Rosario Molina Mitru expuso el alma tarijeña en “Raíces del Corazón”
La reconocida muralista y artista plástica presentó una retrospectiva intimista que fusiona óleo, mosaico y materiales recuperados en un diálogo profundo entre lo terrenal y lo espiritual.
En el silencio de una sala de exposiciones, el color habla. Las texturas respiran. Y el mosaico, ese arte ancestral que Rosario Molina Mitru domina con maestría internacional, se convierte en lenguaje del alma. “Raíces del Corazón” no es simplemente una muestra artística: es un viaje introspectivo por los territorios más íntimos de la experiencia humana, traducidos en óleo, mosaico, escultura y ensamblajes que desafían la mirada convencional.
Nacida en Tarija en 1968, licenciada en Economía y con maestría en Preparación y Evaluación de Proyectos de Inversión, Molina Mitru representa un caso singular en el panorama artístico boliviano: la transformación de una profesional exitosa en una creadora que ha llevado el nombre de Bolivia a bienales internacionales. Su encuentro con el maestro muralista Omar Brachetti en 2012 cambió su vida, permitiéndole incursionar en el muralismo y el mosaiquismo, técnicas que la posicionaron como delegada en Bolivia del movimiento muralístico Italo Grassi.
Ha participado en la Bienal Internacional de Arte Miramar en Buenos Aires, dejó un mural en mosaico en el parque de murales, y representó a Bolivia en el Primer Encuentro Internacional de Muralismo y Arte Público en Sudáfrica en 2013. Su trayectoria internacional contrasta con la intimidad de esta exposición, donde cada obra funciona como una confesión visual, un territorio donde lo simbólico y lo material se funden en busca de lo esencial.
En “Cosecha del Alma”, un óleo sobre lienzo que abre el recorrido conceptual de la muestra, los frutos se transforman en metáforas del interior humano. Cada color y textura refleja etapas de la vida, emociones maduras que florecen cuando el alma se cultiva con paciencia. La obra transmite serenidad y gratitud, recordando que el tiempo interior, como el de la tierra, tiene sus propios ciclos de florecimiento.
El mosaico, técnica que Molina Mitru ha perfeccionado en escenarios internacionales, alcanza su máxima expresión poética en piezas como “Vínculo”, donde dos manos unidas forman un corazón, celebrando la diversidad que nos une. En “Vínculo Eterno - Latidos Entrelazados 1”, la artista rinde homenaje a la relación madre-hijo: el corazón grande simboliza a la madre como fuente de vida, mientras el corazón pequeño, nacido de su interior, refleja la unión eterna que trasciende tiempo y espacio.
La incorporación del pan de oro en obras como “Amanecer del Alma” y “Yo Soy Vid” añade una dimensión espiritual que dialoga con la tradición del arte sacro. En “Yo Soy Vid”, el mosaico sobre madera se convierte en símbolo de conexión y permanencia: cada fragmento representa la savia que fluye, la energía vital que une tierra, luz y espíritu. El dorado evoca lo divino, mientras los racimos de color simbolizan los frutos que brotan de la fe y el esfuerzo constante.
La exposición alcanza su punto más experimental en “Metamorfosis Social”, un ensamblaje escultórico con materiales recuperados que reflexiona sobre cómo las sociedades se reconstruyen. Molina Mitru se entrega al arte con alma, vida y corazón, siendo exigente consigo misma como única forma de lograr sus objetivos, y esta pieza lo demuestra: fragmentos, huesos, piedras y texturas irregulares conforman un tejido social donde cada individuo representa una pieza única de un todo cambiante.
“Incandescencia”, un tríptico abstracto sobre madera, captura la máxima liberación de energía a través del color. La paleta de rojos, naranjas y amarillos ardientes evoca el estado físico de la materia al emitir luz propia, representando una pasión tan intensa que resplandece desde el lienzo y crea un poderoso contraste con el fondo oscuro.
“Raíces del Corazón” confirma la madurez artística de una creadora que ha sabido transitar del realismo regional hacia territorios más abstractos y simbólicos, sin perder nunca la conexión con lo humano, lo sensible, lo profundamente tarijeño. En cada obra late la convicción de que el arte, cuando nace desde la autenticidad, tiene el poder de transformar la mirada y sembrar inspiración en otros.
La exposición invita a contemplar el arte no como objeto decorativo sino como experiencia transformadora, donde el color, la forma y la textura se convierten en puentes hacia territorios interiores que todos habitamos, pero pocos nos atrevemos a nombrar.





