El potencial de la migración de América Latina y el Caribe
El panorama migratorio en América Latina y el Caribe ha cambiado rápidamente en la última década. Entre 2010 y 2019, el número de inmigrantes en la región aumentó en 66%, mientras que el número de emigrantes aumentó 26%. Unos 42,7 millones de personas viven fuera de sus países de...



El panorama migratorio en América Latina y el Caribe ha cambiado rápidamente en la última década. Entre 2010 y 2019, el número de inmigrantes en la región aumentó en 66%, mientras que el número de emigrantes aumentó 26%. Unos 42,7 millones de personas viven fuera de sus países de nacimiento. Esto se debe principalmente a la migración venezolana, la cual no va a desaparecer pronto.
A fines de 2019, había un estimado de 4,8 millones de migrantes venezolanos, incluyendo refugiados y solicitantes de asilo.
Aproximadamente 85% de los que huyeron de los fallos económicos, sociales, de política y de desarrollo en Venezuela se han mudado a otro país de la región. Colombia, país que comparte más de 2.000 kilómetros de frontera con Venezuela, ha recibido el número más alto de migrantes de este país: alrededor de 1,6 millones.
Pero Venezuela no es la única razón por la que cambia la migración en América Latina y el Caribe.
Como resultado de la pobreza y la violencia, el triángulo norte de América Central se enfrenta a un número creciente de personas en movimiento. Desde 2014, se estima que 265.000 migrantes en tránsito, provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras, se han ido a los Estados Unidos cada año.
Un número creciente de ellos son mujeres y niños no acompañados. Según las estimaciones, solo uno de cada cinco tiene éxito. El otro 80% es detenido por las autoridades mexicanas o estadounidenses. Un número creciente de migrantes varados también genera tensiones en las comunidades locales.
Los migrantes contribuyen al desarrollo
Los países de tránsito y destino tienden a ver a los migrantes como una carga. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que los inmigrantes, incluidos los refugiados, también contribuyen al desarrollo de sus países de acogida.
Pero aprovechar el potencial de desarrollo de la migración requiere que las autoridades públicas promuevan la integración socioeconómica y la cohesión social de los migrantes.
En un momento en que el potencial impacto adverso de la inmigración es una preocupación para muchos países, debemos asegurarnos de que la migración respalde el desarrollo.
El gobierno colombiano, con el apoyo del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), ha diseñado una estrategia de generación de ingresos para los migrantes de Venezuela y las comunidades de acogida.
La estrategia fomenta la inversión en programas de capacitación y educación para ayudar a los migrantes a encontrar trabajos adecuados.
Las políticas de integración socioeconómica también deben venir con medidas específicas para promover la convivencia cívica.
Por un lado, los países de acogida deben proteger los derechos de los migrantes y deben luchar activamente contra todas las formas de discriminación y trabajo forzoso.
Varios países han llevado a cabo campañas de sensibilización pública sobre por qué las personas tuvieron que abandonar sus países y cómo contribuyen positivamente a las comunidades de acogida.
Por otro lado, para evitar el resentimiento y la xenofobia, las poblaciones nativas necesitan ver los beneficios directos de la inmigración.
Esto implica que los programas diseñados para apoyar a los migrantes incluyan a las comunidades de acogida vulnerables y que los programas de inversión contribuyan al desarrollo de servicios públicos e infraestructura para lidiar con el rápido aumento de la población.
Desafíos regionales
La Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo, celebrada en Quito en enero de este año, ha sensibilizado a la comunidad internacional sobre los desafíos de migración y desarrollo en la región.
Reconoció que, además de la ayuda humanitaria, la migración es un asunto de desarrollo y que los países deben invertir en programas de generación de ingresos para permitir a los migrantes, incluidos los refugiados y solicitantes de asilo, integrarse en los mercados laborales de sus países de acogida.
También requieren inversiones masivas en infraestructura y desarrollo local para ayudar a crear empleos que puedan absorber tanto a las poblaciones migrantes como a las de acogida.
Pero, debido a que esto implica recursos financieros que la mayoría de los países de la región no tienen, la cooperación internacional necesita aumentar su apoyo para ayudarlos a convertir la migración en una oportunidad para el desarrollo.
La migración está en aumento en la región y, para los países que optan por acoger a los migrantes de manera productiva e inclusiva, presenta oportunidades de desarrollo y gobernanza. El PNUD, con su Centro Regional para América Latina y el Caribe y sus 26 oficinas en los países, está listo para apoyar a las autoridades nacionales y locales.
Los nuevos viejos rostros varados en la frontera sur de México
Cristian llegó a México en una de las caravanas de 2018, lo deportaron, y ahora lo intenta de nuevo. En esta ocasión, a diferencia de la anterior, encontró una frontera prácticamente impenetrable. Cientos de militares de la Guardia Nacional vigilan los ríos, las rejas, los lugares por donde antes, con cierto esfuerzo, pudieron entrar.
Él es originario del departamento de Copán, en Honduras. A sus 21 años, decidió intentar de nuevo llegar a Estados Unidos, vía México, porque en su país de origen la única alternativa que por el momento tiene, son las actividades agrícolas, “que no dan ni para comer”.
Como él, migrantes que ya han cruzado en ocasiones anteriores la frontera con México, lo intentan de nuevo. Algunos, como Cristian, para mejorar su economía; otros, como Brayan (nombre ficticio que él se puso para evitar ser reconocido), huyen de la violencia que existe en su país.
“Es la primera vez que intento pasar, ¿sabe?, porque yo definitivamente no quiero unirme a las pandillas, y allá en mi tierra a veces no es que uno quiera, es que si no te unes, cuando ellos te escogen, pues si te niegas llega la amenaza de muerte. Yo por eso salgo”, señala Brayan, mientras empujan para llegar a la reja de la frontera del Suchiate, esperando, de alguna manera, poder entrar.
En la mañana del 20 de enero, una gran caravana atraviesa por el río Suchiate. Sin embargo, muchas personas estuvieron días al borde de la frontera, esperando salir de Centroamérica. Más de 500 caminan por el río.
Entre los grupos viajan los dos jóvenes con Rosalba, una mujer que hereda de sus antepasados los rasgos de la cultura maya, que tuvo ramificaciones hasta Honduras. Ella no habla, tiene la mirada profunda, y la enfoca en su objetivo. Mira más allá de la reja que ahora la separa de México.
Cientos, miles de hondureños, casi todos jóvenes, se encuentran ahora en la frontera entre México y Guatemala. Son los rostros de la migración, algunos lo intentan por primera vez, muchos ya tienen un camino recorrido, son “viejos-nuevos migrantes”.
Lo intentarán una y otra vez, porque la situación en su país no ha cambiado; y allá: “¿Pues qué futuro tenemos? ninguno”, señalan, mientras esperan el momento y las condiciones para entrar a México, en su ruta hacia Estados Unidos.
México ofrece programas sociales, pero de vuelta en sus países
Unos 3.000 migrantes hondureños, de la caravana que salió de la capital de ese país este 2020, permanecen varados en la frontera con México, en los cruces fronterizos de Chiapas y Tabasco. El despliegue de elementos de la Guardia Nacional les impide la entrada masiva.
Otros 1.087 migrantes de la caravana, de acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM), han entrado de manera regulada, entregándose a los agentes migratorios, e iniciado trámites para permanecer en este país, y posteriormente continuar su ruta rumbo a Estados Unidos.
Sin embargo, a decir del INM, la mayor parte de ellos serán deportados a Honduras. De acuerdo a los migrantes y organizaciones no gubernamentales, lo que el gobierno mexicano les ha ofrecido es inscribirse a los programas “Sembrando Vida” y “Jóvenes Construyendo el Futuro”, pero en su país de origen, no en México.
Las cifras que hasta el momento permiten cuantificar el número de migrantes que se encuentran en la frontera, las ha dado el gobierno de Guatemala, ante quien tienen que hacer el registro de entrada y paso.
Ese país indicó que salieron de Honduras 4. 006 migrantes, los días 15, 16 y 17 de enero. Estos migrantes se dirigieron a las fronteras de Guatemala con el estado de Tabasco; y de Guatemala con el estado de Chiapas. En ambos lugares, los migrantes se encontraron con fuertes dispositivos de contención, conformados principalmente por militares integrantes de la Guardia Nacional.
“Hay capacidad para aplicar la ley, por donde lleguen (los migrantes) el gobierno mexicano tiene gobernabilidad y seguridad para tener en las fronteras de nuestro país la seguridad del territorio (…) es una migración como establece la ley, regular, segura y ordenada, no es que entran y se les da un boleto de metro. Tienen que hacer una serie de requisitos, esperar los términos de ley para que la autoridad migratoria decida lo procedente”, señaló Roberto Garduño, comisionado nacional del INM, mientras supervisa en colaboración con la Guardia Nacional, los operativos de contención de la frontera.
El sábado 18 de enero, por la mañana, en ambos puntos fronterizos -el conocido como El Ceibo, en Tabasco, y Suchiate, en Chiapas-, los migrantes intentaron abrir las rejas que dividen la frontera, a fin de entrar de manera masiva.
Fueron repelidos por la Guardia Nacional, que mantuvo cerradas las puertas y lanzó gases contra quienes se encontraban en las primeras filas. Después de unas dos horas de confrontación, los migrantes desistieron.
Entonces el General de la Guardia Nacional en frontera sur, Vicente Antonio Hernández, les dijo que para entrar deberían hacerlo por la vía formal. Decenas de migrantes, sobre todo mujeres y niños, lo hicieron.
A fines de 2019, había un estimado de 4,8 millones de migrantes venezolanos, incluyendo refugiados y solicitantes de asilo.
Aproximadamente 85% de los que huyeron de los fallos económicos, sociales, de política y de desarrollo en Venezuela se han mudado a otro país de la región. Colombia, país que comparte más de 2.000 kilómetros de frontera con Venezuela, ha recibido el número más alto de migrantes de este país: alrededor de 1,6 millones.
Pero Venezuela no es la única razón por la que cambia la migración en América Latina y el Caribe.
Como resultado de la pobreza y la violencia, el triángulo norte de América Central se enfrenta a un número creciente de personas en movimiento. Desde 2014, se estima que 265.000 migrantes en tránsito, provenientes de El Salvador, Guatemala y Honduras, se han ido a los Estados Unidos cada año.
Un número creciente de ellos son mujeres y niños no acompañados. Según las estimaciones, solo uno de cada cinco tiene éxito. El otro 80% es detenido por las autoridades mexicanas o estadounidenses. Un número creciente de migrantes varados también genera tensiones en las comunidades locales.
Los migrantes contribuyen al desarrollo
Los países de tránsito y destino tienden a ver a los migrantes como una carga. Sin embargo, la experiencia internacional muestra que los inmigrantes, incluidos los refugiados, también contribuyen al desarrollo de sus países de acogida.
Pero aprovechar el potencial de desarrollo de la migración requiere que las autoridades públicas promuevan la integración socioeconómica y la cohesión social de los migrantes.
En un momento en que el potencial impacto adverso de la inmigración es una preocupación para muchos países, debemos asegurarnos de que la migración respalde el desarrollo.
El gobierno colombiano, con el apoyo del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), ha diseñado una estrategia de generación de ingresos para los migrantes de Venezuela y las comunidades de acogida.
La estrategia fomenta la inversión en programas de capacitación y educación para ayudar a los migrantes a encontrar trabajos adecuados.
Las políticas de integración socioeconómica también deben venir con medidas específicas para promover la convivencia cívica.
Por un lado, los países de acogida deben proteger los derechos de los migrantes y deben luchar activamente contra todas las formas de discriminación y trabajo forzoso.
Varios países han llevado a cabo campañas de sensibilización pública sobre por qué las personas tuvieron que abandonar sus países y cómo contribuyen positivamente a las comunidades de acogida.
Por otro lado, para evitar el resentimiento y la xenofobia, las poblaciones nativas necesitan ver los beneficios directos de la inmigración.
Esto implica que los programas diseñados para apoyar a los migrantes incluyan a las comunidades de acogida vulnerables y que los programas de inversión contribuyan al desarrollo de servicios públicos e infraestructura para lidiar con el rápido aumento de la población.
Desafíos regionales
La Cumbre del Foro Mundial sobre Migración y Desarrollo, celebrada en Quito en enero de este año, ha sensibilizado a la comunidad internacional sobre los desafíos de migración y desarrollo en la región.
Reconoció que, además de la ayuda humanitaria, la migración es un asunto de desarrollo y que los países deben invertir en programas de generación de ingresos para permitir a los migrantes, incluidos los refugiados y solicitantes de asilo, integrarse en los mercados laborales de sus países de acogida.
También requieren inversiones masivas en infraestructura y desarrollo local para ayudar a crear empleos que puedan absorber tanto a las poblaciones migrantes como a las de acogida.
Pero, debido a que esto implica recursos financieros que la mayoría de los países de la región no tienen, la cooperación internacional necesita aumentar su apoyo para ayudarlos a convertir la migración en una oportunidad para el desarrollo.
La migración está en aumento en la región y, para los países que optan por acoger a los migrantes de manera productiva e inclusiva, presenta oportunidades de desarrollo y gobernanza. El PNUD, con su Centro Regional para América Latina y el Caribe y sus 26 oficinas en los países, está listo para apoyar a las autoridades nacionales y locales.
Los nuevos viejos rostros varados en la frontera sur de México
Cristian llegó a México en una de las caravanas de 2018, lo deportaron, y ahora lo intenta de nuevo. En esta ocasión, a diferencia de la anterior, encontró una frontera prácticamente impenetrable. Cientos de militares de la Guardia Nacional vigilan los ríos, las rejas, los lugares por donde antes, con cierto esfuerzo, pudieron entrar.
Él es originario del departamento de Copán, en Honduras. A sus 21 años, decidió intentar de nuevo llegar a Estados Unidos, vía México, porque en su país de origen la única alternativa que por el momento tiene, son las actividades agrícolas, “que no dan ni para comer”.
Como él, migrantes que ya han cruzado en ocasiones anteriores la frontera con México, lo intentan de nuevo. Algunos, como Cristian, para mejorar su economía; otros, como Brayan (nombre ficticio que él se puso para evitar ser reconocido), huyen de la violencia que existe en su país.
“Es la primera vez que intento pasar, ¿sabe?, porque yo definitivamente no quiero unirme a las pandillas, y allá en mi tierra a veces no es que uno quiera, es que si no te unes, cuando ellos te escogen, pues si te niegas llega la amenaza de muerte. Yo por eso salgo”, señala Brayan, mientras empujan para llegar a la reja de la frontera del Suchiate, esperando, de alguna manera, poder entrar.
En la mañana del 20 de enero, una gran caravana atraviesa por el río Suchiate. Sin embargo, muchas personas estuvieron días al borde de la frontera, esperando salir de Centroamérica. Más de 500 caminan por el río.
Entre los grupos viajan los dos jóvenes con Rosalba, una mujer que hereda de sus antepasados los rasgos de la cultura maya, que tuvo ramificaciones hasta Honduras. Ella no habla, tiene la mirada profunda, y la enfoca en su objetivo. Mira más allá de la reja que ahora la separa de México.
Cientos, miles de hondureños, casi todos jóvenes, se encuentran ahora en la frontera entre México y Guatemala. Son los rostros de la migración, algunos lo intentan por primera vez, muchos ya tienen un camino recorrido, son “viejos-nuevos migrantes”.
Lo intentarán una y otra vez, porque la situación en su país no ha cambiado; y allá: “¿Pues qué futuro tenemos? ninguno”, señalan, mientras esperan el momento y las condiciones para entrar a México, en su ruta hacia Estados Unidos.
México ofrece programas sociales, pero de vuelta en sus países
Unos 3.000 migrantes hondureños, de la caravana que salió de la capital de ese país este 2020, permanecen varados en la frontera con México, en los cruces fronterizos de Chiapas y Tabasco. El despliegue de elementos de la Guardia Nacional les impide la entrada masiva.
Otros 1.087 migrantes de la caravana, de acuerdo con el Instituto Nacional de Migración (INM), han entrado de manera regulada, entregándose a los agentes migratorios, e iniciado trámites para permanecer en este país, y posteriormente continuar su ruta rumbo a Estados Unidos.
Sin embargo, a decir del INM, la mayor parte de ellos serán deportados a Honduras. De acuerdo a los migrantes y organizaciones no gubernamentales, lo que el gobierno mexicano les ha ofrecido es inscribirse a los programas “Sembrando Vida” y “Jóvenes Construyendo el Futuro”, pero en su país de origen, no en México.
Las cifras que hasta el momento permiten cuantificar el número de migrantes que se encuentran en la frontera, las ha dado el gobierno de Guatemala, ante quien tienen que hacer el registro de entrada y paso.
Ese país indicó que salieron de Honduras 4. 006 migrantes, los días 15, 16 y 17 de enero. Estos migrantes se dirigieron a las fronteras de Guatemala con el estado de Tabasco; y de Guatemala con el estado de Chiapas. En ambos lugares, los migrantes se encontraron con fuertes dispositivos de contención, conformados principalmente por militares integrantes de la Guardia Nacional.
“Hay capacidad para aplicar la ley, por donde lleguen (los migrantes) el gobierno mexicano tiene gobernabilidad y seguridad para tener en las fronteras de nuestro país la seguridad del territorio (…) es una migración como establece la ley, regular, segura y ordenada, no es que entran y se les da un boleto de metro. Tienen que hacer una serie de requisitos, esperar los términos de ley para que la autoridad migratoria decida lo procedente”, señaló Roberto Garduño, comisionado nacional del INM, mientras supervisa en colaboración con la Guardia Nacional, los operativos de contención de la frontera.
El sábado 18 de enero, por la mañana, en ambos puntos fronterizos -el conocido como El Ceibo, en Tabasco, y Suchiate, en Chiapas-, los migrantes intentaron abrir las rejas que dividen la frontera, a fin de entrar de manera masiva.
Fueron repelidos por la Guardia Nacional, que mantuvo cerradas las puertas y lanzó gases contra quienes se encontraban en las primeras filas. Después de unas dos horas de confrontación, los migrantes desistieron.
Entonces el General de la Guardia Nacional en frontera sur, Vicente Antonio Hernández, les dijo que para entrar deberían hacerlo por la vía formal. Decenas de migrantes, sobre todo mujeres y niños, lo hicieron.