Así me contó mi abuelo sus memorias -Autopsia de una agonía- (Primera Parte)
Luis Carrasco Salinas
Tarija, Agosto. 2000
Una tarde luminosa de abril en Tarija, donde mi abuelito tiene en su escritorio un montón de libros desparramados en armoniosos anaqueles. Allí también se encuentran recuerdos de ñaupas querencias. Un cuadro con un sol naciente y un indio con su pututo, obra premiada del autor Tupac Catari y otro del consagrado artista nacional Yapur que representa el triunfo revolucionario en medio de la belleza cósmica. Un cuadro pintura de San Juan de Dios de autor anónimo. Una litografía trabajo realizado en el Núcleo Escolar del Ingre, que fue bautizado con el nombre de mi abuelo. Una exótica cachimba del ruso Boris Kasianof, mercenario del servicio del Paraguay que fue muerto en la batalla de Alihuatá por Tocho Querejazu Calvo. Varios diplomas siendo los principales los siguientes: Diploma con medalla de guerra otorgado por el Congreso Nacional declarándolo Benemérito de la Patria. Un cuadro enmarcado con el cordón rojo - blanco otorgado al mérito de los sobrevivientes del Destacamento “111”. Tres ordenanzas municipales de Tarija, Villamontes y San Lorenzo, declarándolo ciudadano meritorio defensor de la patria y la comunidad. Un diploma y medalla otorgados por la Federación de Maestros Rurales por servicios prestados a la educación. Medallas de oro otorgadas en concursos literarios convocados por el Club del Libro Rodo Pantoja, Alcaldía Municipal y Asociación de Escritores y Artistas de Tarija. Así continuó contándome su trayectoria de vida de maestro, soldado y político. Y comenzó su narrativa:
-Hijo...la suerte me ha deparado verte a tus 23 años juveniles. Ya no eres un niño y por eso quiero que guardes en tu memoria lo que voy a contarte.
Nací en un mes de agosto de 1910, en el tranquilo hogar materno del “Buen Retiro” que era una casa solariega colonial que abarcaba casi todo un manzano, entre las calles: Pérez, La Paz y Bolívar, con concepción del espacio que hoy ocupa el templo de La Merced y la mansión colonial del que fue protector de los enfermos Nicolás Ortiz, que está situado frente a la plaza Cochabamba donde se ha levantado un monumento decapitado que representa al soldado desconocido. El caserón colonial del “Buen Retiro” fue destinado para albergue y descanso espiritual de los pobres carentes de todo recurso. Era un edificio antiguo con patios, corredores, zaguanes y corrales. En el frente que ahora es la calle Bolívar, existían diez tiendas con sus trastiendas y un pequeño patio que servía para las necesidades fisiológicas, que proporcionaban alquileres que servían para el albergue. Las habitaciones interiores de la mansión constaban de cocina y un gran corral común para las necesidades mayores y una pila para depósito de agua de “dos pajas” que estaba controlada semanalmente por un juez de aguas.
Ya te puedes imaginar. . .-hijo- era una época de subdesarrollo total en el que por suerte no se conocía basura, coca, luz eléctrica ni droga. La mansión era algo parecida a los patronatos, las obras pías y las cofradías de la época colonial. Esta obra, posiblemente, correspondía al templo de la Merced, el mismo que después fue transferido para albergue de los pobres. Disponía de una gran sala con ventanales a la huerta que servía para el oratorio, por cuyas paredes trepaban: celosías variados rosales y jazmines. El oratorio estaba atendido por una monja que con la disposición gubernamental dictada por el libertador Sucre abandonó el convento de Santa Mónica. Esta buena cofrade murió el año 1915. A mis 15 años, pude apreciar las riquezas artísticas que atesoraba aquella casa de caridad. Las reformas implantadas por el gobierno del libertador Antonio José de Sucre, ocasionaron los cambios. El conventillo fue vendido al cura que era mi tío Braulio Barriga, quien no dio valor a los tesoros que adquirió con la compra. Así pude ver: una pila bautismal tallada en piedra comanche que servía para abrevadero de los cerdos. Una reja con corona dorada con símbolos del Vaticano que estaba colocada a la entrada de la huerta. Una loza de más de un metro diseñada con un plano de toda la mansión que servía de tapa de un resumidero de aguas pluviales y servidas provenientes de la vecindad, las que se depositaban en un gran estanque, cuyas aguas fétidas y con excrementos humanos, servían para el riego de la huerta, donde se sembraba el maíz para la cosecha en choclo que se vendía al pueblo. Inclusive contaba con un alfar, para el servicio de los animales que llegaban de las fincas del balneario de Duraznillo y Chullpas que se encontraba en la hoyada cósmica de Maragua colindante con Quila Quila. Pero sobre todo, el alfar servía para el alimento diario de la mula pastera. Por medio de la propiedad parecida a un fundo rural, cruzaba un puente abovedado, conocido con el nombre de “tuta puente”. Esta obra colonial ya en la nueva época de la construcción del alcantarillado no fue removido, sino que sobre él se construyó el ducto de las aguas servidas como de las que bajaban desde las nacientes del Sica Sica. En aquella gran casona aún se encontraban cuadros con pinturas virreinales y del renacimiento colocadas en las paredes del cuarto de los pongos que llegaban de las fincas del rico sacerdote. Allí también se veía un guarda casullero con un fino enrejado con pinturas de arte clásico por dentro, servía para depositar las herramientas agrícolas de aquel minifundio agrícola.
A partir de 1900, mi acaudalado tío, había hecho construir en la cuadra de la calle Pérez, colindante con el “Thuta Puente”, una moderna casa de altos dispuestos por dentro en cuadro con corredores ricamente empapelados. Con un salón para recepciones y un comedor con muebles de estilo renacentista, donde se lucían espejos franceses; un piano de cola sobre regia alfombra persa; ni que decir de la cristalería de roca, lámparas estilo Luis XV y candelabros de 10 y 14 luces con bases de plata.
Mi padre Doctor Julio D. Carrasco, había heredado de sus familiares Villavicencio, la rica farmacia “Boliviana”, situada frente a “Rumi Cruz y colindante con la Catedral Metropolitana, la cajilla de la Virgen de Guadalupe, el seminario Juan Cristóbal y en la cuadra siguiente los hermosos templos de San Felipe y La Merced. Chuquisaca era en ese tiempo y aún sigue siendo no solo la ciudad de los cuatro nombres, sino de las treinta iglesias. La farmacia de mi padre, ya centenaria, en la actualidad está regentada por una de mis hermanas. Después de unos años mi progenitor fue destinado para regentar la farmacia de la rica mina de Pulacayo. Cumplidos mis 18 años cambié de hogar, pasando a vivir bajo el cuidado de mi buena tía hermana de mi padre. Por desavenencias, cuentan que mi tío el cura quien por falsos prejuicios clericales, no perdonaba mi situación de hijo natural, razón por la que se negaba a bautizarme, en tanto que mi buena tía, por el hecho de estar casada, gozaba de todos los privilegios viviendo en el moderno edifico. Mi madre se había encaprichado, que de no ser bautizado por el buen capellán, se criaría su hijo sin este sacramento, razón por la que el meticuloso sacerdote se resigna a administrarme el sacramento bautismal. Mi madre siguió viviendo en la vieja mansión, con entrada por la calle Bolívar, en cuya portada se ostentaba pilastras con un blasón extraño, que cada año para el 25 de mayo, era pintado con cal. Mi madre era la encargada de cobrar los alquileres. Mis estudios de primaria los hice en la escuela Daniel Calvo y la secundaria en el colegio Loyola del sagrado Corazón de Jesús, llamado por el argot del pueblo: colegio de los “pucamuñecos” calificativo usado por los alumnos del colegio Junín, llamado también: “Colegio Azul” con el que existía una rivalidad por razones de intelectualidad y categoría de profesores. Una vez que egresé de aquel colegio inolvidable del santo capitán Loyola me inscribí en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Francisco Javier; pero llamado por mi vocación docente y la facilidad de obtener en poco tiempo una profesión; mas por sugerencia del director Donoso Torres muy amigo de mi padre, ingresé a la Normal de Maestros INCE.
Era el año 1931 estando en el último año de estudios para egresar como maestro, el horizonte cubrió todas las tardes de un rojo cardenalicio que conmovió al pueblo. Sonó el clarín de guerra obligándome a presentarme en el cuartel de San Francisco, otro escenario de la traición al santo de la espada Antonio José de Sucre. Pasados unos meses, con absurdos ejercicios de carreras de resistencia, orden cerrado y abierto de talón planta punta, saludos militares y subordinación y constancia, chocolateadas y plantoneadas estúpidas con un fusil levantado. Todo esto pasaba con soldados que en breve iban a ingresar a la línea de fuego. Llegó el mes de febrero y el aguerrido destacamento “111” formó frente a la catedral para oír el santo oficio de misa y las palabras de despedida del veterano de la guerra del Pacifico René Calvo Arana, donde pese al sacrificio de aquellos hombres perdimos la guerra, por culpa del gobierno liberal de Montes, quien alucinada por 3.000.000 libras esterlinas entregadas por Chile en calidad de pago por la compra de nuestro Litoral marítimo. Nadie había pensado en ese momento que quizás lo mismo podría suceder después de la Guerra del Chaco. Al día siguiente de esa memorable concentración en la plaza 25 de mayo, marchamos rumbo al Infierno Verde, el recorrido desde Sucre lo hicimos a pie con gratas estancias en Potosí, Camargo, Tarija y Villamontes, hasta llegar a “Tres Pozos”, ya próximos al fortín Saavedra, que no eran más que pauichis de paja y palma cortada, pero que sin embargo llevaba el nombre pomposo de un presidente republicano. Desde esté lugar, recién, fuimos conducidos en camiones, hasta llegar a la retaguardia del frente de batalla del 4 de julio, cuyo objetivo era la toma del fortín Nanawa. Ingresamos formando en la segunda línea donde se procedió a la consuetudinaria filiación que esta vez fue el post- mortúm. Allí me hice filiar por motu-propio como sargento. Esta declaración fue una sorpresa para los que me seguían en la formación de la estrecha zanja, había procedido de esta forma, en vista de que muchos que hasta ese momento ostentaban grados de tenientes, sargentos y cabos, en ese instante se hacían filiar con el capitán Gutiérrez, como soldados rasos o quitándose un grado. Yo había pedido al teniente Salinas López apelando a mi amistad contraída en la Escuela Normal de Sucre, para que intercediera ante el comandante para que me ascendieran por lo menos a dragoneante, pero nunca había conseguido, posiblemente me conceptuaban un soldado pelele para el mando de una escuadra o cual sería la razón para aquellos valientes de retaguardia, lo cierto es que en ese día ya estaba confirmado mi grado. Los veteranos que salían evacuados, posiblemente por derrotistas o hacerse de los buenitos consejeros: manifestaban a los novatos que estaban ingresando a la línea de combate -decían- que más valía figurar como soldado raso que con grado, porque estos en los ataques o patrullajes estaban obligados a ir a la cabeza, por lo que eran los primeros en caer cazados como palomas hondeadas. Pese a estos agoreros, yo procedí sin tomar en cuenta a estos consejeros y no me hice pisar y seguí figurando como sargento, al mando del suboficial de compañía que era el gordo quichuista Clovis San Román.
Algunos de estos que ocultaron sus grados como el “Kaspi” Téllez, posiblemente arrepentido de su acción, me denunció ante el capitán Gutiérrez, manifestando que yo no había sido ascendido por ninguna orden, mientras él tenía el grado de sargento, desde cuando cumplía el servicio militar en el Regimiento Bolívar en Oruro y que ahora figuraba como simple repete y nada menos que bajo las ordenes de Carrasco, que ni siquiera fue dragoneante. Al conocer este caso el comandante Jorge Antezana, lo hizo llamar al descontento denunciante, quien se presentó sin blusa y sin ningún arma. Enseguida me hizo llamar. Me presenté armado de mi fúsil, cinturón con cartucheras, cantimplora y hasta mi cortaplumas, regalo de mi padre, que colgaba de mi cinturón. Después de mi saludo militar, el coronel Antezana me dijo: - ¡Sargento Carrasco! en qué orden y donde lo ascendieron al grado de sargento? A lo que le respondí: a ninguna orden mi coronel! Como le consta al suboficial Salinas que está presente. (Salinas López fue otro que se degrado de teniente a suboficial) Desde Sucre mi teniente Salinas me ofrecía que sería ascendido a cabo, pero nunca pude conseguir este honor mi coronel. Posiblemente ante mis superiores no poseía las dotes militares; pero estando ya en la línea todos con excepción del sargento Oquendo, el suboficial Melasini, Eduardo Urriolagoytia y Julián Tapia, este último fue degradado por el solo hecho de haberse ausentado hasta Tacaquira de Camargo donde le esperaba su esposa que había venido desde Sucre para verlo; pero cuando llegó a la línea voluntariamente recobró su grado mi coronel. Todos se hicieron anotar quitándose el grado que antes tenían. Yo en ese momento y por motu propio me hice filar como sargento. -A lo que me respondió aquel correcto militar-:
- bien y lo felicito hijo, en breve elevaré su nombre a la división para que viaje a Pozo Negro, para que asista usted al curso rápido para subtenientes que estará a cargo del capitán Busch. Y dirigiéndose al soldado Téllez que presenció aquella escena desde unos metros de distancia, le dijo: Vea usté como se presenta este soldado, mientras usté ¡ carajo ¡ sale de la línea sin siquiera portar un machete, para que en caso de que se le presentara un pila pueda defenderse. Conoce que está punta que está entre el bosque y el pajonal es muy peligrosa, mientras usted sale de la línea muy suelto de cuerpo y le largo una patada ordenándole que se retire.
Bueno hijo - lo que sobrevino después de aquella cruel matanza del 4 de julio, lo encontraras en mis libros: Buenos Días Fúsil, Buenas Noches Fúsil y Adiós Fúsil, libros donde narro la infausta guerra donde vi hechos gloriosos, traiciones y cobardías. - Caí prisionero el 13 de noviembre de 1933, por culpa del cobarde gerifalte Luis Saavedra un militar neutro para la guerra, que pasaba el tiempo en su hamaca o cazando cardenales, tordos y coleccionando orquídeas para engalanar su sibarítico comando. Sobre este coronel pasa tiempo, te voy a contar otro caso. Un buen día, pese a mi situación de sargento, se me ocurrió salir al Comando de Regimiento para recoger la ración de agua de una de las escuadras de mi sección, lo hice cargado de diez caramañolas, estando ya cerca del comando, sin advertir que el ornitólogo había instalado una trampa para cazar cardenales, choque con el alambre telefónico que conducía a la “thoclla” espantando a los pitirrojos, lo que motivó para que el energúmeno salte de su hamaca y dirigiéndose a mi persona me increpe a carajazos, preguntándome el motivo de mi salida de la línea tan temprano y que no era hora de distribución de agua y me despachó a patadas, ordenándome presentarme en el comando, vamos a escarmentar a estos soldados viciosos. Allí se encontraba el médico regimentario que era mi primo Arturo Carrasco que había llegado recientemente para suplir al médico Maurí, quien había manifestado que el había venido a atender y curar heridos y no enfermos, esta barbaridad llegó a confirmar el sanitario oficial Herrera. Cuando le conté al doctos lo que había sucedido con el coronel Sanedrín, me contestó: ¿ que de bueno puedes esperar de este payaso uniformado? Pero vos tienes la culpa, lo primero que hice fue sacarte para que estés junto con Balcázar, pero no aceptaste. Me invitó un café con sabor a delicia, ordenando a su asistente me entregue azúcar, pan y una botella de vino quinado obsequió para los soldados de la compañía San Pedro. - Así obraban, hijo, algunos oficiales “sellaricos” como el valiente Sanedrín. No queda en esto su accionar de guerra; sino que hacia separar, diariamente, un turril de agua para su baño! Te imaginas?...uno para el uso de los estafetas; uno para sanidad y el resto para el reparto a la tropa que esperaba en primera línea; pero no queda en esto sus habilidades, sino que contaba en su comando sibarítico, con artistas, dibujantes, talladores en Palo Santo y quebracho y hasta un yatiri, posiblemente para que saque en coca sobre el futuro de la compaña. Con este proceder ¿Que de bueno podríamos esperar? Como que el resultado fue el mini cerco que nos hizo el ejercito del coronel Irrazabal, del que, solamente, se salvó este estratega y sus estafetas que huyeron hasta Agua Rica, con la carga de jaulas con cardenales, tordos y loros.
También conocí a un teniente Eloy Calero - este nombre escribe con minúscula hijo,- porque forma entre los hablistas lanudos. La tropa lo llamaba teniente “bala y balilla” porque los llamaba con esta frase: le voy a meter soldado vicioso “bala y balilla” y en ocasiones de fuerte hostigamiento, les decía a los soldados: métanles también ustedes a estos pilas que se están meando de susto bala y balilla. Pero cuando llego el 12 y 13 de noviembre y los paraguayos comenzaron con el cerco, tratando de tomar contacto por el pajonal con la otra punta del anillo que ya había roto por el bosque del regimiento Azurdúy. El sargento Quintana, comandante de la sección de ametralladoras y lanza llamas que se encontraba en su chapapa de algarrobo, le dijo al valiente Calero que estaba abajo: ¡mi teniente! están avanzando los pilas en fila india, yo solito puedo barrerlos con mi ametralladora metiéndoles ¡bala y balilla!...a lo que el valiente le respondió: ¡su carajo! ¿quién la esta ordenando? No es usted el que ha de tener que responder por las consecuencias en el caso que caigamos prisioneros, sino yo. Y el cerco se cerró aquella tarde; mientras el ornitólogo Luis Saavedra, ya había escapada hasta Agua Rica llamado por el Paraguay Samaclay. - Continuó mi heroico abuelo su narración- Todos estos recuerdos para mí son esperanzas y nostalgias redividas, recuerdos que quisiera olvidarlos pero no puedo. No sé hijo que habría sido de este bellaco que cayó prisionero en mi regimiento.
Lo cierto es que ya en la Paz del Chaco, los verdaderos héroes como Gualberto Villarroel, Ballivián, Toledo, Escobar, Eguino, Luis Uria de la Oliva y cien elegidos de la gloria, fueron perseguidos como perros rabiosos asesinados y colgados de los faroles de la Plaza Murillo.








