Festi Rock en Royal Obrero: cuando la cultura juega de local
Festi Rock tomó el club del barrio San Roque, fundado por obreros en 1918, y reunió diez bandas, ferias de arte, tatuadores y freestyle. Noche de cultura alternativa en casa propia.
El club Royal Obrero tiene sede en la calle Corrado entre Sucre y Daniel Campos, en una casa cuyas paredes resisten más de cien años. El sábado 10 de octubre, desde las tres de la tarde y hasta pasada la medianoche, su sede dejó de ser solo memoria deportiva y se volvió escenario de una nueva edición del Festi Rock Tarija.
Royal nació el 1 de mayo de 1918, con el rojo y el negro como divisa, para canalizar las ilusiones deportivas de la juventud obrera tarijeña. Más de un siglo después, esa misma sede, que sigue funcionando con socios pese a los conflictos, recibe a otra juventud que también se sabe periférica.
Los títulos de los años veinte y las celebraciones de mitad de siglo confirman que Royal fue protagonista, no solo testigo, del fútbol tarijeño. Ganó el campeonato de 1921, cuyo premio fue la Cruz de Oro donada por la Unión Sirio-Boliviana, y el torneo oficial de 1927, ya con la Federación de Fútbol de Tarija. Los años cincuenta y sesenta fueron los de mayores celebraciones. Su clásico fue con el 15 de Abril, fundado en esa fecha de 1919, apenas once meses después. En la lectura popular, aquel rival era el club más “jailón” de la época. Royal, en cambio, era el de la gente.
El tiempo lo dejó como un equipo de barrio, hoy más o menos en la B. Pero conserva algo que el fútbol rara vez perdona perder, que es una casa propia. Está en San Roque, el barrio de la fe y el folclore. Lo que se juega allí excede lo deportivo. Por esa sede pasaron familias, celebraciones y generaciones.
Una noche, cuatro disciplinas
Festi Rock fue más que bandas. En el primer espacio de la sede, desde temprano, se desplegó una feria con una veintena de propuestas: ilustración, collage, editoriales, diseño, artesanía y arte gráfico. Entre ellas estuvieron Torri Collage, Estudio Gráfico TRES, Aneurisma Cartonera, Tospiu Editorial, Calíope Diseño y Perro Prehistórico, por meter algunos nombres.
También hubo cultura de calle. La Final Regional de Freestyle reunió a una docena de competidores, entre ellos Dukesy, Dalan, Dash, Ajax, Walas, Ar7, San Mateo Clika, Strelli y Jerez Mc. Cuatro tatuadores trabajaron en el lugar: Juan Manuel Tattoo, Lou Tattoo, Nico Aráoz y Alex Cayo.
Hacia las 21:30 empezó la música. Diez bandas se repartieron la noche: Flojera Masiva, Lengua Negra, Ska-bio, La Granja, Gato Voltaje, Kaliz, Psicotrónica, 5 Anus, Ahab y Etiqueta Negra. Los nombres, por sí solos, dibujan el mapa del humor, la rabia y la autoironía que se maneja en el valle.
La escena que construye sus escenarios
Nada de esto nació en una noche. La movida under tarijeña viene armándose en espacios que la ciudad no le dio hechos. Locales de ayer y hoy se caracterizaron por dar escenario a las bandas emergentes y por formar una comunidad donde los músicos tocan en varias bandas, se apoyan y compiten en concursos anuales, con temas originales o a punta de covers.
Pero la precariedad es vieja. En 2017, el vocalista Roberto Trigo, de una de las bandas más consolidadas de la ciudad, decía que “en Tarija no se puede, no hay incentivos”. Por eso importa que un club histórico abra su sede. Un escenario prestado deja de ser una excepción cuando el patrimonio de la ciudad se ofrece como infraestructura cultural.
Se ve y no se ve
Un festival así tiene excesos, y este no estuvo exento. Pero lo fundamental es que se llenó de gente joven y mayor, unidas por una mirada distinta de la vida. Muchos cargan historias crudas, que sobrellevan como pueden, y han construido otra ética, otra línea de valores, que busca autenticidad y desconfía de la hipocresía que a veces exhiben la religión y la sociedad “normal”, “de élite”.
Las historias brotan y flotan sin buscar respuesta, encontrándola entre las reverberaciones. Llevar el nombre de una amante, seguir adelante cuando lo más propio es tan ajeno, coincidir en un mismo lugar el abusador y quienes sufrieron su abuso. Aquí sucede algo más hondo que necesita lugar, escucha y mirada, y menos prejuicio de las siluetas de pura cepa.
Cambiar la jugada
El club sorprende por su tamaño. En la parte trasera está parte de su historia económica. Inversiones que no funcionaron, hipotecas que salvar, y decisiones del directorio de turno, que cambian como las necesidades. Lo que ahora son canchas de frontón, son también una invitación a la intervención permanente del arte y la cultura.
Alquilar la sede a eventos sociales es un riesgo y, a la vez, una necesidad. Que el directorio actual apueste por la cultura, el arte y el underground es una jugada audaz. Quizá no resuelva las deudas, pero devuelve al club algo que nació con él, que es ser el sitio donde se reúnen los que no tienen sitio.
En 1918, un puñado de obreros necesitó una cancha. En 2026, una generación de músicos, ilustradores, raperos y tatuadores necesitó un escenario. El club, otra vez, se los dio. El rock tarijeño juega de local en Royal Obrero, y es un golazo.








