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La momia de la cueva

Relato de don Pedro Guevara de la comunidad de la Cueva. Trabajo investigado, recogido y adaptado por el Profesor José Reynaldo Garvia Araoz del “Centro Cultural Semilla” de Culpina.

Cántaro
  • José Reynaldo Garvia Araoz
  • 02/02/2025 00:00
Vitrina en la que podemos ver los pies destapados de Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina

Vitrina en la que podemos ver los pies destapados de Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina

Vitrina con el cuerpo tapado con sabana de  Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina

Vitrina con el cuerpo tapado con sabana de Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina

Vitrina en la que podemos ver los pies destapados de Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina
Vitrina con el cuerpo tapado con sabana de  Lorenza Durana, Comunidad de La Cueva, Culpina

Ella, acostumbraba como  cada día de su vida a caminar, caminar, caminar y así poder recorrer grandes distancias apoyada siempre en su bastón. Frío, calor, viento, lluvia, cansancio o intensa sed, para ella eran todos  un “buen día”.

- “Todo está bien, todo así es”.

Cuando lo único que te preocupa es ayudar a tu gente siempre es un buen día, siempre es una  buena vida.

Ella, a sus andares, salía muy temprano, al alba, cuando la chulla (el rocío) era deslizado suavemente por los primeros rayos, cuando el dulce  canto de miles de aves se esparcía por toda la tierra, cuando el poderoso Padre Sol la llenaba de luz y calor.

Vestida con Axu de negro tocuyo y cayto, ella, la Mamita, a leguas de su comunidad, muy lejos, desde niña, toda su vida, danzando por inmensos verdes pastizales, asombrada en medio de  abras silenciosas, saltando por las blandas ciénagas y subiendo en oración hasta las ventosas cumbres, se dedicaba a recoger  hierbas y plantas para atender y sanar a su gente, a su comunidad.

Recogía una a una  toda clase de perfumados pétalos, aceitosos tallos, gruesas cortezas, frescas semillas, brillantes polvos y  piedritas, diminutos bosquecillos de flores y delicadísimas raíces y otras más que, todas juntas, en su chuspa, eran su tesoro más valioso. Era todo esto para atender y sanar a su gente, a su comunidad.

El peso de los años, y su entrega a este sublime oficio para la “buena vida” de su gente, había colmado su espíritu de una profunda sabiduría y se notaba en la forma de tratar a los demás y en su sencillez...

A días de distancia, pampa, liquina o valle, donde llegaba con sus hierbas sanadoras ella era bien recibida…

-¡Mamay Lorenza, has venido, nos has traído tu sanación, nos has traído tu consejo! ¡Gracias mamay, gracias! ¡Acá es tu casa ven comparte con nosotros!

Calenturas, mal viento, tierra, sobreparto, aicados, desmando, venenos, susto, quebraduras y todo lo que hacía sufrir el ajayu del pueblo, ella con sus espesas aguas amargas, con sus ungüentos melosos, con sus fraganciosos vapores y sobre todo con esas oraciones y cantos  que susurraba, con estas plantas y con los toquecillos y caricias que brotaban de entre sus dedos y manos, cuando Lorenza ante el enfermo tocaba y sentía ese cuerpo dolido, esa cabeza ida, ese corazón amarrado, esos ojos vacíos, cuando ella hacia todo esto, cuando ella daba todo esto, sus hermanos sanaban. Sí, este era su don. Así ella vivía. A esto se dedicaba cada día, todos los días, toda su vida. Y así vivió sus días, los años.

Sin embargo, para todo y todos los que están bajo el sol, los segundos, días y años nos llevan al final. El tiempo se impone, y sucedió que un día, ese día, cuando aquel amanecer era algo raro y misterioso  porque la niebla venía como sonando y estaba más lenta, ese día, ella, Lorenza lo intuía, algo decían los búhos, algo decía el viento, algo habría de suceder. Recordó que el cuichico había estado sobrevolando  su  blanca cabellera hace días atrás; “Bien te fue, mal te fue” le avisaba este pájaro y se iba.

Sí,  ella comprendía la forma de las  nubes, el color del cielo, el canto de un ave, como se mueve el viento, que anuncia  la luna, porque brilla el agua. Y  fue pues  aquel día, que,  en la formidable y misteriosa cumbre del Sipi, donde clarito el cielo y la tierra se tocan, fue entonces que cuando cansada de vivir más de un  siglo, la Mamita Lorenza, la mujer fuerte, alimentada de vertientes de agua mineral, laguas de grano tierno, frutos de cacto y lonjas de soleado charque…fue entonces, ese día, esa mañana, totalmente llena de sol, allá en la mansa cima del Sipi, que Lorenza Durana la hierbatera, la abuelita, inclinada, con los brazos abiertos, la sonrisa eterna y una gran gozo dio con sus suaves susurros y manos  “Gracias a la Madre Tierra por la vida”….“por tantos favores recibidos, por el don de la sanación con el que podía servir a su pueblo”.

Este, su último día entre los suyos, le habían visto salir de su comunidad de La Cueva  caminando lentamente apoyada en su vieja caña para trastornar luego el estrecho y serpenteante sendero que termina en las alturas que siempre están cargadas de niebla del gran Sipi.

Ese día, al despedirse por última vez de sus hermanos y hermanas, saludándoles  con  un manojo de hierbas, ella les había dicho:

- “Han de estar unidos Mamay- Tatay, han de ayudarse, yo voy lejos  pero luego volveré”

- “Han de usar las hierbas”

-¡Mamay. Volvete rápido! ¡Lorenza, acá te esperamos pues!...le pedían sus hermanos.

Desde que se fue de la comunidad de la Cueva, no se sabe si fueron  horas, días o semanas el tiempo en que Lorenza Durana la abuelita hierbatera estuvo orando en la puntiaguda y gélida cima del Sipi.

Pero cuentan que un fatal día encontraron inmóvil su frágil cuerpo en aquella parte de la gran montaña. No se movía, no decía, no respiraba.

- “Hay que llevarla, hay que bajarla a la Mamita…”

Caído el atardecer, en prima noche, cuando las estrellas brillan más que nunca, en su comunidad, en una triste choza de piedra, sobre alfombra de hierbas y otras plántulas, limpio acomodado su cuerpo y listo para el llanto hasta amanecida en su despedida final, en medio de aquella penumbra llena de calor humano, flameantes cebos de llama alumbraban el rostro enjuto y quebrantado de todos  los suyos, de sus niños, jóvenes, adultos y abuelos.

- “Todos ante ti, este último día Mamita Lorenza…”

Ahí estaba ella, en su pequeña hogar, tendida como durmiendo, rodeada por cientos de almas y flores, ahí dentro, entremezclándose  el espeso incienso amarillo con los suaves vapores aromáticos arremolinados del cocido de  hierbas y el incontable brillo de las  amargas lágrimas de su gente, su pequeño cuerpo bañado una y otra vez con benditos aceites era besado y acariciado por todos a quienes ella alguna vez había sanado. Y así, de esta manera hasta el amanecer despidieron para siempre a la Mamita Lorenza.

Pasó el primer día,  la primera  tarde, otra noche más y otro día más, pasaron tres noches, tres días y  aún de lejanas comunidades de la región Cinteña y de climas de más allá venían a dejar su ofrenda de hierbas para  saludar y agradecer por última vez a la abuelita hierbatera.

Pero, esto, fue raro, muy raro, pasaron  tres, cuatro, y más días, llegaban más y más gentes a despedirse, también pasaron más noches y más días, una luna, diez lunas y muchas lunas y notaron con gran susto y con gran asombro que su delicado cuerpo no se pudría, no se malograba, no se descomponía, parecía que ella solo dormía, este seguramente no era como otros cuerpos  se decían los dolientes.

-¡Lorenza, Mamita, no te ha pasado nada! ¡No nos has dejado solos! ¡Sigues con nosotros!

-¡Has de sanarnos pues ahora también!--¡Mamita ahora vives para siempre con nosotros!

- ¡Buen día, buena vida, Mamita!.. Gritaban sus enfermos y su pueblo.

FIN

REFERENCIAS

Desde aquel día que encontraron el cuerpo de la hierbatera, desde aquel día perdido en el tiempo y hasta hoy, Lorenza Durana extrañamente no ha sufrido mayor descomposición biológica convirtiéndose pues, en un cuerpo momificado. Acomodada actualmente en una vitrina de la capilla de la Comunidad de La Cueva y distante a 40 minutos de Culpina vía carretera los fieles la visitan para pedir favores pues dicen que Lorenza nunca falla y hace milagros extraordinarios.

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