Rabbah: geometría, madera y memoria en tiempos de asimetría
Un arquitecto jubilado rescata un arte ancestral árabe mientras Bolivia enfrenta la crisis de sus bosques y el mundo contempla una guerra sin fin.
En la silenciosa sala de la Galería de la Casa de la Cultura de Tarija, las geometrías perfectas de Carlos Alberto Rabaj (Tito para los amigos) contrastan con el caos exterior. Afuera, celebramos el carnaval con la embriaguez de lo asimétrico; en Bolivia, los bosques sangran ante la tala ilegal; más lejos, en Palestina, arde la tierra de los abuelos de Tito. Pero aquí, en doce cuadros de veinte centímetros, la taracea propone orden, paciencia y geometría como un santuario.
“Esto refleja mi temperamento”, confiesa Rabaj mientras señala las piezas que ha creado durante su primer año como artesano. “Soy relativamente ordenado, hago las cosas con cierto rigor”. A sus 71 años, este arquitecto recién jubilado encontró en la taracea (del árabe tarsi, incrustación) un oficio que conecta su formación profesional, su herencia cultural y su necesidad de crear con las manos lo que antes diseñaba en planos.
Rabaj quiso primero hacer mosaicos cerámicos, pero la logística lo disuadió: volumen, transporte, maquinaria, polvo. Cuando descubrió en internet las figuras geométricas hechas con láminas de madera, supo que había encontrado su camino. “Estuve dos años juntando material hasta que arranqué”, recuerda. “Justo cuando me jubilé, empecé con todo”.
El proceso es laborioso y requiere precisión. Primero viene el bosquejo, luego la coloración para decidir cuántos tonos usará, después el diseño final numerado. Las láminas de madera se cortan con estilete siguiendo trazos exactos pegados sobre la superficie. Pero cortar madera no es como cortar papel. Según la dirección de la veta, puede necesitar cuatro o diez pasadas. “El corte es el paso más costoso del proceso”, explica. “Hay que estar bien apegadito a la regla, hacer una presión adecuada. Es muy fácil equivocarse”.
La realidad del material con que trabaja es más dramática. Según el Banco Mundial, el 80% de las operaciones de tala son ilegales en Bolivia. Las maderas preciosas que tradicionalmente se usaban en el país (mara, roble, cedro, por ejemplo) están en peligro de extinción. La organización Forest Trends clasificó a Bolivia como país de “alto riesgo” por la tala ilegal generalizada.
La industria maderera boliviana ha visto cómo el precio de la mara se elevó hasta 270% en los últimos años por su escasez. Mientras tanto, redes criminales trafican madera de áreas protegidas hacia Perú y Brasil, utilizando certificados adulterados y aprovechando la corrupción en agencias estatales. Los bosques chiquitanos, fuente de algunas de las maderas más finas del país, han perdido especies preciosas como el morado, la tipa y el roble por los incendios.
En este contexto de depredación, el trabajo artesanal de Rabaj adquiere otra dimensión. Sus piezas no requieren grandes volúmenes (trabaja con láminas, no con troncos enteros), y cada diseño aprovecha al máximo los cortes. De una plancha estándar de venesta extrae 72 piezas cuadradas de 20 por 20. “Elegí este tamaño por el costo”, explica con pragmatismo. “Para mí, lo ideal sería 40 por 40, pero se incrementa mucho y a la gente se le hace difícil adquirir”.
La exposición de Tarija es su primera muestra formal, aunque ya ha vendido en ferias en Santa Cruz, donde vive desde hace treinta años. Cada modelo tiene entre seis y diez variaciones de color, pero nunca hay dos piezas idénticas. Los nombres que les da evocan su herencia: Alhaja, Granada, Alforja, Cántaro, Albahaca. “Todos son nombres árabes, o españolizados, pero de origen árabe”, aclara. “Me gusta la trascendencia que engloba cada palabra”.
Es inevitable preguntarle por Palestina. Su abuelo llegó de allá a principios del siglo XX, huyendo de la guerra, con pasaporte turco como tantos árabes de esa migración. El apellido original era Rabbah, pero en Brasil se lo cambiaron a Rabaj “por fonética”. Ahora, más de 120 años después, los conflictos continúan en esa región. “Es terrible. Creo que es algo que conviene a mucha gente, muchos países. La guerra es un negocio”.
En sus manos, la respuesta no es el discurso sino la geometría. La taracea, con sus orígenes en la cultura árabe y su tradición de patrones repetitivos, se convierte en un acto de resistencia silenciosa: crear orden donde hay caos, preservar tradiciones mientras se pierden bosques, trabajar con paciencia lo que el mundo destruye con prisa.
Cada pieza lleva un código, fecha y garantía de diez años. Si algo se desprende o deteriora, Rabaj lo repara sin costo. Es su forma de comprometerse con la durabilidad en una época de lo desechable. “Esto no lo hago para destacarme”, aclara. “Lo hago con satisfacción personal, para llenar un tiempo, porque me gusta hacerlo”.
Cuando le pregunto por el arte, dice que “a la gente que quiere incursionar en cualquier arte debería hacerlo. El arte difícilmente da para vivir, es una satisfacción personal, pero vale la pena. Que se anime, todo se logra con dedicación”. Lo dice alguien que nunca estudió taracea, que aprendió solo, navegando internet, haciendo y deshaciendo durante un año hasta dominar el oficio.
Dice que no ha encontrado a nadie más que practique este arte en Bolivia. El movimiento cultural es amplio en Santa Cruz, donde reside, pero la taracea sigue siendo un territorio virgen. Ahora planea volver a Tarija, su ciudad natal, y enseñar la técnica. “Hay la posibilidad de hacer un taller con la Casa de la Cultura”, menciona con esperanza contenida.
Mientras tanto, en la pared de la Galería sus geometrías esperan las miradas, brillando con el sutil juego de luces que la veta de la madera produce según el ángulo. Después de terminar cada pieza, Rabaj las gira despacio para encontrar su mejor orientación. Es un detalle que revela su filosofía, pues incluso lo que parece simétrico tiene matices, direcciones preferidas, un lado más luminoso.
En pleno carnaval de asimetrías, la geometría de Rabaj propone un orden que no es rigidez sino atención, una simetría que enmarca la particularidad, que en tiempos de depredación de bosques y pueblos crea belleza con paciencia, un acto profundamente político. Cada corte de su estilete es una pequeña victoria contra el caos, cada pieza ensamblada una promesa de que todavía es posible hacer cosas que duren, que signifiquen, que honren tanto la madera como la memoria.
La exposición “Arte de Taracea” de Tito Rabaj, estará disponible en la galería de la Casa de la Cultura hasta el 14 de febrero.
Rabbah Arte Madera: mosaicos decorativos de madera natural
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