se amplió y seguramente conocimos a todos los de nuestra edad, cada uno con los de su tanda o generación respectiva, en una ciudad intermedia en la que  los moradores se conocían, sean viejos, jóvenes o niños. En todos los meses del calendario  anual del colegio había un juego específico, sea el trompo, enchoque, canicas, yoyo, o voladores, propios éstos últimos del mes de agosto, en el que cada uno preparaba su volantín con trozos de cañahueca, papel de seda de colores, hilo y engrudo. Algunas noches de invierno y para entrar en calor jugábamos chorromorro, en la plazuela Sucre, bella por sus acicalados jardines en aquel tiempo, sujetándose el primero de un árbol, agachado de medio cuerpo con las manos extendidas, y en cadena tres o cuatro más, consistiendo el juego en saltar varios  por turno bruscamente sobre las espaldas de los amigos, amontonándose hasta hacerles perder el equilibrio y caer al suelo. Muchos sufrieron golpes  duros y debieron  buscar  atención médica. Un querido amigo y vecino perdió la sensibilidad en los dedos meñique y anular, por lo que fue trasladado a la Argentina en búsqueda de su restablecimiento. Como hecho anecdótico del  campeonato mundial de fútbol celebrado en Rusia, los jugadores del seleccionado inglés festejaron su primer gol frente a Tunez casi al estilo chorromorro de Tarija, arrojándose de modo violento casi todos sobre el delantero que convirtió el tanto.

También existía un ceremonial para cumplir en familia: asistir a misa, a las novenas, procesiones y a los congresos eucarísticos, participar en las fiestas como el 15  de abril, o 6 de agosto, los trenzados y adoraciones dedicadas al Niño Dios, la Pascua Florida y el desfile de los chunchos promesantes con motivo del día de San Roque, entre muchas otras festividades lugareñas. Tarija fue y es actualmente un pueblo católico, muy religioso en el sentimiento de sus moradores.

Otro tanto ocurría en el área rural en las ocasiones en que viajábamos de vacaciones, dos veces al año. A objeto de desarrollar actividades tales como jugar fútbol, los fines de semana nos trasladábamos  a caballo varias leguas con nuestro progenitor  y armábamos  dos equipos junto a los campesinos; en otras fechas nuestro afán era observar las hierras, que consistían en poner herrajes a las patas de los caballos, así como participar en los rituales de la era,  donde se cumplía el desbroce de las gavillas de trigo y embolsado del cereal; el proceso de elaboración de chicha, o el  marcado del ganado y su recuento, dándoles sal roja  y blanca  en bloques para que se concentre y se lo pueda contabilizar y determinar  su número preciso. Un hecho singular acontecía cuando degollaban vaquillas, o  un  chancho  que  lo  hacían  engordar  de   enero  a diciembre y lo faenaban antes de la Navidad, provocando susto  en los niños más grandes y pánico en los menores, resistiéndose a comer el mismo día la carne obtenida en diversos platillos. Todo, salvo esto último, era muy atractivo a los ojos de los niños que despertábamos a un mundo diferente al de la ciudad, en un entorno  natural amable en la región.

Cierto suceso circunstancial, muy curioso, fue que a consecuencia de haberme fracturado de niño el pie izquierdo, la tibia y el peroné, una vez que me sacaron el yeso con el que permanecí unos noventa días, empecé a cojear y esto me incomodaba mucho frente a mis familiares y amigos, sintiéndome disminuido físicamente. Por esas cosas de la vida, un día en que la empleada doméstica perseguía a una gallina con el  propósito de atraparla  para matarla y preparar el almuerzo, yo me lancé en su ayuda y cuando traté de agarrarla se trepó a  la pirca o pared de piedras acumuladas, momento en que desde arriba el ave hizo caer una piedra que justamente me llegó al pie derecho, el sano, y  luego del dolor me puse a cojear y como por arte de magia desapareció el malestar y la renquera del pie izquierdo. Volví a la normalidad. Sabrá Dios de este acto providencial  que tuvo ribetes de milagro. 

Todo el espacio de cuidado y amor nos prodigaba Olguita, nuestra madre, quien al lado de su progenitora, mamá Rosenda, demostraban una entrega total a los hijos aparte del intenso trabajo que cumplían para lograr la manutención en el hogar, tanto con el taller de costuras como el suministro de pensión a familias conocidas en la ciudad.

Mi padre, queda dicho arriba, buscó refugio en la propiedad rural llamada Cajas y enviaba a la ciudad para su comercialización productos  en recuas de asnos; papa, trigo cebada y maíz era cuanto producía esa tierra de la altipampa tarijeña a sesenta kilómetros de distancia de la capital. Y las veces que en forma espaciada, entre tres o cuatro  meses, volvía al hogar, generalmente en horas de la noche a fin de que los agentes políticos no detecten su presencia, portaba frutas de temporada adquiridas en Yesera, paso obligado en el camino que lo cubría a caballo, en su moro brioso y gallardo al que lo entrenaba como militar. El esperado retorno, ávido de ansiedad y ternura por ver a su esposa e hijos,  vestía de  fiesta a nuestro hogar, de regocijo total e íntima unión familiar.

Durante la estación del verano y a fin de aplacar la intensidad del calor, presididos  por   mi   padre,  amigos  del    barrio  y mis  hermanos  íbamos  al río Guadalquivir y bajo el consejo de  algún conocedor que nunca faltaba solíamos dirigirnos a una poza honda y sin remolinos, a nadar tranquilamente. Los muchachos desde muy jovencitos aprenden la natación  y se vuelven experimentados, al punto que en las ocasiones en que llegaba el río con un caudal inusitado en Tomatitas se montaban  a  una  llanta  de  automóvil   y  se  dejaban arrastrar kilómetros hasta llegar a Tarija, en juguetona evasión de troncos y piedras enormes que recogía la furia del agua en torrentera. ¡Qué satisfacción se advertía en sus rostros…!

Marcelo, de escasos diez años de edad, era muy aficionado a adoptar mascotas. En el patio de la casa tuvimos de todo, un cachorro perruno, tortuga, mono, loro parlanchín,  víbora no venenosa, chancho diminuto,  un chivito y un avestruz.  Mi hermano ya de mayor, en ocasión en que salió en misión diplomática a la república del Perú, volvió con dos cocodrilos muy pequeños de la Amazonia, de quince centímetros de largo,  y un monito, al que lo portaba en el bolsillo de su paletó en La Paz.

A los cocodrilos los  trasladó a Tarija debidamente protegidos y los entregó a dependencias de la universidad, ¿qué suerte habrán corrido? En todos los casos el problema surgía una vez que la mascota crecía; al avestruz mi padre tuvo que llevarlo al cuartel de  San Luis, lugar donde lo sacrificaron  antes de tres meses  de permanencia en el lugar. ¡Qué festín debieron darse los conscriptos, personal de tropa y el propio comandante militar! 

Pasados los años, ya jóvenes los  hermanos, un amigo lo bautizó a nuestro padre como Coronel Cañones y él  retrucó ese mismo instante, devolviendo el guante lo llamó Hugo Durazno porque  en sus visitas a la casa andaba chispas y más duro que un soldadito de plomo en su estado  iniciático en las lides del licor. Al sólo probar  sorbos de  singani, o de un ron que en su retiro papá  elaborara artesanalmente, llamado por un pariente Matasiete, en un santiamén le envolvía la embriaguez; cantaba en el grupo musical de mi hermano Fernando e imitaba a Leonardo Fabio, de moda en aquella época  romántica y apacible. Gracias a las lecciones impartidas por el mecenas llamado Eduardo Lafaye  se formó un semillero de artistas en la ejecución de la guitarra y,  de un grupo, surgió la banda a cargo de Fer. 

Desde el cielo los ojos de una excelsa divinidad que la intuimos  nos observan minuto a minuto, cual si nosotros dirigiéramos la mirada a un hormiguero donde los laboriosos y diminutos habitantes acopian sus elementos vitales y los trasladan en notorio afán de sobrevivencia; en tanto los humanos en el desenvolvimiento cotidiano algunas veces percibimos la compañía de un ángel guardián que nos vigila  y protege. Somos una sociedad de seres que se acongojan por  temas divinos y humanos, junto a un deprimente materialismo que nos cerca día a día en nuestra  existencia para cubrir nuestras necesidades de subsistencia.

A la escultural diva Sofía Loren, bella como pocas (Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale, Ava Gardner), viéndola en el cinema arrancaba suspiros a los jóvenes. Nos hacía ver la vida como era ella: con muchos contornos y formas  hipnóticas, una beldad  al fin. Había que aprender a vivir y a disfrutar la existencia que recibimos como un don invalorable.

Cursaba el tercer año de colegio cuando mi familia tuvo que trasladarse una vez más a otra ciudad y esta vez fue a Sucre, ciudad netamente estudiantil a la sazón  y en la que  jóvenes procedentes del interior de la república buscaban nuevas oportunidades  para proseguir estudios del ciclo medio o universitario. Por ello mismo, a fin de año la capital se vaciaba de gente y las calles quedaban desiertas, porque el alumnado se encontraba de vacaciones y viajaba a sus distritos a celebrar en familia  los feriados de fin de gestión. Sucre en tal temporada se mostraba aburrida y desolada, motivo por el que los oriundos del lugar salían a propiedades rurales y balnearios cercanos a la ciudad, aprovechando las bondades del clima benigno y el paisaje arbolado y cubierto de senderos de flores multicolores.

Al paso del tiempo desempeñé varios trabajos, porque había que contar con algunos ingresos propios en el bolsillo para pasarla bien, ya que no llovía dinero  ni café como dice la letra de  una canción: “ojalá llueva café”. Fui boletero en un cine, en el que tenían cabida los amigos que no pagaban y algunas muchachas  que también colaban, habiendo sido el administrador  un tío mío. Ante mi desorientación a tiempo de salir bachiller y las escasas opciones en la ciudad para elegir la carrera, que no pasaban de cinco o seis, estudié derecho bajo la pretensión –ingenua, por cierto--  de poner las cosas  en su lugar;  la justicia rondaba mi mente cual fantasma que trata de hacer escuchar su voz desde otra latitud, lejana e inaudible a los oídos de los demás humanos que consentían todo. Posteriormente hice una pasantía en  juzgados en materia penal.

En esta época estudiantil solía enviar a Radio La Plata artículos sobre temas culturales, bajo el seudónimo de Heber A. Ruiz, que se leían en el informativo del mediodía mediante un parlante abierto hacia la plaza principal, donde se daba cita la gente que abandonaba las oficinas públicas y privadas en asueto de unas horas  para almorzar; pero muchos amigos y conocidos, en un medio aún reducido, me alentaban a fin de que siga adelante, ¡yo que pensaba pasar inadvertido…! Algún distinguido  catedrático un día me obsequió un volumen de cuentos de Arturo Uslar Pietri, felicitándome por mi labor.

Estudiaba y estudiaba, en calidad de miembro de la facultad de leyes; leía y leía literatura en la biblioteca de la Facultad, y con un carnet de universitario me prestaba libros para internarme en sus páginas  una vez llegado a mi domicilio, abriéndome este hábito los ojos al mundo y a la vida en perspectiva antes insospechada. Conocí a tres promotores insignes: Agar Peñaranda, Carlos Castañón Barrientos y Raúl Teixidó, quienes supieron canalizar emociones ajenas merced a sus consejos sobre libros y autores. Esa llama interior de amor y apego a los libros  y  todo tipo de impresos  jamás pudo extinguirse, y será, no cabe duda, hasta expirar el último suspiro, o ya no podré desentenderme ni despegarme nunca,  conforme apuntó el escritor tarijeño Omar J. Garay Casal.

Las páginas de un libro, cualquiera sea su contenido, guardan testimonios de la existencia de otros seres, tal vez comunes o singulares bajo cada óptica, pero que trasuntan experiencias de vida y hablan sin pausa y callada elocuencia, de sucesos terrenales que sus pasos trazaron en su temporal estancia  para luego hundirse en la tierra y dormir en un camposanto. ¡Cuántas cosas desprenden las almas en su tránsito al más allá…?

Ernst Wiechert exclama: “toda vida es difícil y junto al mundo visible hay otro mundo en el que palpitan dolores más vivos, verdades más profundas, deseos más ardientes: el mundo el libro”. Y hay otra cita de diferente autor que nos place mucho: “El escritor puede dorar sus adjetivos. Hace que sus frases caminen a través de las páginas en blanco como si atravesaran una plaza llena de sol, con la pomposa cadencia de una procesión que avanza sobre alfombras de rosas…” El autor?  Nada menos que José María Eça de Queiroz.

Una marcada timidez y mi carácter introvertido  limitaban un tanto mis relaciones con las muchachas, atribuyendo esta situación al hecho de no  estudiar en un colegio mixto, que en la época no existía en la ciudad, además de no haber tenido hermanas en mi hogar y, por ello mismo, la carencia de trato amplio respecto a las damas. Esta circunstancia no significó que  yo no confiara o creyera en la amistad entre un hombre y una mujer. Sálveme Dios, esos nexos son vitales, del día a día y pervivirán por siempre en la cotidianeidad de la especie humana. Sin ellas, las mujeres, la vida sería monótona y no tendríamos con quien alternar, amar, discutir  y…disentir. O mirar más allá de nuestras narices.

A un amigo apodado x man lo felicitaba el Día de la Madre, debido a que no trabajaba ni estudiaba no obstante de ser joven, por lo que era aplicable  aquello de la ‘ociosidad es la madre de todos los vicios’ y la fecha era propicia para la congratulación. Y  como chico descarriado  a pesar del mensaje  no hacía nada a fin de enmendar su conducta. Atento a quienes llegaban del interior o exterior del país, esperaba  que lo invitaran a servirse unos tragos o comer las mentadas costillitas de cerdo, a las cuatro de la tarde, hora en que en otra ciudad el popular  Bolívar entra en cancha, y en ésta se enfrían  las cervezas en un soleada tarde primaveral, o de cualquier otra estación, ya que no hay la del ferrocarril que nunca llegó y sólo hubo  un edificio con oficinas abiertas en la avenida costanera. La estación del calor  dura alrededor de  diez meses en  tierra tarijeña y casi da la vuelta entera al año, según expresión de los chapacos  en visión nietzscheana de los acontecimientos.

Salí abogado a finales de 1969 contando 23 años de edad y viajé, una vez más, pero en esta oportunidad a buscar un horizonte y forjar mi destino en solitario, al margen de mis progenitores. La ciudad del Illimani, que me cobijara de pequeño, fue la meta, o la Meca. Me casé el mismo año en la recta final y tuve la dicha de disfrutar del nacimiento de mis hijos, viéndolos crecer y superarse. Trabajé de inicio cuatro horas con retribución de medio sueldo y asesoré a ministros, yo que sólo tenía estudios realizados y no experiencia de vida. Salí adelante, primero como segundo abogado-asesor y luego, transcurridos unos años, ya titular, bajo diferentes denominativos de oficina: Departamento, Dirección Jurídica,  Consultoría Jurídica, Asesoría General, etc., etc.

 Debido a los cambios políticos en  nuestro país pasaron numerosos ministros y me incorporaron después de un trimestre de mi ingreso al Escalafón de Servicios otorgándome grado militar, yo que apenas mandaba a mis hijos y ni siquiera a mi mujer. El ascensorista del despacho ministerial era un piola mayor y solía decirme que ambos, él y yo, habíamos bajado a muchos titulares del ramo; en efecto, él los conducía en el ascensor y yo, antiguo funcionario con estabilidad en la pega, al ser nombrado a inicios de cada gestión anual por Orden General de Destinos, había “bajado” o aguantado a varios ministros en mi largo período de funciones, por espacio de 35 años. Fui asesor, redactor de leyes y decretos, miembro codificador, fiscal militar y redactor de discursos con mil y uno temas, así también pude haber sido payaso de circo por las peripecias humanas, o temperamento de ciertos jefes, ¡claro que esto era más serio que otros papeles…!

En grupo de familiares y  amigos, durante varios años, fuimos a observar la entrada del Carnaval orureño, que expone aspectos gratos: los grupos de danzantes, el esmero en el vestuario y la destreza de los músicos, en suma, punto alto por todo ello; pero lo negativo descansa en el estado de ebriedad de gente joven, chicos y chiquillas que abrumados por el alcohol ingerido caían inconscientes en los bancos de la plaza central  ante cerros de latas vacías de cerveza. Y al declinar  de la tarde, en días de llovizna menuda, propia de la temporada de Carnaval, apenas perceptible, muchos bailarines y músicos muestran aparte del cansancio natural un excesivo consumo de alcohol. Lo jocoso ocurrió cuando de tanto permanecer sentados desde horas de la mañana, y ya cerca del mediodía bebiendo unos copetines de whisky,  con un amigo quisimos utilizar un baño higiénico; alguien nos indicó que camináramos una cuadra y media y, al fondo a la derecha, cuando no, nunca falla,  advertimos un letrero que decía: “Pare de sufrir”. En son de burla le dije a mi amigo Freddy, apodado el Chacrita  por ser  stronguista: “aquí debe ser”,  ya que no dábamos más con la vejiga hinchada y el padecimiento inaguantable. En efecto, así sucedió, justo al lado de dicha secta religiosa leímos: “Baño público”. ¡Qué bien!, miccionamos  y… ¡paramos de sufrir!

Una amiga cantora, profesora de música,  tarijeña  de chispa,  luego de tomar unos chuflays  entre  canción y canción solía decir: ’tengo un dolor de cabeza por todo el cuerpo’. En una ocasión, desde el otro extremo de la mesa un amigo le gritó: ¡Canallaaa!, a lo que ella sorprendida lo miró con rabia y él le respondió: ¡Canalla me vas a matar de un infarto con tus canciones…!

En lo personal, jamás le pedí a la vida otra cosa que dedicarme a lo que me apasiona  tras haber cumplido durante muchos años, como modo de sobrevivencia necesaria, mi ciclo de trabajador activo en el campo del asesoramiento legal y el notariado. Mucho tiempo en verdad en ese severo empeño  individual  y familiar, hasta que me llegó la hora de aproximarme con la intensidad de un  joven enamorado a las letras, que cultivaba en la medida en  que mis actividades profesionales así como de padre de familia me lo permitían. Ese cambio de rubro en el ritmo vital demandó que me dedicara, desde hace algunos años, a leer y escribir.

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