Del libro: RECUERDOS DE MI TIERRA de Tomás O’Connor d’Arlach. 1917
Un día de agosto
Se presentan azules las montañas
que la ciudad circundan, está el cielo
azul como un zafiro, en la mañana;
La atmósfera serena y transparente,
nada su claridad tranquila empaña,
pero, pasado el mediodía empiezan
de viento a desatarse fuertes ráfagas.
Como corcel desenfrenado sopla
furioso el huracán, la vasta pampa
se convierte en un mar de olas de polvo
y el viento flores y árboles arranca.
Blanco se torna el cielo como un ópalo,
y el sol como una hostia grande y blanca,
y en denso remolino confundidas
vuelan las hojas de las rotas plantas.
Nadie transita por las calles, nadie
ni por las avenidas ni las plazas
que inunda el polvo que levanta el viento.
La ciudad está triste y solitaria
bajo el manto de polvo que la cubre
y que parece así que la amortaja,
y solo se oye en las desiertas calles
la voz del huracán que airado brama,
y que en las torres de los templos gime
y en los jardines y los bosques canta
y en las cruces del triste cementerio
parece modular una plegaria.
Llega la noche, el huracán ya cede,
bravo titán, pasada la borrasca
se torna en manso viento que suspira
bajo la anemia de una luna pálida.
Aúllan los perros, grazna la lechuza,
en los templos se escucha el toque de ánimas,
el viento trae aromas de las flores
y brama el río en la desierta playa.
Es media noche, la ciudad ya duerme
en el silencio de una noche blanca,
bajo un cielo de ópalo que alumbra
la luna como funeraria lámpara.


