Pura Cepa | Día Mundial del Teatro
“¡Mierda!”: ritual, magia, superstición y memoria viva de la escena
Antes de salir a escena, los actores invocan demonios, comen chocolate y gritan “¡mierda!”: así nació la liturgia secreta de las tablas.
Hay un momento previo a cada función que el público nunca ve. Sucede en los pasillos, en los camerinos, entre bastidores: actores que se dan la espalda al espejo, compañías que repiten frases en voz baja, directores que distribuyen chocolates con la solemnidad de un rito sagrado. El teatro ha forjado a lo largo de los siglos un sistema de creencias propio, tan complejo y arraigado como cualquier religión tribal.
El más célebre de estos rituales es el grito de “¡mierda!” antes de la función. Su origen es inequívocamente mundano: en el París de los siglos XVIII y XIX, el éxito de una obra se medía por la cantidad de estiércol que dejaban los carruajes frente al teatro. Más mierda en la calle equivalía a más butacas llenas. Desearle a un colega “mucha mierda” era, literalmente, desearle un lleno total. Su equivalente anglosajón, break a leg, tiene raíces similares: en el teatro greco-romano, los actores recibían monedas lanzadas al escenario, y doblar la rodilla para recogerlas —“romper la pierna”— implicaba una actuación muy aplaudida.
El chocolate, presente en los rituales de compañías de España, México y Argentina, tiene doble naturaleza: es azúcar rápida para el sistema nervioso y ofrenda colectiva. El neurocientífico Antonio Damasio ha señalado que los rituales compartidos activan el sistema límbico de manera análoga a la experiencia estética, creando cohesión grupal. El actor Ignacio López Tarso solía decir que el chocolate antes del estreno no alimentaba el cuerpo, sino la confianza del elenco.
El alcohol —una copa de vino, un trago de singani— tiene presencia en tradiciones de todo el mundo, desde el teatro noh japonés hasta las compañías rusas del siglo XIX. Más que emborrachar, funciona como marcador ritual: señala el umbral entre el mundo cotidiano y el espacio sagrado de la representación. El director Giorgio Strehler hablaba de ese momento como “el instante en que el actor deja de ser persona para convertirse en presencia”.
El gran teórico Eugenio Barba, fundador del Odin Teatret, ha documentado cómo culturas radicalmente distintas —el kathakali de Kerala, el bunraku japonés, la Ópera de Pekín— comparten una “técnica pre-expresiva”: preparaciones corporales y rituales que preceden al acto escénico. En El arte secreto del actor (1990, con Nicola Savarese), Barba sostiene que estos rituales no son superstición sino tecnología: modifican el estado fisiológico del intérprete, activando el “bios escénico”, la vida aumentada del actor en escena.
Peter Brook, en El espacio vacío, describe el teatro como el único arte que se rehace cada noche desde cero. Esa fragilidad radical explica los tabúes protectores: no silbar en escena —los maquinistas del siglo XVII usaban silbidos para mover la tramoya y uno fuera de clave podía causar accidentes graves—; no pronunciar Macbeth dentro del teatro; no desear “buena suerte” directamente. La mala fortuna se conjura nombrándola.
Lo fascinante es que estos rituales funcionan incluso cuando nadie cree en ellos literalmente. El director Ricardo Bartís, en Cancha con niebla, lo formula con precisión: “El ritual no requiere fe. Requiere repetición. Y la repetición construye el cuerpo del actor antes de que el actor construya al personaje.” En eso, el teatro es profundamente humano: sabe que somos animales de hábito, que la ceremonia nos protege no de los dioses sino de nosotros mismos, del miedo, del olvido, del abismo que se abre cada noche a los pies del escenario.





