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De la segunda parte del libro de Agustín Morales Duran “ESTAMPAS DE TARIJA”

La gente de Tarija; sus costumbres y tradiciones

Cántaro
  • Agustín Morales Duran
  • 13/04/2025 00:00
Estampas de Tarija

Estampas de Tarija

Portada Estampas de Tarija

Portada Estampas de Tarija

Estampas de Tarija
Portada Estampas de Tarija

RELACIONES SOCIALES.—

Aunque las diferencias sociales fueron mínimas, no se puede negar que existía cierta división de clases, no muy marcadas como en otras ciudades, pero notorias. No se puede hablar de gente de abolengo o alta alcurnia entre la sociedad tarijeña de mi época infantil; las principales familias poseedoras de bienes y fincas, constituían lo que podríamos llamar “la capa pudiente” y se caracterizaba por apellidos conocidos entroncados entre sí, formando una urdimbre social que las unía en aquello que la gente común identificada cómo “de la sociedad”, confundiendo este amplio concepto para un grupo reducido o algo así como pequeña élite. Mas esta gente no era orgullosa ni poseedora de títulos, rancia nobleza o privilegios, simplemente se destacaba por los apellidos conocidos de claro origen español, posiblemente descendientes de los colonizadores, que tampoco trajeron —felizmente— por esas tierras, orgullos de ancestro ni “sangre azul”. Gente sencilla en su mayoría, que si alguna diferencia la distinguía, fue por poseer una buena casa y alguna finca en el campo, que tampoco podía decirse le daba riqueza, era simplemente “gente acomodada”. Habitaba principalmente la parte central de la ciudad, con casas grandes, amplias, algunas de dos pisos, pero sin ningún estilo destacado y casi todas con su buen jardín en el patio principal, donde se cuidaba profusión de plantas ornamentales y de flores, sus lindos naranjos y muchas con sus emparrados rodeando el patio; la mayoría tenían un segundo patio, huerta o huertillo más al fondo y los infaltables corrales para aves, animales domésticos y cuadrúpedos.

Esta clase social no vivía espléndidamente ni poseía lujos; cuando mucho contaba con un espacioso salón alfombrado, piano, amplio comedor, salas-dormitorios, su buena habitación para cocina y horno, así como bien provista despensa. En casi todas las casas se acostumbraban amplios corredores o galerías decorados con macetas y plantas. No puedo decir que en Tarija por aquellos tiempos hubiesen ricos, sino sólo “pudientes”, aparte de los señores Navajas, Trigo, Blacud, Paz y algunos más que fueron comerciantes o prestamistas, pocos podían ser considerados como ricos, pues los más apenas tenían —como ya dije— fincas rústicas que les proveían para la despensa y proporcionaban poca renta para vivir holgadamente.

Esta “sociedad” fue más característica entre las mujeres, las que procuraban guardar las diferencias debido a un falso orgullo femenino que por pertenecer a tal o cual familia o vivir en el centro, se consideraban en cierto modo —no digamos superior— pero algo mejor que el común de las gentes; pero esta distinción casi no existía entre hombres, pues éstos no tenían a menos reunirse con cualquier persona de las demás capas sociales y hasta habían muchos “caballeros” que llevaban una doble vida, alternando a ciertas horas sólo entre sí en el Club Social o lugares céntricos, para luego en otras reunirse con las simpáticas mujercitas de polleras o “machos” conocidos como “cholitos”, pero que sean hábiles para los juegos (taba, gallos, caballos) y las “guitarreadas” acompañadas de rica chicha o generosos vinos.

Entre los muchachos, especialmente los de mi edad: 8 a 12 años, nunca hubo diferencias sociales de ninguna clase, incluso en el vestir casi todos éramos iguales y donde había una absoluta amalgama era en la escuela y en los juegos infantiles; en nuestra sana inocencia no podíamos ni pensar ni obrar con diferencias de clases, todos fuimos iguales y sólo nos caracterizábamos por el barrio adonde vivíamos;      tan completa la indiferencia hacia las capas sociales que inclusive muchos hijos de las sirvientas alternaban con los patrones en un mismo plano de igualdad; muy bien me acuerdo a este respecto de los amigos “camión”, el “sapo” de los Arce, el negro “cocoliche” de los Castellanos y varios otros.

Después de esta mal llamada “sociedad” existía una clase intermedia que estaba constituida por la gente de menos recursos; si bien tenían sus casas más modestas, chicas o pequeñas propiedades, no gozaban de rentas como para poder vivir de éllas sin mayores preocupaciones. Esta “clase media” estaba constituida por empleados públicos y particulares, pequeños negociantes y artesanos destacados; a ésta puedo decir que pertenecía mi familia, pero eran pocas las ocasiones en que se podía notar la diferencia social con la capa superior; solo nos separaban los escasos recursos de nuestros padres; fuimos la clase pobre, pero no proletaria, una clase media que posiblemente era auténtica heredera de los primeros pobladores españoles, estaba esparcida por toda la ciudad.

Finalmente venía una capa social más extensa constituida por vendedores, artesanos y trabajadores modestos que formaban el “grueso” del pueblo y habitaban en los barrios de San Roque, parte del Molino “Las Panozas” la pampa y los “extramuros” de la ciudad; las mujeres se caracterizaban por vestir de polleras y los hombres por el traje más sencillo.

No puedo decir que existía en la Tarija, de mis épocas de niño y adolescente una señalada división social, pues la gente en su generalidad era sencilla, bondadosa, cordial, siempre dispuesta a la sana conversación, intercambio de noticias y franca amistad. En su mayoría estaban vinculadas, sino por la sangre o parentesco, por aquella buena costumbre de unirse espiritualmente mediante el compadrazco, vínculo fraterno que tenía mayor solidez que el mismo parentesco consanguíneo; fue común el nombrarse o hacerse compadres o comadres con cualquier motivo: bautismos, confirmaciones, matrimonios, evangelio de iglesia y por la torta o regalos, si hasta existían días especiales para hacerse compadre o comadre mediante el intercambio de regalos sencillos, de modo que la mayoría se llamaba recíprocamente “cumpa” entre los hombres y más aún las mujeres casi todas resultaban “comadres”, y para esto sí que no habían diferencias sociales.

LOS ARTESANOS.

Como en la ciudad por aquella época no habían más fábricas que la Cervecería, la de hielo del “gringo” Wagner, una pequeña de chocolate y algunas otras pequeñas de velas, jabón y fideos, pocos fueron los obreros propiamente dichos, aparte del gremio de albañiles. En su mayoría los trabajadores considerados artesanos tenían sus talleres en tiendas sobre las calles principales, caracterizándose ciertos lugares por ocupaciones o gremios, así en la primera cuadra de la calle Camacho, abundaban los talabarteros, oficio muy cotizado porque se usaban mucho los arreos de cuero como monturas, estribos, frenos, alforjas, etc., en la siguiente cuadra de la misma calle abrían sus talleres los plateros o joyeros, que también tenían mucha ocupación porque los campesinos acostumbraban “chapear” sus arreos de montar, aparte de anillos y otras joyas de adorno.

En las cuadras adyacentes a la Plaza principal tenían sus talleres los peluqueros, fue una profesión mixta ésta, porque mientras esperaban a los barbudos, cosían polleras, siendo por consiguiente “peluqueros-pollereros”, y acostumbraban sentarse en la puerta de sus talleres cosiendo las polleras a la vista de los transeúntes. Los había muy populares, como un tal Yurquina, don Justino Valdez, Pedrito Murillo, Leonardo Sánchez, don Fortunato Orellana, con sus oficiales “Victorino”, “serrucho”, “Canuto” y otros; más después aparecieron los hermanos Panique; no fueron muchos, pero si “mentados” por su habilidad para “pelar al cero” a cuanto muchacho les llevaban o “raspar” las barbas de pobladores y chapacos. Tenían una característica las peluquerías: llenaban sus paredes de almanaques y figuras llamativas que distraían la vista mientras se esperaba turno.

Otra secta artesanal frondosa estaba constituida por los sastres, parece que desde remotos tiempos se había trasmitido por generaciones el oficio dentro de una sola familia, porque casi la mayoría de las sastrerías fueron de “maestros Sánchez”, pero el patriarca de todos era don Martín, también tenía dos o tres hermanos con talleres en diferentes lugares; sus hijos creo que todos le siguieron el oficio, y fueron varios. Estos artesanos resultaban interesantes porque sus “oficiales” acostumbraban sentarse en unos pequeños banquitos a la puerta de los talleres; allí al tiempo que pegaban géneros puntada tras puntada, molestaban a los que pasaban o piropeaban a las imillas o “mochas”.

Los zapateros tenían sus talleres en zonas un poco más alejadas del centro y había que visitarlos porque se acostumbrada mandar hacer zapatos “a medida”; los muchachos usaban unos botines con media caña abotonada a un costado. Luego venían los carpinteros que me parece no fueron muchos; los “lateros” u hojalateros, con talleres esparcidos por los barrios, pero eso sí cada uno era conocido y hasta de cierta fama por su habilidad. Recuerdo a un viejito Veizaga que tenía su taller de hojalatería en la calle Gral. B. Trigo, le decían “el condenado”, no sé por qué; otro talabartero casi en su frente, ambos tenían sus hijos que fueron mis compañeros de escuela, pero ninguno les siguió el oficio.

No debo cerrar esta Estampa sin mencionar a un oficio de hombres fuertes y musculosos: los herreros, que tenían sus talleres en zonas un poco alejadas del centro; recuerdo a un fornido viejo don Ignacio Gutiérrez y a otros también macizos de apellido Arce; el primero tenía su taller en la calle Méndez y los otros por San Roque y la pampa; daba gusto ver trabajar a aquellos que con mucha fuerza y habilidad, ablandaban, torcían y estiraban gruesas barras de fierro como si fueran “ancucos”, luego de ponerlas al rojo en sus enormes fraguas y a punta de golpes sobre sonoros yunques moldeaban el fierro a su gusto; también se ocupaban de herrar caballos, para esto se necesitaba más habilidad porque muchas veces se encontraban con jumentos “chúcaros”.

LOS CHAPACOS.

Campesinos del valle de Tarija que ya fueron descritos por varios escritores, bastándome por ello a mencionarlos como los conocí: gente buena, sencilla, modesta, pero no tonta, producto del mestizaje entre “Tomatas” y españoles y un poco entre quéchuas que incursionaron antes traídos por los expedicionarios ibéricos desde el norte. Hablo sólo de los chapacos que frecuentaban la ciudad, procedentes de las campiñas y comarcas próximas, como Tomatas, El Rancho, El Monte, Yesera, Santa Ana, San Jacinto, San Gerónimo, San Luis, Tablada y Tabladita, Tolomosa y Tolomosita, Churquis, Guerrahuayco, La Victoria, etc., y no así de las provincias, en algunas de las cuales habían chapacos más puros, blancos, hasta rubios, de legítima cepa española.

Estos en su generalidad de tez trigueña, altos, de cabellos negros y buena complexión, barba llena; las mujeres regularmente simpáticas, pero no tanto como las de la Provincia Méndez, blancas y muy buenas mozas. Los hombres venían a la ciudad trayendo sus productos cargados en costales sobre caballos o burros, también traían —los de más cerca— leña en cargas liadas con sogas de cuero, siempre en burros. Era gente respetuosa, tímida y acostumbrada a no desprenderse de sus acémilas. Los hombres vestían pantalones de bayeta o casinete, con un cierto “boleo” a la altura de los bolsillos, para luego irse angostando en los botapiés; sostenían éstos con una ancha faja tejida de color, llevando infaltable un buen cuchillo envainado en cuero sujetado en la faja y cruzado en la parte posterior de la cintura; camisa de lienzo bien limpia que tenía un cuellito poco levantado y abotonado, las mangas de pliegues anchos, cerradas en los puños; algunos usaban una trencilla de color en los costados de las mangas y bajando del cuello hacia la cintura, otras tableadas; usaban un sombrero de lana medio amarillo y con anchas alas; calzaban gruesas “ojotas” de suela, estaquilladas, con capellada de material negro o café, a veces de charol, claveteadas con ojalillos y ribetes de color; llevaban siempre el poncho rayado rojo doblado sobre uno de los hombros, sólo cuando hacía frío o llovía se cubrían el cuerpo con éste. Tenían una buena estampa, barba llena, algunos de cierta edad usaban bigotes grandes, eran limpios, se hacían cortar el cabello “al ras” dejándose un mechón en la frente que llamaban “jopo”. Al cruzarse con ellos siempre se recibía un atento saludo y respetaban ostensiblemente a los de la ciudad, pero sin bajeza.

Las mujeres llevaban polleras de muchos pliegues, pero no muy largas, generalmente de coloridas bayetas u otras telas, vestían blusa o saco de color, manta, “ojotas” y sombrero redondo con alas embarquilladas y un poco dobladas hacia adentro, se cubrían con mantas de algodón pero para las fiestas hacían relucir vistosas mantas de seda bordadas.

Esta buena gente cuando se la visitaba en sus casas daba muestras de bondadosos modales, siendo asequibles, apartando a sus ladradores perros, hacían pasar al forastero ofreciéndole un buen asiento debajo la sombra del alero o de un coposo árbol; invitaban un mate de agua fresca o rica chicha y se preocupaban solícitas por servir un buen plato de palo rebosando humeante mote, acompañando un buen pedazo de queso o huevos “pasados”. Esto lo hacían con cualquier gente que los visitaba, sean conocidos o extraños; sus modales respetuosos y llenos de afecto, abrían el espíritu para una buena conversación. Su hablar despacioso y estirado, salpicado de vocablos quechuas, era simpática y agradable, pues su característica tonalidad cantarina daba entonaciones interesantes a la conversación.

Cuando venían a las fiestas lucían mejores atavíos recién estrenados, pero siempre su vestimenta fue típica; las mozas se “enfloraban” las orejas y resumían rico perfume a albahacas u otras yerbas silvestres, olor a buena tierra. Resultaba vistoso y colorido contemplar a la “chapaqueada” en días festivos; fervientes creyentes, no faltaban a misa dominguera, y donde más se los encontraba era en la Recova, adonde llevaban sus productos; por las tardes había que verlos: con sus burros vacíos de carga; los hombres cabalgando caballos o burros y las mozas sentadas de a lado en las ancas.

Fieles cumplidores de promesas, nunca faltaban para las fiestas religiosas, trayendo sus típicos instrumentos: cañas, erkes, cajas o violines, según la festividad y religiosamente sus hermosos y floridos “arcos” para la Pascua florida; igualmente sus pequeñas imágenes de santos para ofrecerles misa en su aniversario.

Las visitas a patrones, compadres o conocidos de la ciudad, difícilmente la hacían con las manos vacías, siempre tenían que llevar algún regalito de productos o gallinas, entregando con la expresión de: “desculpe la molestia”; eran generosos y nobles en toda su sencillez y pobreza.

LOS CAMBAS DEL CHACO.

Aunque no se los veía con frecuencia, no hay que olvidar a aquellos semi-salvajes chaqueños que de cuando en cuando aparecían por la ciudad llamando la atención por sus características y típicas vestimentas; éstos fueron los que de un modo común los llamaban “cambas” a los hombres y “cuñas” a las mujeres; venían de diferentes tribus o clanes, como ser: “matacos”, “chaguancos”, “chiriguanos”, “tobas”, “tembetas” y otras, pero ,todos habitantes del Chaco, que en ese entonces todavía permanecía casi virgen, era boliviano (tarijeño) hasta las márgenes del río Paraguay, incluso no se había construido el camino carretero a Villa- montes, cuando mucho se llegaba hasta Entre Ríos y a las misiones de Sereré, Suaruru, Itau, Caiza, Mandeyapecua y otras. De allí posiblemente venían esos autóctonos, apareciendo los hombres muchas veces semidesnudos, con un simple “tapa-rabo”, con sus largas cimbas hasta la cintura, algunos llevaban la tembetá incrustada en la quijada más abajo del labio inferior; otros con los cabellos sueltos pero cinchadas la cabeza con una tira o pretina en la frente; las mujeres vestían largos camisones de color que les llamaban “tipoy”, la cara pinta da con “urucú” o plantas colorantes, llevando negras y largas trenzas, zarcillos en lasorejas ycollares multicolores en la garganta. Siempre aparecían en parejas o pequeños grupos trayendo a vender cedazos de palma, porongos, loritos y algunas otras chucherías del monte. Llamaban la atención no sólo por su aspecto, sino porque no sabían hablar castellano, a sus dialectos los llamaban “lengua” dejándose entender con gente que conocía el Chaco; no entendían muchas cosas de la ciudad y porque de todas maneras resultaban raros, aunque campesinos de nuestro territorio, auténticos dueños de las extensas tierras chaqueñas, en otras épocas      , feroces frente a los cristianos, ahora mansos aborígenes en busca de medios para sobrevivir. Se contaban muchas anécdotas de la forma cómo vivían en el monte o en las misiones. Toda esta gente desapareció de la ciudad cuando comenzó la guerra, posiblemente fueron los más sufridos de la contienda.

LA GENTE DE AFUERA O FORASTERA.

LOS “NORTEÑOS”.

Así se acostumbrada llamar a toda la gente oriunda de los otros departamentos andinos. Hasta antes de la guerra, pocos, por no decir contados, fueron los residentes norteños; al menos no recuerdo haber conocido muchos, pues el contacto con gentes forasteras resultaba escaso debido a la falta de vías de comunicación, pocos negocios y mínima necesidad de intercambio. Así me parece que vivían en la ciudad muy pocos paceños y orureños; se conocían contados cochabambinos, entre éllos un antiguo residente de apellido Cáceres, sastre; un viejito propietario Rocha, un dueño de hotel Arandia y así uno que otro más, pero casi todos fueron avecindados desde muchos años atrás; luego habían algunos chuquisaqueños, como el Dr. David González que le decían “queso de cuchi” y que fue padre del más tarde gran poeta Oscar González Alfaro; luego el antiguo maestro peluquero Justino Valdez, los hermanos carpinteros De los Ríos, hijos del director de la Banda Departamental, luego los médicos doctores Ostria y Villa, el profesor Juan Paravicini, un señor Vaca Guzmán, otro confitero Corcus y algunos más; no incluyo entre éstos a nuestros vecinos cinteños que se confundían con los del lugar por la cercanía y sus ramificaciones familiares con gente nativa de Tarija; así recuerdo al Dr. Eleodoro Gaite y su hermana María, profesora muy conocida, a las familias Zamora, Leytón y algunas otras. Un poco antes del año 1.932 hubo mucha afluencia de camargueños que instalaron bodegas y ventas de vinos y licores por la calle Camacho; fue entonces cuando vinieron las familias Romero, Gumiel y otras, todas enraizaron y se confundieron con auténticos tarijeños.

Había varios potosinos, pudiendo citar a los señores Sanabria que fue quien trajo unos camiones grandes, la señora Mercedes Gutiérrez vda. de Trigo y varios tupiceños como el Dr. Alberto Baldivieso, don Horacio Aramayo, don Roque Moreno, un señor Balanza conocido por su afición a los caballos, dos hermanos Lozano que se instalaron en una propiedad de la quebrada del Monte, tuvieron mucha descendencia y otros que no puedo precisar.

En cambio resultaban ejemplares rarísimos los cruceños, pues aparte del Dr. Julio Justiniano que posiblemente llegó a Tarija muchísimos años atrás, su pariente el profesor Lucio Justiniano, así como las señoras Casta Mercado de Suárez y Casta de Dorakis, creo que no habían más, pero en cierta época llegó frente a casa un señor Francisco Lafuente que instaló una zapatería, pero luego se fue. De benianos ni para que mencionarlos.

Claro que aquí no puedo citar a toda la gente oriunda de otros departamentos y que residía en la ciudad, sólo menciono a los más conocidos.

Todo este contingente de “forasteros”, que en su generalidad se había radicado desde muchos años atrás, resultaba claramente identificable y por haberse casado con hijas del lugar, tener casa y negocio establecidos, se asimilaron dentro del conglomerado social, pero siempre se los reconocía como “gente de afuera”.

Destaco esta circunstancia porque en realidad fueron pocos los forasteros debido a que el intercambio con los demás departamentos era mínimo, incluso resultaban limitados los viajes de los lugareños hacia otras ciudades del norte, más frecuentes contactos y relaciones familiares, de negocios y trabajo, había con los vecinos de la República Argentina.

Con motivo de la guerra del Chaco, todo aquel cuadro de residentes foráneos, hasta el año 1.932 relativamente reducido y por consiguiente casi conocido por la mayoría de los habitantes de la ciudad, cambió notablemente, pues el constante afluir de toda clase de gentes de otras latitudes, hizo que muchos se quedaran, sea casándose con mujeres del lugar o también trayendo a sus esposas o familias para radicarse.

El caso es que después de la contienda ya no se podía hablar en Tarija de los conocidos “norteños”, pues éstos aumentaron considerablemente, trayendo nuevos apellidos, antes desconocidos, formando nuevas familias y haciendo variar por completo la demografía local. Desde entonces ya fue diferente la ciudad, porque otras gentes, con diversidad de costumbres “enraizaron” en el ambiente, transformándolo.

La antigua gente, patriarcal y conocida, los viejos apellidos de raigambre española, que formaban linajes típicos de Tarija, quedaron algo así como para reliquia; ya no se podía decir que determinados apellidos sólo eran de la ciudad, también otros “entroncaron” con los del lugar constituyendo nuevas estirpes familiares tan tarijeñas como las antiguas.

Así fue cómo por efectos de la contienda nos transformamos en muchos aspectos y desde entonces ya los “norteños” no fueron mirados como extraños, pues se confundieron en una común amalgama para aumentar la población, haciendo surgir nuevas familias y nuevos apellidos.

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