Mamani Mamani: “En la noche soy un katari que pinta”
En una conversación íntima, el artista boliviano revela sus rituales creativos, su postura ante la inteligencia artificial y por qué la identidad cultural es su mayor fortaleza.
Son casi las nueve de la noche en Los Altos del Marqués. La inauguración ha terminado oficialmente hace rato, pero Mamani Mamani sigue ahí, incansable, firmando catálogos, posando para selfies, abrazando a desconocidos que se acercan como si saludaran a un viejo amigo. Una señora le pide que le dedique una reproducción, un grupo de jóvenes quiere fotografiarse con él frente a uno de los cuadros más grandes. El artista accede a todo con una sonrisa generosa.
Finalmente, pasadas las diez, nos sentamos en una mesa de Los Altos del Marqués, rodeados por sus obras que parecen irradiar luz propia. Mamani Mamani viste una camisa serigrafiada con su arte, y sus ojos brillan con intensidad.
La entrevista apenas comienza cuando aparece Roxana Arias, artista y amiga del pintor. El reencuentro es efusivo, lleno de bromas y reproches cariñosos.
“¡Este infiel!”, exclama ella con complicidad. “Le dije a las seis nos vemos y llegó a las siete. Una hora me tuvo ahí abajo”. Mamani Mamani ríe. “Estaba duchando, estaba cantando unas coplas”, se defiende sin mucha convicción.

Roxana se queda, se va, vuelve. La conversación fluye entre interrupciones, llamadas telefónicas, visitas de última hora. Pero precisamente esa dinámica revela esa capacidad del artista para estar presente en múltiples lugares simultáneamente, como si fuera varios seres a la vez.
—¿Cómo se encontró con Mamani Mamani en su vida?
—Ese es un encuentrazo de identidad. Mi nombre es Roberto Aguilar Quisberg. Mi padre cambió los apellidos para ser aceptado, para que no nos discriminaran en la escuela, en la sociedad. Por los años sesenta y setenta había un racismo invisible, peor que ahora que está visibilizado. Cuando yo tenía diez, doce años, ya empezando a vender mis cuadros, dije: “Yo quiero rescatar los apellidos de mis abuelos, de Juana Mamani y de Carlos Mamani”. Y así nació Mamani Mamani. Hasta el nombre quería cambiar, como Tupac. Mis hijos se llaman Illimani, Amaru, Maya, todos nombres aymaras.
Su voz se llena de orgullo cuando habla de esto. Se detiene, mira hacia las obras que nos rodean.
—Nos han hecho odiar nuestros nombres, nuestros apellidos. Por eso yo recupero y me siento orgulloso de llevar estos apellidos. Esa es mi fortaleza y mi coraza.
La conversación deriva naturalmente hacia su proceso creativo. Le pregunto sobre su rutina de trabajo, sobre cómo encuentra los colores que explotan en sus lienzos.
—En la mañana doy talleres, trabajo, interactúo con la gente. En las tardes tengo reuniones, siempre dibujando algo. Pero en la noche ya nadie me molesta. Pongo mi morenada, y ahí estoy solo: yo, el universo, mi espacio y mi mundo. Me acompaña mucho la soledad, no la soledad de estar solo, sino la soledad de estar tranquilo creando.
Sus palabras evocan la imagen de su abuela, a quien recuerda mirando el Illimani a las cuatro de la tarde, pijchando coca y fumando, en diálogo con las montañas. “Era su situación de encontrarse con ella misma y eso era mágico”, dice.

Comento su exposición. Entre tantas composiciones coloridas, resaltan cinco dibujos eróticos.
—Hay tanto color que resulta cegador, y luego esos cinco dibujos son como volver a mirar otra vez. Ahí está el erotismo, una de las sustancias más fuertes del arte.
Mamani Mamani asiente con entusiasmo.
—Sí, yo soy muy erótico. El erotismo va acompañado de la fertilidad, de la fecundidad, de la Pachamama. Si ves ahí las grandes obras, están con la matriz floreciendo. El pintar, el hacer arte es un acto de amor. Es el nacimiento del enamoramiento, de la fertilidad. Si no, pues nos acabaríamos.
Él también escribe y compone música. Tiene más de doscientas canciones.
—Sí, saqué mi primer disco de morenadas, llameradas, cuecas. No soy músico, pero grabo en mi celular y con David Portillo hace los arreglos. También va con la cosmovisión andina, con formas de ver diferente el mundo. Falta hacer los videos, y esperamos la gloria de la inmortalidad.
Ríe al decir esta última grandilocuencia, que no le importa demasiado. Pregunto sobre la inteligencia artificial. Su respuesta es categórica y revela una preocupación profunda.
—Yo no estoy de acuerdo con la IA, pero estoy de acuerdo con los clones. Quisiera que haya varios clones: uno que pinte, otro que haga escultura, otro que componga, otro que viaje, y yo me quedo con las ñustas. La IA puede ser tan inteligente, capaz de hacer cuadros como los de Mamani Mamani, pero nunca le va a dar el toque del sentimiento. No tiene la mirada subjetiva del artista. Cuando el artista pinta, de repente toca el amarillo ahí y la mano naturalmente se va a otro lado. La IA no tiene ajayu, no tiene espíritu. Es vacía.
Comento un encuentro donde representantes de los pueblos guaraní, weenhayek y tapieté plantearon sus inquietudes.
—Decían: “Nosotros tenemos la inteligencia ancestral, y nos preocupa que todos quieren la inteligencia artificial. Cuando le preguntamos cosas, nosotros no estamos ahí, no nos conoce. Es otra manera en que nos quieren hacer desaparecer”.
Mamani Mamani asiente con vehemencia.
—Vivimos en una sociedad tan acelerada que nos olvidamos de quiénes somos, de nuestros mayores, de nuestra ancestralidad, de cómo vivir en armonía con la tierra. Esos elementos, esas ceremonias tan simples de agradecer, de caminar juntos, de hablar como estamos conversando, tomándose un vino. Eso la IA no lo tiene.
Le pregunto sobre su técnica preferida. Sus ojos se iluminan.
—Me gusta mucho el dibujo. Todas mis obras empiezo con el dibujo. Hay otros artistas que ponen directamente el color, pero yo soy dibujante. Desde niño pintaba con el carbón que mi madre usaba para cocinar con leña. Eran mis lápices apreciados. Hasta ahora los aprecio. Para mí es una joya encontrar un carbón y decir qué cosas puedo hacer con eso.
La charla se interrumpe nuevamente. Llegan más visitantes rezagados. Una pareja joven quiere tomarse una foto. Mamani Mamani se levanta, posa, firma, conversa. Cuando regresa, retomamos donde quedamos.
—Algunas de sus obras son muy caras. ¿Cómo determina el precio?
—El primero es la gente que te sigue, el público, la respuesta. Puede ser coleccionista o no, es el encuentro entre quién lo ve y el que crea. Eso va formándose. Empecé como todo artista joven, diez dólares, tal vez cinco dólares, y va creciendo como una bola de nieve. Son ellos los que hacen el empuje.
Su vida ha sido intensa, diversa, llena de encuentros. Hijo de un vendedor de maní y papas fritas, recorrió Bolivia entera de niño, asistiendo a festivales, ferias, espectáculos culturales y deportivos. Estudió en Oruro, Potosí, La Paz, Cochabamba. Conoció a Jorge Cafrune y a Sandro mientras vendía sus propias obras infantiles.
—He tenido una niñez de lucha, como tantas familias. Todo eso ha alimentado mi espíritu creativo y ha pesado hasta ahora. Me ha llevado por estos caminos de conocer gente que va por el mismo lado.
—¿Dónde vive ahora? ¿Por qué no se queda en Tarija, que tanto le gusta?
—Vivo en La Paz. Siempre conozco lugares donde digo quisiera quedarme acá. Voy mucho a Veracruz, cerca del mar, es un paraíso. Voy a Japón que tiene su encanto. Pero hay algo que te llama. Te llaman las montañas, te llaman los espíritus de tus padres. Olvidas toda la felicidad que puedes sentir y vuelves. La Paz es la tierra de mis padres, de mis abuelos, la tierra de la ancestralidad. Para mí La Paz es para que pintes, escribas, con los Andes. Cochabamba y Tarija son para disfrutar, comer. Y el trópico es para tener hijos, por el calor, por la energía.
Ríe con picardía. Luego, la conversación toma un sesgo político cuando pregunto sobre el ciclo del MAS y su fin. Su respuesta es matizada, equilibrada.
—Hay cosas bien importantes que se han construido, pero también ha habido desastres. Para mí, ser un país plurinacional es un logro, porque es un respeto a todas las naciones. Entrar a un estado de descolonización y despatriarcalización, en teoría es bueno. No hay ningún estado en el mundo que toque esos temas. Y el estado laico, que no oficialice una religión, me parece fundamental. Tienes la libertad de creer en lo que crees. El arte es la libertad plena de hacer las cosas.
Hace una pausa, reflexiona.

—Ahora tenemos que seguir encontrando una política en base a nuestras culturas, construir entre todos un planteamiento donde todos estemos conformes. Si no, va a ser una lucha permanente. Nunca aprendemos de tantas barbaridades, de tantos deslindes. Somos como estados fallidos que no resuelven esos problemas. Por eso tengo una serie de niños cóndores, niñas águilas, niños kataris. Ellos, nuestros hijos y nietos, tienen que aprender estas cosmovisiones y ver de qué mejor manera conducir esto.
Pasadas las once de la noche, la galería está casi vacía. Apenas cenamos vino y un par de bocadillos. Pregunto si quiere añadir algo. Piensa y luego habla con intensidad renovada.
—La identidad para mí vale cien veces más. Nosotros tenemos tanta identidad. La identidad es nuestra coraza y nuestra fortaleza ante el mundo. Esa es la fuerza que a veces no queremos reconocer.
Me mira directamente a los ojos.
—Me dicen: “¿Qué fumas? ¿Qué tomas para encontrar esos colores?” Y yo creo que es el encuentro contigo mismo. Ahí sale lo mejor. Mi abuela miraba el Illimani a las cuatro de la tarde, sacaba sus hojas de coca y su cigarrito, fumaba agradeciendo. Estaba en esa energía de diálogo con las montañas. Era su situación de encontrarse con ella misma.
Se levanta, estira los brazos. Han sido casi dos horas de conversación interrumpida, de ir y venir, de risas y reflexiones profundas.
—Mamani Mamani en la mañana es un mallku, un cóndor que vuela todas las montañas. A mediodía soy un chachapuma, un hombre puma, un dios guerrero. En la noche soy un katari que llega a su espacio y empieza a inspirarse, a pintar, a componer, a dibujar. Eso es Mamani Mamani, mi forma de vida.
Todavía tiene energía para un rato más, para conversar con los últimos visitantes que merodean la galería. Yo salgo a la noche con la cabeza llena de montañas, de espíritus ancestrales, de colores con los que Mamani Mamani lleva la energía de los Andes a todas las ciudades del mundo.





