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ASÍ ME CONTO MI ABUELO SUS MEMORIAS -Autopsia de una agonía- (Segunda Parte)

Luis Carrasco Salinas Tarija, Agosto. 2000

Cántaro
  • Luis Carrasco Salinas
  • 05/10/2025 03:00
Portada ASÍ ME CONTO MI ABUELO SUS MEMORIAS

Portada ASÍ ME CONTO MI ABUELO SUS MEMORIAS

Lapachos

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Portada ASÍ ME CONTO MI ABUELO SUS MEMORIAS
Lapachos

Hubo también un cobarde que terminada la guerra llegó a ser ministro de Estado, en pago de su “llunquerio” al gobierno de los colgadores. Este lloroncito cuando formo fila ante el enemigo que había obtenido en Nanawa una victoria, fácil, arrojo al suelo el revolver que le dio la patria. Yo en ese momento junto a Quintana me encontraba anonadado al ver la suerte del regimiento Castrillo, vi en el suelo el revolver con cacha de concha y me atreví a alzarlo. Los soldados verde olivo chillaron amenazantes, y, aquel teniente que voluntariamente se degrado a suboficial, dándome un codazo me ordenó que suelte el arma, tuve que hacerlo, se aproximó un pila viejo vestido con guardamonte, levantó del suelo el revólver y con sonrisa de satisfacción le dijo, gracias “iponá” tu pistola boli. Quiero que sepas, hijo, otro caso insólito que pasó en la guerra. Hubo un soldado adicto al comandante general Hans Kundt, que por su posición de poetastro ocupó el puesto de correista. Un tiempo después fue alejado a un puesto de retaguardia; pero este sin prever, dejó su colchón, grande fue la sorpresa de su sucesor, cuando este por razones de higiene destripó aquella cama, encontrando que había sido rellenada con los trapos de encomiendas marcadas con nombres de los combatientes y que habían sido enviadas por las sufridas madres. Este poeta y de paso escritor de “burricadas”, finalizada la guerra se puso al servicio de la oligarquía minero- gamonal. Llegando a ostentar el título de Benemérito de la Patria y más tarde llegó a embajador. Héroes de esta calaña existen muchos, que por tráfico de influencias, obtuvieron la medalla de Beneméritos que ostentan en los desfiles. Otro caso que quiero que sepas, hijo, del alma. Fui testigo de la muerte, de aquel gran oficial de reserva que fue Alberto Salamanca, hijo del presidente “Símbolo” Daniel Salamanca quien cumplió la consigna lanzada por Jaime Mendoza, de pisar fuerte en el Chaco, pero que no lo dejaron cumplir con este anhelo de Patria fecunda. Alberto Salamanca fue un combatiente muy parecido por su conducta militar a Alberto Únzaga de la Vega, quien murió en circunstancias muy parecidas a su tocayo Alberto Salamanca. A este patriota no lo conocía, pero me contaron sus soldados que estaban en su compañía. Y volviendo al caso del teniente Salaco, como así lo llamábamos. Cuando el notaba timidez en los soldados de su compañía, se presentaba en sus trincheras para acompañarlos en las noches en que les tocaba el turno en el puesto de velo. El peligro estaba en que algunos se dormían y los pilas los “robaban o los mataban. En otras ocasiones, pasaba en las noches con la Quintana, “Tacullo” Argandoña que era sobrino de la princesa de la glorieta y mi persona. Recordábamos gratas ausencias del colegio jesuita de Santa Mónica, en tanto que Salaco, añoraba a su novia la bella María Luisa Linares, Bisnieta del presidente José María Linares, quien al saber la muerte de Alberto, se asiló en un convento. Y así pasábamos el resto de la noche, entre coca azucarada, panes “sama” y a veces conejos fritos y perdices que su buena madre le enviaba de Cochabamba. Comentábamos sobre el objetivo de los combatientes profesionales, que tendrán que cumplir cuando termine la guerra, sobre todo conseguir la liberación del indio, máxime -decía- si su padre era dueño de un gran latifundio. El comando sabáritico en su deseo de quedo bien, insistía su traslado a un comando de retaguardia, pero él se negaba con altivez, manifestando que en el Norte los enemigos políticos de su padre y la misma prensa, dirían que el hijo del presidente no estaba defendiendo a la Patria en la primera línea, sino que se encontraba emboscado en un comando alejado - Encontraras, hijo, en detalle sobre la muerte de este valiente en mi libro “Buenas Noches Fúsil”. Y es así que pese a las reiteradas ordenes de la división, mi teniente Salamanca continuo en ese puesto, esto del honor que, posiblemente le señaló su padre. Posición de avanzada donde encontró la muerte en una tarde de hostigamiento anticipo del 13 de noviembre que ya eran tanteos contra los regimientos Castrillo y Azurduy, frente boscoso el uno y punta de un pajonal el otro. Dios quiso que no caiga preso, así se evitó el comentario enemigo al anunciar que el hijo del presidente guerrista era prisionero del glorioso ejercito de vencedor Estigarribia.

 

Poco a poco sabrás, hijo, de todo lo que fue testigo y autor tu abuelo. Así fue aquella guerra, con sus secuelas de glorias, secuelas y traiciones como lo que se vio en el primer ataque del 20 de enero en Nanawa, allí tuvimos 100 balas en el ataque al fortín, donde pese a la lluvia se había ordenado el ataque. En esas condiciones de desventaja nuestras fuerzas habían llegado hasta los mismos depósitos de abastecimiento logístico y cocina del comando enemigo, de donde nuestras tropas vencedoras tuvieron que retroceder dando cumplimiento a una orden del comandante Reque Terán que dio lugar al ejercito del coronel Irrazabal a retomar todo lo perdido. Este gran estratega, dicen los historiadores, que en ese momento ya estaba listo para replegar sus fuerzas hasta Isla Poi. Esta acción fue comandada por los tenientes Edgar Ruck Uriburo y el héroe ya consagrado en el regimiento Chichas Enrique Pantoja, aquella victoria ya ganada fue opacada por un gerifalte a quien los soldados y oficiales le bautizaron con el nombre de “Requetebruto”. Se habló de un juicio de responsabilidades que a la larga quedo en nada, continuando el asno con sus tres estrellas. Por suerte yo no estuve en esa acción heroica, me la contó mi compañero de colegio, el teniente Ruck Ariburo.

Otro de los barbarismos de los altos comandantes Derbys, fue la construcción de un túnel que tendría su salida en la retaguardia enemiga de Nanawa, para capturar el ansiado fortín atacando al enemigo por la espalda, pero el tiro les salió por la culata, porque la mina estalló en medió de ambas líneas quedando en aquel campo de nadie un gran hoyo con el nombre de “embudo”, cuyas orillas sirvieron para levantar nuevas trincheras que más favorecieron al enemigo. Este hecho duró más de un mes, con los comunicados diarios de sin novedad en el frente y que sin embargo diariamente por los tiros reglados del enemigo, caían como pájaros ondeados nuestros soldados. Posteriormente sobrevino la caída de Campo Grande, con mil plazas y su comandante el Cnl. Méndez “Tigre Rubio” y una joven oficialidad, hasta que llegó el gran cerco de Campo Vía (Alihuata) Nuestras fuerzas estuvieron comandadas por Carlos Banzer, Gonzáles Quint, el “Mono” Abaroma, personaje funesto que se negó a salir con toda la tropa y armamento, cuando todavía no se había completado de cerrar el anillo, conforme fue el pedido de los valientes oficiales del Regimiento Lanza. Campo Vía fue el martirologio de dos divisiones en la que cayeron ocho mil prisioneros. Pese a la oposición del “Mono” de Abaroma, el Regimiento Lanza se cubrió de gloria, donde rubricaron con su gloriosa muerte: Jaime Urriolagoitia, Luis Beltrán, Carlos Tardío, y muchos otros cuyos nombres escapan de mi memoria. En el recorrido de los prisioneros hasta la Isla Poi, un diez por ciento fueron abandonados por inanición, el resto que llegó hasta puerto Casodo, fueron dejados en aquella isla de sol, arena y hambre, donde murieron muchos atacados de insolación y disentería, entre ellos murió en el más completo abandono nuestro coterráneo el abogado Nicolás Rosquellas. A los ocho días continuó la tropa bajando en la cañonera Umaitá. Hasta llegar a Asunción. Los que caímos un mes antes en Nanawa, ya estábamos como trapos en cajón de sastre en cancha Guaraní situado en “Dos Bocas” realizando el trabajo de la carretera macadamizada que en su avance al precio de hambre y látigo llegó a Tembetarí para conseguir hasta San Lorenzo, que era el comienzo para después llegar al Paraná y las cataratas del Iguazú.

En Tembetarí, después de una vida de “aparapita”, mi existencia cambió radicalmente. Todos los domingos y feriados, se congregaban en el campamento, imberbes hijitos de terratenientes ricos y allegados al gobierno que por no ir a la guerra se ocupaban en servicios auxiliares, sirviendo de “botones” o proxenetas de damiselas a domicilio Visitaban el campamento para ver y charlar con los prisioneros. El dueño del latifundio que prestó para la residencia de los bolivianos su antigua casa colonial, acompañaba a los oficiales y amigas, pasando las tardes que era para ellos de amena distracción en base a mate “cojudo” y tereré. En una de estas tenidas, fuimos escogidos para aquel rendebú obligado, el simpático minero potosino, mirista Gualberto Moncayo, quien no salía el trabajo caminero porque pasaba de loco, los paraguayos lo llamaban “tarobá” resultando al final que este fugó a Bolivia con una linda asunceña, los otros elegidos para charlar con los visitantes, fueron el estudiante de derecho Félix Quintana y yo.

Los dos primeros respondían a las preguntas capciosas que hacían con latinajos, adagios y neologismos difíciles para la mentalidad troglodita de aquella pobre gente, en tanto que yo me presenté simple y llanamente como un ingeniero agrónomo. Ante una pregunta del oficial que si yo egresé de la famosa Universidad Carolina de San Francisco Javier de Chuquisaca, le respondí con todo aplomo - perdona hijo mi mentira piadosa porque la necesidad tiene cara de hereje- que egresé de la Universidad Católica de Chile, respuesta que causó la admiración de todo aquel grupo que sólo había cursado el tercer curso de Normal, que para ellos tenía el valor de bachillerato. En aquella época, la segunda ciudad paraguaya Concepción, no contaba con un colegio secundario y los que precisaban seguir sus estudios tenían que bajar hasta Asunción.

El gringo dueño de aquella estancia, tenía muy cerca una rica y moderna mansión, donde lucía en la portada la estatua de bronce de la diosa Iduna de la mitología germana, único monumento de bronce que existía en la bella Asunción del Paraguay. El gringo se interesó por mi persona para sacarme del campamento, dijo que haría valer su situación de hermano de Ludovico Mangels, quien se encontraba en el frente de operaciones con el grado de teniente primero. Uno de los oficiosos acompañantes dijo que tenía todo el derecho, ya que el ex presidente José Guggiari que cuenta con hijos y hermanos ninguno entró al Chaco, tiene en su hacienda más de veinte prisioneros que trabajan en sus algodoneras, y plantaciones de frutales y ni que decir de los cautivos que trabajan en las nuevas residencias del barrio “milico”. Y no fue más. Al día siguiente el pedido fue elevado al ministerio de defensa, mas cinco breceros, Pedido que yo mismo y con la ayuda de Quintana redactamos. A los tres días llegó la orden de traspaso de los prisioneros solicitados... - Querido hijo, no creyeras ....esto cambió totalmente mi vida de infortunio, que hasta ese momento me encontraba con traza de mendigo, convirtiéndome de la noche a la mañana en amo y señor de aquella rica propiedad en la que no faltaba nada y más bien sobraba y que yo di fin con todo menos con el piano, la discoteca y sala de armas y no era por falta de voluntad, sino porque a los campesinos pilas no les interesaba. - Créeme hijo te estoy contando la verdad, testigos son la gente del campamento quienes solicitaban mi ayuda- El latifundio carecía de una persona que lo cuide y trabaje porque el propietario, alemán nacionalizado, era un bohemio que nada le interesaba, más que la asistencia al club y las carreras de caballos con el dinero que yo le proporcionaba, haciéndole ver cartas que el hábil Quintana o el “Chalequito” Alfonso Salazar me redactaban avisándome giros de mis minas de plata y “aluminio” que poseía en Bolivia. Otra de las debilidades de este personaje increíble era la intimidad con burguesitas “buscas” y la dolce vita. - Entregándome un álbum obsequio del profesor Víctor Sandi me dijo, aquí encontraras muchas fotografías que son testimonios redivivos.

Desde allí puse a prueba la fuga a Bolivia de tres compañeros: Humberto Rengel a quien solo le faltaba la lectura de su tesis para optar el título de médico. El otro fue Carlos Klajes, un suboficial de sanidad de nacionalidad alemana, que prestaba sus servicios en la guardia del general Hans Kundt, a quien le proporcioné todas las facilidades para su fuga, inclusive entregándole el carnet de identidad que pertenecía a Ludovico Mangels, casi de la misma edad y físico rubio. No tuvimos que cambiar ni la fotografía ni el sello que era alemán. Después de su huida estando ya en La Paz, fue ascendido hasta llegar a coronel. Se radicó en Santa Cruz donde murió en 1995. El otro fue el beniano Ramón Alpire Cortés, un poeta. No supe que suerte corrió. El custodia que los conducía hasta embarcarlos en la orilla del río a su retomo a Tembetarí portando un papel con la firma de estos, era ricamente compensado por mi persona, Ante estas pruebas, ya no podía dudar del éxito y la fidelidad del custodia y me animé procediendo a preparar mi fuga. Fue en una media noche que salimos alumbrados por una luna roja rumbo al Pilcomayo, que está frente al puerto argentino de Clorinda, pero con tan mala suerte que el mismo día, habían escapado en patota 20 oficiales que se encontraban concentrados en el campamento de Paraguari, entre los que estaba “el valiente” Alberto Salinas López, apellido que fue contraproducente para mi persona. Mi leal compañero, dejándome debajo de un puente, se fue a buscarlo al dueño del bote que debía facilitarme el paso. Lo había encontrado y le hizo saber que en esas circunstancias era muy peligroso y que esperaríamos hasta el día siguiente, en que posiblemente se calme la situación de emergencia. Mi custodia me dejo dentro del bosque próximo, con la promesa de su retomo al día siguiente que sería de madrugada, espere toda la mañana y no llegó.

Pensé retomar a Tembetarí aquella noche; pero quedé dormido debajo de un coposo cupesí. Un niño que andaba hondeando pájaros por la orilla del monte me vio y me dijo ¡vos sos boli! Lo único que hice fue mostrarle dinero, hizo una mueca de desprecio y dio silbidos de alarma a los transeúntes que pasaban por la carretera y no fue más. Los caraí guazú y mujeres convertidos en héroes, me condujeron a la comisaría cercana. El Paraguay, hijo, es una conejera que en cada cinco kilómetros hay una comisaría y una cancha de fútbol ¿te imaginas?

Después de filiarme, me quitaron mi terno de casimir, dinero, brújula, reloj y un pequeño revolver y me condujeron rumbo a “la asunción del Paraguay” distante a 15 kilómetros. En cada comisaría se repetía la escena cursi de la filiación y cambió de ropa por otra mugrienta y rotosa, posiblemente dejada por algún desarrapado preso. Llegamos al anochecer a la tétrica cárcel obra de los dictadores Gaspar Rodríguez de Francia y los López. El alcaide de la prisión me dijo: ¡y bueno amigo boli!, ahora ya es tarde para que te haga un registro fíliatorio, tal como lo manda la ley del gran partido liberal de nuestro presidente Avala, te vas rectito donde esta esa luz, allí entras, ahí están los presos “guaycurues”. Si tenés algo de valor déjalo aquí - ya debes suponer la respuesta que le di- El amplio patio rectangular estaba prieto de presos, parecía un hormiguero alborotado, cansado, desilusionado y con el corazón dolorido, había desviado la recomendación que recibí. Ingresé a una celda de presos comunes quienes en principio me acogieron con buena voluntad, pensando posiblemente, que era otro sentenciado por robo o que podría tener dinero escondido. Un preso parecido por el eco a un argentino, me proporcionó un campo en su camastro, al poco rato sentí que comenzaba a manosearme, en principio creí que se trataba de un homosexual y trate de alejarme más a la orilla.

Sonó el toque de silencio y las celdas con reja de hierro en vez de puerta fue asegurada con un candado. Se colocó un canal de calamina que cruzaba el corredor, llegando a una acequia que recorría por el contorno de todo el patio recibiendo los orines de todos los presidiarios. Minutos más tarde se presentó en la reja un oficial acompañado de un policía tajachi, que llevaba un grueso amarro de llaves y el infaltable fuete de alambre trenzado. Preguntó si no se encontraba allí un boli recientemente incorporado por delito de fuga llamado Luis Carrasco Salinas. Al oír esto, aquella chusma al parecer sin Dios ni moral, levantaron un endemoniado alboroto, respondiendo que allí no entro ningún boli desgraciado. Pensando que la verdad es siempre beneficiosa para todos los interesados, respondí: Señor soy yo ese que usted pregunta, me equivoque entrando en esta habitación de buenos compañeros. Los gritos de aquellos desalmados recrudecieron con adjetivos de vesania y el infaltable grito de guerra guaraní de iiiiiipuuuuuuu.

El oficial policiaco los calló con órdenes en su idioma y me dijo: ¡aproximese añamembui huevo de yegua. Obedecí y aquel vesánico chilló con furia: Sépaselo añaracó peguaré, que no soy señor sino teniente segundo y tampoco esto se llama habitación sino celda, me largo un fuetazo.. .Siga aquí con estos sandías que por no ir a la guerra se quedaron a cuidar cuñas. Mañana al primer toque de campana te vas a la celda de los otros bolis mondajás como vos. Los gritos selváticos esta vez se convirtieron en risas y protestas. Pasada una media hora entre comentarios, y humo de cigarros y eruptos sonoros, noté que algo diabólico estaban pensando, que quisiera ya no recordar. Un preso ostentóte con una venda en el ojo parecido a un pirata y el vientre que escapaba de un pantalón, aproximándose al camastro del bigotón argentino donde yo me encontraba, desabrochando su bragueta me dijo: Tomá esto para que te acordés de “Nanawa de gloria”, donde perdi este ojo, por lo que me evacuaron. A mi retomo a mi vieja querencia, la encontré a mi prienda amada que había estado “cogiendo” en mi ausencia con un cobarde “sandía” y sin decir Jesú, loj maté a loj do!. Era una noche de San Juan y ahura aquí me tenés y comenzó a orinarme apuntando su flácido “pirulin” a mi cabeza y pecho. El samaritano gaucho trató de insinuar para que no se haga esta acción inhumana, porque este hombre -dijo- no tiene la culpa. Fuertes borrazonasos de amenazas, mostrando el cuchillo, hizo que se resigne a lo hecho... Pasados unos minutos otros son el vientre desnudo, mirada felina y labios arriñonados, se aproximó para repetir la inolvidable acción de su antecesor y apuntando su miembro a mi pecho desaguó un chorro fétido de orín, al mismo tiempo que con gangosa vos decía: Toma boli de aca “agüita” que no es del rió que el criminal Buchis y el mondajá de Salamanca quieren llevárselo a su pueblo grande de La Paj. En ese momento pensé que Dios me había olvidado y que mi santa madre a esa hora ni por sueños estaría pensando en lo que la cruel guerra me deparó. Sacando fuerza de lo que me pasaba, me animé a decirle: Le ruego por Dios y su madre no me haga esto, prefiero cualquier otro castigo aunque en mi conciencia veo que no hice nada malo, ¿no ve que estoy mojado de orín? A lo que aquel malvado al parecer le movió una corazonada para mí fue un milagro. Me respondió: Y vos carai ¿decís que sos cristiano y que tenés maire?....y ocultando su pene continuó: Cuando volví de la guerra ya no la encontré a mi maire, se había ido pal cielo ssssche carai y se retiró. Ya en su cama dijo algo a sus compañeros quienes le escucharon sin responder. Uno de estos se aproximó, entregándome una pequeña manta, otro le siguió diciéndome: calentate con estos cigarrillos “héroes” a lo que le respondí: Dios se lo pague señor. Se escuchó una vos que dijo: ¡ cristiano entero y el boli carai!

Seguí pensando en mi buena madre, que llorando me dio su bendición el día de mi partida. Amaneció y a los primeros reflejos del rojo sol sonó el riel que servía de campana,. Se retiraron los canales de lata y se abrieron las rejas.

Di los buenos días a aquellos que seguían tendidos sobre el duro piso de piedra y salí, dirigiéndome a la celda de mis compañeros, allí los encontré: al carismático Max Agatón Bairon; al autodidacta que fue mi oficial en el Chaco, Clovis San Román y al poeta beniano Justo Pastor Ortiz, quienes quedaron conturbados al saber lo que me pasó aquella noche. Me proporcionaron ropa y me enseñaron el baño, recomendándome tener mucho cuidado por el peligro moral que se corre con aquella gente de desalmados largados de la mano de Dios. Fueron pasando los días. Todas las mañanas me aproximaba a la reja del locutorio destinada a los visitantes, pensaba que podía encontrar algún conocido para entregarle un mensaje que ya lo tenía redactado para mi inolvidable Mecenas don Jorge Mangels. En la breve misiva le culpaba le culpaba a él de mi situación, por haber salido -le decía- hasta la carretera en construcción, donde se encontraba el almacén del italiano Contini allí me tomó preso una patrulla de “tajichis”.

-Hijo no cumplí con mis principios que tú los conoces de que la verdad siempre es beneficiosa - Hasta que un buen día la vi a una “burrera” llamada Grimanesa, a quien la conocía y ordenaba al encargado de ventas Carlos Klajes, alemán que antes de mi huyo rumbo a Bolivia, llegando por su acción, ya en La Paz hasta el grado de coronel. A él le ordenaba en Tembetarí, le agregue a la anciana los productos que deseaba comprar, pero que no le cobre ni un “pesí”, porque era viuda de guerra del marido caído en nuestro glorioso fortín Boquerón y que además, tenía un hijo encarcelado por ser activista enemigo de la guerra y estar afiliado a “Bandera Roja” del escritor Arnallo Baldovinos, -hijo con este personaje viví unos quince días en la casa de Mangels, cuando él llegó a refugiarse de las patrullas que reclutaban a los omisos. En cuanto la buena mujer me vio no hice más que entregarle el papel, respondiéndome que gustosa le entregaría a don Jorge ese mismo día. Después de una semana de angustiosa espera… Gracias a Mangels y la recomendación que este obtuvo del enfermo del mal de Hansem Juan Rivarola, a quien le presté mis servicios de “agrónomo”.

Don Juan era el hermano del mentado político ministro del interior Vicente Rivarola, a quien presté sin temor a su grave enfermedad mis servicios, mi conducta contrastaba con el proceder de sus paisanos que tenían miedo y huían de él. Sobre este personaje tengo muchas anécdotas reales que reservo para otra ocasión, este culto y buen hombre, se había puesto en contacto con don Jorge a raíz del mensaje que le mandé, dirigiéndose mediante una carta a su hermano el ministro, a quien le hizo conocer mis condiciones humanitarias e intelectuales, que puse al servicio de toda la comunidad inclusive a la propiedad del ex-presidente José Guggiari, quien tenía una rica hacienda algodonera y frutícola en Sabala Cue. Una mañana en que los presos bolivianos se encontraban en la limpieza de los retretes y patio quedando en la celda, únicamente un enfermo y mi persona, en razón de que tenía que escribir una carta de amor para la novia del alcaide. Esa mañana el enorme patio se llenó de gritos de júbilo !iii pú, Carajco Lui Salina . . . “Erógapé” que quería decir: a tu casa ¡¡¡ no puse atención porque estaba preocupado dibujando palomitas besándose para poner en la carta del pila analfabeto quien me pagaría con unas “galletas” con grasa. Los gritos continuaban mientras yo parecía un autómata, mi compañero de celda, dándome un codazo me dijo ¿No oyes che? Es a vos que te están llamando para que te vayas de esta khencha cárcel. En ese momento entró un “tajachí” me preguntó si no tenía que llevar algo y salimos con él. En el patio los presos se me abalanzaron, como suchas a la carroña, pidiéndome que les deje algún recuerdo les dije que no tenía nada. Uno de ellos me respondió: ¿Y esto que es? Vos ya no necesitas porque te vas y me arrancó mi guayabera que un compañero me obsequio otro me metió la mano en mi bolsillo, sacando un pañuelo sudado y con gesto de repugnancia lo arrojó al suelo. Así con una camisa ya de varios colores por el tiempo y un pantalón hasta la canilla, llegué con el guardia hasta la prevención donde me esperaba un elegante oficial con uniforme negro y botones dorados. Parecía que dudaba al ver mi facha de linyera y me dijo ¡usted, señor es el ingeniero Carrasco Salinas? Después de confirmar mi situación, firmó en un libro y salimos. En la puerta esperaba un coche con escudo paraguayo. El chofer, al parecer también se extrañó. Abrió la puerta invitándome a entrar. Llegamos hasta el ministerio del doctor Vicente Rivarola, quien al verme, levantándose de su escritorio, me extendió la mano al mismo tiempo que me invitó a tomar asiento. Me pidió disculpas por el trato que pude haber recibido y ordenó al oficial ayudante que se me provea de inmediato un vestuario completo y decente. El culto ministro se enfrascó en una charla cordial y plural sobre la guerra y sus consecuencias, como en mi caso que trae consigo todo movimiento bélico, pero por suerte - dijo- la guerra entre nuestros dos pueblos hermanos está próximo a concluir y cuando llegue la ansiada paz habría desaparecido todo agobio y nuestros dos pueblos lacerados por la guerra entonarán un solo himno de progreso, paz y justicia. Dolorido recordó a su hermano enfermo de un mal incurable. Se alegró que cuente con la amistad que yo le brindé En ese momento ingreso un oficial avisando que la orden se había cumplido obteniendo todo el vestuario del almacén vecino al ministerio. Mangels que hasta ese momento había permanecido aveloriado, sentado en una butaca situada detrás de la puerta, aproximándose me dio un abrazo. El ministro sacándolo de su tímido sopor le dijo: Señor Mangels, está libre su recomendado y por favor dígale a mi sufrido hermano que gustoso cumplí su encargo. Y mi felicitación porque conocemos que su hermano por sus condiciones militares y de valor germano en el frente de operaciones fue ascendido a capitán. Salimos, el ujier me invitó a entrar al guarda ropa ministerial, Ya te puedes imaginar, hijo, me sentía como chancho en trapecio. No tardé mucho en el cambio de atuendo. El sastre del almacén con la huincha en el cuello, me pregunto si no precisaba algún arreglo, le respondí agradeciéndole y que todo estaba bien- aunque en verdad algo había de arreglar- Salí con traza de gentlement en desgracia. Don Jorge me condujo al hotel Austria que era el refugio de todos los hitleristas. Tuve temor y no quise entrar. Continuamos tomando el tranvía destartalado hasta la Recoleta para pasar de allí a Temberati. Llevamos un porción de comida rápida para almorzar. Después, de un mes de estadía en aquella mansión rica en que todo estaba a mi libre albedrío de usufructo, se intensificaron las noticias de la comisión de neutrales presidida por el pícaro paraguayo- argentino Saavedra Lamas - que solo buscaba favorecer al Paraguay y lograr el premio Nobel de la Paz del Chaco. En este caminar llego el 14 de junio con la firma del cese de hostilidades y la posterior repatriación de prisioneros que sería por riguroso turno. No quise esperar, máxime si la carretera macadamizada de Tembetarí a San Lorenzo aún no había concluido y el gobierno con la mano gratuita que contaba deseaba llegar a este pueblo.

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