Los sueños del Guadalquivir: Yo solo sé que nada sé



Tengo una amiga a la que quiero y admiro mucho. Es una de las personas más inteligentes que conozco. Pero no puedo dejar de señalarle de que es una alzada de cuernos. “Ya lo sé”, me dijo, “Cuando sabes, y sabes que sabes, la arrogancia es inevitable”. La primera vez que me dijo eso me quedé de una pieza. No es que no le encuentre su lógica, pero me despierta un fuerte sentido de incomodidad. Así que traté de repensarlo para ver si así le encontraba la vuelta.
Cuando no entiendo algo suelo recurrir a mis amigos para comentarles lo que pienso y así ordenar mis ideas. Pobrecitos, saben que puedo ser temático. Hablo y hablo y hablo. Entonces los agarré a mis amigos les conté mi dilema. Les expliqué que lo que esta amiga me había dicho me creaba disonancia mental, porque esa postura difería radicalmente de la manera que yo había tratado de vivir mi vida desde siempre.
Mis amigos de colegio todavía se acuerdan de que yo no daba exámenes de literatura porque estaba permanentemente eximido. Leía tanto que tenía permiso de escoger cualquier cosa que quiera leer. Tenía permiso de sacarme libros de la biblioteca y sentarme al fondo del curso a leer mientras mis compañeros aprendían el pluscuamperfecto. Gané concursos de literatura y olimpiadas matemáticas. Mis compañeros todavía se acuerdan cómo le explicaba al profe algún ejercicio especialmente complejo que nos colocaba en la pizarra y que yo podía resolver en la cabeza. Aun así, siempre fui amigo de moros y cristianos.
Recuerdo que cuando entré al Belgrano, un colegio fiscal, había uno que desde el primer día me quería pegar por “maraquito de La Salle”. Siempre que me veía se hacía tronar los nudillos y golpeaba su puño contra su mano. Hasta que un día la profe de laboratorio se las agarró con él y lo humilló públicamente por no ir con el uniforme del colegio. Yo lo vi, y la verdad que esa vez había ido vestido lo más cercano que nunca a las reglas del colegio. Además, la profe tampoco estaba vestida con el uniforme. Así que lo defendí a capa y espada y casi me hago botar del colegio. Nunca más volvió a hablar de golpearme y se hizo mi amigo.
Como esa tengo muchas historias. La primera que recuerdo fue a mis 8 años. En esa temporada yo era el protegido de nuestro profe de religión. Yo venía de una familia de buenos alumnos y ya mostraba signos de una inteligencia sobresaliente. Así que el hermano Ivar se dedicaba a hablar maravillas de mí frente a mis compañeros. Para mí eso era muy incómodo; podía sentir la frustración de todos dirigida hacia mí. ¿A quién le gusta un sabelotodo cuya virtud te la restriegan todos los días en la cara? Así que decidí hacer algo al respecto. Agarré la biblia (recuerden: era profe de religión, en un colegio católico) y busqué un versículo sobre cómo no necesitábamos ninguna recompensa en este mundo, porque la gloria de Dios nos alcanzaría en el cielo. Así que cuando comenzó a hablar de mí levanté la mano, leí la parábola, le dije que consideraba injusto para los demás que los comparen con nadie y le pedí que por favor no vuelva a utilizarme como ejemplo. El hermano Ivar se quedó callado y nunca más me volvió a mentar frente a mis compañeros. Y, lo que es más: me quedé como amigo de todos ellos, sin distinción alguna.
Creo que en no poca medida esto se debe a no querer creerme más que nadie y a ver siempre lo mejor de todos. Y es que tomé como filosofía de vida la humildad (aunque no es humildad exactamente, sino falta de arrogancia, creo), sin importar los méritos que me puedan achacar. Considero sumamente productivo recordar que todo se aprende en esta vida, que nadie es dueño de la verdad, que nadie sabe todo y que todos tenemos algo que ofrecer. La ciencia y la mente son solo dos de las habilidades que puede aprender el ser humano. La vida es mucho más que estar encerrado en los libros.
Yo creo que puedes saber, saber que sabes, y aun así mantener la humildad. Al final eso le dije a mi amiga. El finado profesor Fernando Arduz fue un ejemplo perfecto de un genio sin comparación que no perdía tiempo siendo arrogante. Era de los que producen maravillas y recogen un éxito tras otro sin levantar nunca la voz. Era imposible sentirse mal en presencia del profe Fernando. De hecho, era tanto así que en comparación de él yo soy un engreído de cuernos. Era un grande el profe.
Tarija está llena de genios. Todavía me sorprendo de que gente de la que ni me imaginaba está cambiando las formas de hacer las cosas en Tarija. Todavía me sorprenden cuando me cuentan cosas de las que ni me imaginaba existían en Tarija, como la máquina patentada de machucar coca de la Tía Coca y toda la industria local de la coca machucada. Y así me sorprendo cada día descubriendo que no sé nada de todo lo que se podría saber. Y está bien así, porque el conocimiento es colectivo. Todos somos los mismos changos de siempre, que dejaron el barrio para salir al mundo.