Del libro: “CANTARES DE NOSTALGIA” DE: OCTAVIO CAMPERO ECHAZÚ Tarija, 2000
Vida y Obra de Gustavo Adolfo Bécquer
Yo no sé por qué, durante estos últimos días, me he puesto a evocar la vida de Tarija de hace quince o veinte años atrás, cuando la muy antigua y soledosa Villa de Luis de Fuentes, podía jactarse todavía de tener una sola familia solariega, una tradición local, un ideal común, una fisonomía inconfundible y un espíritu propio. Espíritu romántico, ingenuo, anticuado quizás, pero espíritu al fin...
Y al evadirme con el recuerdo hacia las líricas perspectivas de ese tiempo, me he encontrado con los pianos del crepúsculo y las "Rimas” del atardecer. En los pianos, Schubert seguía siendo el confidente de nuestras novias; en las "Rimas", Bécquer les balbuceaba el mensaje de nuestro corazón... Ciertamente, como por mágico sortilegio, el tiempo se había dormido en el pueblecito, a la sombra de los naranjos en flor. Y así fué como Schubert y Bécquer, esas dos almas gemelas tan puras, que elaboraron el sentimentalismo candoroso de nuestros abuelos, pudieron influir todavía en el de nuestra temprana mocedad.
De ahí por qué, -aunque el brutal episodio de la guerra del Chaco haya venido a fracturar el ritmo de nuestra vida y a desflorar el alma de la ciudad, aunque la consoladora voz del músico haya sido ahogada por la del tango arrabalero y sensual, aunque las golondrinas del poeta hayan emigrado para siempre del cielo de Tarija, ahuyentadas por el estrépito de los camiones,- yo hubiese querido recordar, una vez más, algo de la vida y de la obra del gran bardo sevillano.
Han corrido cien años desde el nacimiento de Gustavo Adolfo Bécquer. ¡Cien años de incesante renovación estética! Y hay un abismo, por decirlo así, entre la poesía tierna, ingenua y empapada en lágrimas del cantor de las "Rimas" y la poesía cerebralista, suprarrealista, creacionista o simplemente revolucionaria de nuestro tiempo.
Imaginaos: la Musa del tiempo de Bécquer iba empenachada de romanticismo. Era la Ofelia tristemente coronada de rosas blancas, marchando hacia la muerte por ríos de desilusión.... La Musa de nuestros días, en cambio, ama la vida. Es deportista y acrobática, por lo menos en uno de los sectores de la literatura actual. Para desperezar sus miembros del largo quietismo del pasado, o por simple afición al movimiento, cabalga en un cohete luminoso, describe una veloz parábola en el espacio y luego hace estallar su vehículo en metáforas de color.... Otras veces, provista de un escafandro, gusta de sumergirse en las aguas profundas del subconsciente, y a fuerza de explorar zonas desconocidas, logra sacar a flote un extraño ramillete de flores submarinas: las Jitanjáforas": flores musicales y raras, hechas de palabras sonoras con valor propio e independiente de su significado. Escuchad a Huidobro, uno de los pontífices del "cracionismo" en América:
Empiece ya
la farandolina de la lejantaña de la montanía.
La faramandó mandó liná
con su musiquí, con su musicá,
La carabantantina,
la carabantantú,
la farandosilina,
la farandú.
Por lo que respecta al otro sector, al de la extrema izquierda, allí la Musa es partidista, clasista, y hace puesto al servicio de las reivindicaciones sociales: va vestida de overall, huele a petróleo y lleva una dinamita en la mano...
En todas estas manifestaciones, como anota Luis Alberto Sánchez, "el tema del nuevo arte no es ya el obscuro sentimiento, sino la aguda sensación. De la sensación surge, en vez del problema sentimental, el problema sexual, tangible y obsesionante".... Freud y Marx determinaron así, después de la Guerra Mundial, dos géneros de literatura, que hoy ya van perdiendo su crédito.
En tales circunstancias, no es extraño, pues, que la estética revolucionaria haya arrinconado, aún más, la vieja arpa becqueriana, como un instrumento definitivamente pasado de moda. "Silenciosa y cubierta de polvo" permanece olvidada en un ángulo del tiempo, sin que nadie se atreva a pulsarla... Pero, entonces, -¿por qué hoy la evocamos con tanta emoción, y por qué a través de cien años- sus apagados y melancólicos sones nos conmueven de tan profunda manera?... Porque sencillamente, a pesar de todas las tendencias snobistas del arte contemporáneo, el penetrante acento lírico del poeta viene a despertar en el viejo fondo de nuestra sensibilidad emociones primordiales y eternas. Nuestra vida se identifica así, en la cálida efusión de las "Rimas", con la vida del poeta. Sus amores, sus dolores, su invencible obsesión de la muerte, todos esos sentimientos que fisonomizan el alma soñadora, atormentada e idealista de Bécquer, todos esos sentimientos, repito, están amasados con la levadura de nuestro propio corazón.
Como he dicho, tres son los sentimientos esenciales que informan la vida y la obra de Gustavo Adolfo Bécquer: el amor, el dolor y la muerte.
El Amor
¡El amor!... -¿En qué "rumor de besos” o en qué "batir de alas" llegó hasta la tierra alborozada del poeta? -¿Cómo y cuándo nació en su corazón? -¿Qué mujer imaginaria o imposible, o qué musa de carne y hueso se lo inspiró? -¿Quién es ella o quiénes son ellas?.... Desde luego, a través de los velos de gasa de las "Rimas", se ve desfilar, como a través de un sueño, una adorable teoría de sombras femeninas. Pasa la de las "trenzas de oro” y la de los "rizos negros"; "la que lleva el corazón en la mano, en cualquier parte.... pero en el pecho, nó!; "la que piensa que una oda sólo es buena cuando está escrita al dorso de un billete de banco"; la de "pupila azul": símbolo de poesía; "la altanera y vana y caprichosa, inanimada y estúpida como una estatua, pero... ¡tan hermosa! - ¿A qué seguir? A pesar de todas ellas, se sabe que sólo fue una la amada e inspiradora del poeta.
La vio una tarde, en Madrid, asomada al balcón de una casa. Se llamaba Julia Espín Guillén y era de una hermosura estatuaria, marmórea, rubia y deslumbradora. Sensitivo de la belleza, quedóse Gustavo Adolfo como fascinado por la visión luminosa de aquella mujer. Y un amor romancesco, idealista, quintaesenciado y sutil se apoderó violentamente del corazón enfermizo del poeta. Todas las tardes pasaba por la misma calle con la esperanza de volverla a ver. "Hoy la he visto-decía- la he visto y me ha mirado....! Hoy creo en Dios".
Cierto día sus amigos le dijeron a Bécquer: -"Te presentaremos a Julia". Él contestó: -"No tengo ropas para eso", y rechazó la oferta. Era tímido de verdad. Probablemente no quiso malograr sus sueños de amor infinito con el desencanto de una aventura pasajera y vulgar.... Y de esa devoción casi mística del poeta por la amada imposible, espigaron las "Rimas”, que pueden considerarse como la expresión más perfecta y acabada de ese poema universal de ternura, que millares de almas han asociado a la íntima felicidad o a la secreta congoja de sus propios amores.
Pasaron los años. Bécquer y Julia se encontraron de nuevo. Era ya tarde: ambos se habían casado. Ella, con un político de pacotilla, y él, con una obscura señorita de pueblo que le dio tres hijos y aplastó sus ilusiones bajo el peso de su estupenda vulgaridad.
Uno de los amigos de Bécquer, refiriéndose al matrimonio del poeta, escribió lo siguiente: "- ¿Cómo se explica que después de la pasión malograda de su juventud fuese a caer en las vulgaridades de un matrimonio absurdo? Aún vive su viuda, a la que no he de negar honradez, carácter tranquilo y cualidades de mujer de casa, -¿pero es ésta la mujer de un poeta?.... Imaginad a un hombre dotado de todas las altas condiciones que constituyen el genio, condenado a vivir con un ser vulgarísimo. En los últimos días de su enfermedad fui a ver a mi pobre amigo, y su interior me hizo desear que muriese pronto. La casa descuidada, el cuarto en desorden, la compañera del poeta que no sabe hablarnos de nada, el enfermo solo y entregado a la desesperación sorda.... Hace bien en morir -le dije a un compañero- porque su reino no es de este mundo".
Este breve relato de Eusebio Blasco basta para descubrir toda la tragedia conyugal de Bécquer, quien, por otra parte, no fue menos infortunado en sus amores con aquella rubia beldad de su juventud. El profundo desencanto con que ambas mujeres, la esposa y la amada, emponzoñaron el corazón del poeta está condensado en una rima de Gustavo Adolfo escribió pocos días antes de morir. Dice así:
Una mujer envenenó mi alma,
otra mujer envenenó mi cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme;
yo de ninguna de las dos me quejo.
Como el mundo es redondo, el mundo rueda;
si rodando, mañana, este veneno
envenena a su vez, ¿por qué acusarme?
¿Puedo dar más que lo que a mí me dieron?
Esta elegía amarga, pero a la vez saturada de noble resignación, puede considerarse como el tristísimo epílogo de la vida sentimental del poeta.
El dolor
El sino de la tristeza no fue en Bécquer, como en la mayoría de los artistas de su tiempo, mera afectación romántica, sino fatalidad evidente que golpea y penetra con el ritmo atormentado de todos sus versos. El poeta nació y murió- lo mismo que tantos otros predestinados- medular e irremediablemente triste. "Forjado por la naturaleza con la vibrátil materia del sensitivismo", es el arpa que todos los vientos hieren, la antena viva y exacerbada que todas las vibraciones crucifican en polos de dolor. Oídle:
Mi vida es como un erial;
flor que toco se deshoja.
Y en mi camino fatal,
alguien va sembrando el mal
para que yo lo recoja.
Por otra parte, la formación espiritual del poeta en el revuelto mundo de la fantasía, no hizo otra cosa que agudizar esa tristeza ingénita, por el choque violento con la realidad. Al evocar las doradas ilusiones de que se nutrió golosa, ávidamente, en los fugaces años de su adolescencia, Bécquer escribió lo que sigue:- "Cuando yo tenía catorce o quince años y mi alma estaba henchida de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más preciada joya de la juventud; cuando yo me juzgaba poeta; cuando mi imaginación estaba llena de esas risueñas fábulas del mundo clásico, yo soñaba una vida independiente y dichosa, semejante a la del pájaro, que nace para cantar y Dios le procura de comer".
Además, soñaba con la inmortalidad... Una anécdota de la época refiere que un día, después de previa deliberación con dos de sus camaradas, Julio Nombela y Narciso Campillo, acordaron escribir entre los tres un libro de poesías selectas que, al publicarse en Madrid, les reportaría gloria y fortuna. Con febril entusiasmo dedicáronse a realizar su candoroso proyecto; y las composiciones que el acrisolado juicio de los tres autores conceptuaba intachables, eran depositadas en una arquita de pino de la propiedad de Campillo. Cierta noche, éste le preguntó a Bécquer:
¿Cuánto calculáis que nos darán por la obra? –
Doscientos setenta mil reales,- respondió Bécquer.
Y con mano apresurada y nerviosa especificó en un documento que todavía se conserva, el destino que había de darse al producto de aquella empresa editorial, en la forma que sigue: -"30.000 para casa; 60.000 para vestir; 20.000 para viajes; 40.000 para comidas; otros 40.000 para criados y carruajes y 20.000 para amores. "Como vio que sobraban 60.000 reales, no vaciló en destinarlos para obras de caridad. Y una ilusión fastuosa, infantil y romántica, debió descorrer ante sus ojos maravillados los subyugantes paisajes de la gloria.
¡Pobre poeta crédulo! No sospechaba entonces los terribles contrastes que la vida ofrece y que le esperaban en la Corte. Soñador impenitente, nunca quiso o nunca supo trazar la línea divisoria que separa el irisado predio de la fantasía y el tortuoso plano de la realidad. Y así, el gran dolor del poeta debió surgir de la inmensa desproporción que hay entre el ideal de justicia, de amor y de belleza, que todos llevamos en el alma, y la mísera prosa del mundo que nos rodea.
El primer golpe que Bécquer recibió, poco antes de cumplir seis años, fue la muerte de sus padres. No pocas adversidades se sucedieron después, en cortejo implacable y fatídico, cuando el poeta adolescente abandonó Sevilla para instalarse en Madrid. Fue soñando en la gloria, y tuvo que ahogar sus más nobles ambiciones con el trágico y prematuro gesto del vencimiento; fue creyendo en el amor, y tuvo que exhalar su ternura en la conmovedora poesía del desengaño; fue en pos de la fortuna, y tuvo que aceptar el pan que manos caritativas le alargaron en obscuras casas de pensión. Su miseria era tal, que a veces pasaba las noches, por no tener un refugio, durmiendo en un sofá de la redacción del periódico donde escribía. Los medianos éxitos que alcanzó después en la prensa de Madrid, no lograron modificar del todo su situación económica. Reconcentrado y sombrío, siempre supo sobrellevar su pobreza con estoica resignación. Sin embargo, al referirse a aquellos días sin pan y aquellas noches sin albergue y sin lumbre, que coinciden con los primeros tiempos de su permanencia en Madrid, la voz confidencial del poeta nos desgarra con el acento de una tristeza desesperada y honrada:
Llegó la noche y no encontré un asilo.
¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí.
¡Y tuve hambre! Los hinchados ojos
cerré para morir!
¡Estaba en un desierto! Aunque a mi oído,
de las turbas llegaba el ronco hervir,
yo era huérfano y pobre.... ¡ El mundo estaba
desierto para mí!
Finalmente, con las amarguras de esa pobreza sin término, vino a complicarse aquella siniestra enfermedad de los Bécquer, que había de malograr su vida en plena juventud.
La muerte
Después del fallecimiento de su hermano Valeriano -otra víctima en flor de la implacable fatalidad familiar- Gustavo Adolfo quedóse tan profundamente herido, que consideraba a la muerte como la suprema redención de una vida miserable.
Cierto día se presentó en la casa de Campillo, y al preguntarle éste por su salud, Bécquer le contestó: - "Estoy haciendo la maleta para el viaje. Dentro de poco me muero.... Liados en este pañuelo vienen mis versos y prosa. Corrígelos, como siempre; acaba lo que no esté concluido; y si antes me entierran, tú publicas lo que te guste y en paz". En realidad, presentía su próximo fin, la derrota definitiva, o mejor dicho la liberación eterna de su vida angustiada y paradójica.
Mediaba el mes de Diciembre de 1870. De regreso a su domicilio, Bécquer se sintió sobrecogido por el cierzo de aquella fría tarde invernal. Cayó enfermo. El 21 de aquel mismo mes se reagravó y el 22 falleció, cuando aún no había cumplido 34 años de edad. A uno de sus hermanos le preguntaron: -¿Y de qué ha muerto Gustavo?-"De muerte”-respondió. Era verdad. Bécquer llevaba el germen de la muerte diluido en su sangre. En todo tiempo la muerte fue su musa predilecta. Aún en los días más luminosos de su infancia, "el esqueleto de la muerte se revestía a sus ojos con galas fascinadoras y espléndidas". Solo deseaba que, "para dormir el sueño de oro de la inmortalidad", sepultaran su cadáver a la orilla del Guadalquivir, majestuoso y romántico. "Una piedra blanca con una cruz y su nombre- según la aspiración de Bécquer- serían todo el monumento”. Sus conciudadanos cumplieron sólo en parte este deseo. Hoy los restos del poeta reposan en Sevilla.
La obra
Bécquer es el artista que mejor representa en España la poesía del sentimiento personal. Su inspiración eminentemente subjetiva, surge de sus propias entrañas. El arte para él era algo íntimo, confidencial, dicho en voz baja.
La obra de Bécquer consta de tres clases de composiciones: leyendas, cartas y poesías. Las leyendas se caracterizan tanto por su sentido filosófico cuanto por su originalidad. La mayor parte de ellas igualan y a veces superan a las de los más delicados cuentistas franceses y alemanes.- ¿Qué enamorado no conoce aquella hermosísima leyenda intitulada "El rayo de la luna"?
La colección de sus cartas conocidas con el epígrafo "Desde mi celda", forman juntamente con sus leyendas, uno de los lotes de más precio de la prosa castellana.
En cuanto a sus poesías, denominadas "Rimas", es imposible negar que no palpite en ellas algo del sentimentalismo soñador de la poesía alemana y algo también del humorismo sarcástico y amargo de Heine. Pero todo esto no afecta al genio del poeta español que vuela con alas propias por los más encumbrados espacios de la literatura universal.
Tal es a grandes rasgos la vida y la obra de G.A. Bécquer.
JAIME MENDOZA:EL HOMBRE
Don Jaime Mendoza -a cuya memoria rendimos el fervoroso homenaje de nuestros recuerdos, con motivo de cumplirse este año el cincuntenario de la publicación de su famosa novela "En Las Tierras del Potosí” no sólo fue un notable representante de la mentalidad de Bolivia, sino, también, un paradigma de altas virtudes cívicas y morales.
Raras veces se da el caso de tan ajustado equilibrio intelectual y moral entre el escritor y el hombre, como el que nos muestra la vida y obra de Mendoza. La vida de don Jaime -templada a fuego lento en la forja de la soledad, la meditación y el trabajo-, pródiga en ejemplos de dignidad, rectitud e independencia de espíritu, no fue menos edificante que la vasta producción literaria y científica, siempre encumbrada y original, del ilustre polígrafo. Por eso los estudiantes de Bolivia, haciéndole justicia y honrándose así mismos, le confirieron el título de Maestro de la Juventud.
Considero que el rasgo esencial de la personalidad de Mendoza fue el carácter, rara virtud que hizo de él "todo un hombre". En efecto, ni halagos ni persecuciones pudieron mellar nunca el acerado temple de su voluntad. Fiel a un ideario de vida, a un credo social, a una bandera política, a un programa de acción, pocos son los que, como Mendoza, pusieron más fe en sus convicciones, y más coraje en defenderlas. En la recia contextura moral del varón íntegro no cabían las inconsecuencias, las claudicaciones. De este modo, su conducta sin mácula fue una permanente y acendrada norma de civismo para su pueblo.
En las horas de adversidad, cuando muchos hombres se doblan o se quiebran, el espíritu del maestro solía alzarse, enhiesto y solitario, como una roca. No por eso cabe suponer que era un ser adusto, frío, indiferente a los llamados del corazón. Al contrario, penetrado de un profundo sentimiento de solidaridad humana no cesó de luchar contra el sufrimiento de los demás, sin dejar de compartir sus penas y alegrías. En la lira de su alma, finamente sensible a todos los roces de la emoción, cantaba la íntima voz del poeta, ora desgranando la nota melancólica, ora el arpegio matinal de la risa.
Conocí a don Jaime en Sucre, la ciudad natal del poeta, bellamente cantada por él. En 1927, tuve el privilegio de formar parte del Jurado calificador de los Juegos Florales que le otorgó la Flor Natural y la Banda del Gay Saber, por su composición "EL CABO DE LA VELA". Juzgo que este hermoso poema, poco difundido, merece figurar, por el noble mensaje que entraña, entre muchas de las páginas magistrales con que su pluma enriqueció el pensamiento de las letras de América.


