En la edición del 1 de agosto de 1889 del periódico “La Estrella de Tarija”, TOMÁS O’CONNOR d’ARLACH, escribía:
La Caña
Es muy dulce la flauta, dulcísimo el violín, agradable el piano, sublime el arpa.
Pero, confieso francamente, que ningún instrumento me enternece más que la caña.
Su sonido es triste, lúgubre, hasta monótono: sin embargo, parece que llega al alma y toca las fibras más delicadas del corazón.
Ejerce una influencia poderosa, algo como una fascinación sobre los sencillos habitantes de nuestros valles.
Más de una vez se ha visto a los soldados tarijeños en el norte de la República, desertar del ejército y tomar camino de su tierra al haber oído tocar la caña.
Yo al oírla, era capaz de volverme de París y del otro mundo, si posible fuera el regreso de tal ignota región.
En el momento que oigo la caña, se agolpan a mi cerebro los recuerdos y el corazón se baña en dulce melancolía.
Vuelven a mi memoria los días serenos de mis juveniles años, de mi primera edad, con su brillante cortejo de ilusiones y esperanzas, que el tiempo ha desvanecido en su vertiginosa carrera.
Me pareceré que vuelven esos tiempos felices que pasaron tan rápido y que no pueden regresar jamás
La esperanza vuelve por un momento a halagar mi corazón y parece que en él renacen las ilusiones, agitando sus alas, como enjambre de doradas mariposas.
Me parece que mis muertos queridos se levantan del sepulcro y me envían un acento de cariño, un recuerdo, en el acento solemnemente triste de la fúnebre caña.
Me encanta escuchar ese instrumento en el silencio de nuestras tibias y profundas noches estivales; en esas noches tranquilas y brillantemente poéticas, en que el cielo se cubre de estrellas, la atmósfera se llena de aromas y el corazón se impregna de poesía, de amor, de sentimientos y de melancolía tranquila y dulce como la luz de la luna.
La Caña entonces me hace volver al pasado y mi corazón tierno, sensible y triste, se duerme al arrullo de los recuerdos en el mundo implacable de los sueños.


