Comentarios dispersos de Carlos Ávila Claure
En los párpados del alba:
TARIJA
Por Carlos Ávila Claure
Siempre se percibe una impresión de serena belleza en el contorno ciudadano y en la vida de los hombres de Tarija.
Techos de líneas torcidas por el tiempo y de rojas tejas coloniales desvaídas por muchos soles y aguaceros. La verde pujanza de las añosas palmeras con senos de rojos dátiles y de los naranjos parloteadores de trinos que emergen de sus plazas y de los frescos patios andaluces. Las torres de sus viejas iglesias dibujando su perfil en el diáfano telón azul del cielo. Las lejanas cordilleras hundiéndose difuminadas por todos los confines de la hoya valluna, mostrando por el poniente diminutas estelas de polvo levantadas por los vehículos en la cuesta de Sama y perdiendo hacia el sudeste la altiva prestancia de las alturas imponentes y yertas. suavizando su lomo hirsuto.
Sus calles angostas, enmarcadas en el centro por viejos caserones señoriales y en los extremos por las huertas fecundas que se van transformando lentamente en domicilios residenciales sus viejas paredes de adobe, sus, jardines y soleadas plazas, su amplia avenida ribereña y todos sus lugares públicos, mostrando todavía el grato oficio de la vida de sus gentes compartida a plenitud.
El bullicio y tipicidad de su mercado hacinado y democrático. Los barrios tradicionales de Las Panosas, El Molino, San Roque y La Pampa con sus añejas y admirables peculiaridades, sus personajes populares, sus cuentos, sus leyendas, sus costumbres, su música. Los nuevos barrios que vitalizan el anillo urbano con el sacrificado y tesonero esfuerzo de sus moradores.
Los policromos rosales de los jardines familiares. Las amancayas y las albahacas aprisionadas en los tiestos y liberadas en su aroma prendido en el ambiente. Los durazneros descolgando sus ramas repletas sobre los ventrudos muros tapialeros. La callecita torcida del molino trepando hasta la capilla de San Juan y hasta el Cristo que se yergue desde el mirador de La Loma contemplando con bondad a su pueblo bueno.
Toda esa su presencia rezuma y se sedimenta en el alma de su pueblo que laboriosamente amasa las urgencias de su olvidado destino, en el canto de sus poetas trascendentes que yace perdido en las amarillas hojas de ediciones agotadas, en el dejo tranquilo y sin urgencias de su castellano colectivo, en el rumor apagado de su vida serena y en el apegamiento de sus gentes a los valores más vitales y más simples que deben enmarcar a la actitud humana.
Y así prosigue el tiempo de su vida buena caminando a la ventura, sobre un dolor de siglos, cantando siempre el viejo canto de la Patria y buscando mansa y tercamente hacer más densos los débiles lazos de la urdimbre nacional.
LA TRADICIÓN LIMPIA DE UN PUEBLO
Carlos Ávila Claure
La virgencita de Chaguaya puede ser un mito o un milagro, pero en el sentimiento y en la profunda sencillez del pueblo tarijeño es mucho más que eso.
Es una honda convicción de fe, impregnada de una sana devoción, que surge del espíritu de todos sus habitantes que simbolizan en su imagen los mejores contenidos de su formación religiosa, ancestral y humana.
Ella es digna y solidaria con todos los tarijeños y bolivianos porque recoge y desparrama, en el símbolo y en la emoción entretejida de nuestra historia afectiva, los más trascendentes reclamos y urgencias del hombre que no vive sólo de la materialidad.
Esa es la razón fundamental por la que los tarijeños, hombres, mujeres y niños de cualquier condición social y económica, los que se fueron al interior del país o los que emigraron a los países vecinos acuciados por elementales razones de subsistencia, quieran y respeten a su pequeña virgen chapaca o arriben una y otra vez -año tras año- a este su añorado rincón de la Patria.
Y desde su entrañable pago, en el que se vive o se recuerda siempre, iniciar una caminata de sesenta kilómetros hasta el Santuario de Chaguaya, reventando las ampollas de su fe y de sus convicciones sanamente intuidas, sin pedir otra recompensa de su esfuerzo que la de alcanzar el objetivo espiritual de un pueblo que no mide su existencia sólo maniatada a valores materiales y de consumo que denigran.
Es este el enorme valor humano de una región y un pueblo que primero enraízan el sentido de su existencia en el espíritu y no en la materialidad de un quehacer de vida secante y árido.
La virgencita de Chaguaya está y estará siempre en su santuario y en el corazón de todos los tarijeños que viven junto al molle y al sauce o de los que tuvieron que alejarse de su sombra.
EL PASTOR ÍNTEGRO DE LO NUESTRO
(Obispo Abel Costas Montaño)
Carlos Ávila Claure
La filosofía, aun sólo percibida en el sentido semántico de elevación del ánimo o de resignación que nos hace superiores a todas las contrariedades de la vida y el catolicismo, así sea simplemente intuido en el corazón del pueblo y fuertemente aferrado a los valores que caracterizan al tarijeño, son las fuerzas que nos confieren la capacidad de comprender el sentido de las metas y la dirección en que debemos marchar, con probidad y decoro, en el mundo de nuestra solitaria intimidad regional y como parte de la nacionalidad boliviana .
La enfermedad social que nos oprime y lacera como región y como parte de la Patria es la marginalidad, la injusticia histórica que amontonó reiterados olvidos que ahora se repiten y la ausencia del eco nuestro en el clamor político, mezquino y egoísta, de los partidos políticos y de los gobiernos que se aferran al poder.
El catolicismo heredado y sentido, guía a los tarijeños en sus mejores actos humanos y es como un reparo que encausa las aguas del río Guadalquivir, capaz de detener las urgencias dé los hombres enorgullecidos y soberbios que se desbordan por su capacidad omnímoda de dominar a los demás, confundiendo lo bueno y lo malo.
El pastor de la grey tarijeña, Monseñor Abel Costas Montaño, profundamente aferrado a los valores religiosos y morales y absolutamente alejado de lo que resuena en los huecos egoísmos partidarios, ha dado la mejor lección, signada en una religiosidad y entereza profundas, de un ejercicio católico y de vida puesto al servicio del hombre común de la región donde apacienta su rebaño espiritual.
Sólo midió el tamaño de su altruismo dentro del ejercicio bien llevado de su potestad cristiana y su abnegación íntegramente volcada a resguardar los mejores valores y restañar las viejas heridas de su congregación tarijeña.
Esa límpida actuación dentro de la realidad emergente de la orfandad de un pueblo arrinconado, merece el reconocimiento y la admiración de todos los tarijeños, porque supo situarse con dignidad y fervor junto a nuestras ansiedades marginales siempre desoídas.
Quiso estar presente y no dubitó en acompañar a su rebaño al que comprende y siente en el marco fecundo de las viejas y siempre nuevas concepciones cristianas, soslayando la urdimbre enmarañada de las distorsiones partidarias, expresivas de los egoísmos humanos.
Algunos tuvieron la osadía irreverente de empañar esa actitud, roídos y maniatados en las argucias legales y personales que pretenden seguir hilando las telarañas del acontecer partidario del país, porque prefieren seguir dejando de lado las mejores impulsiones del hombre boliviano de lograr su evolución con dignidad.
Nosotros los tarijeños, Monseñor Costas Montaño, le agradeceremos siempre por haber dado esa lección extraordinaria al país, cimentada en los valores fundamentales que deben guiar al hombre, y porque nos supo acompañar una vez más en el siempre reiterado propósito de superar el olvido y la marginalidad.
Es por todo ello que usted es el Hijo Predilecto de este pueblo olvidado, sencillo y bueno


