Enoturismo en Tarija, entre tradición vinícola y responsabilidad social pendiente
Este domingo 10 de noviembre se celebra el Día Mundial del Enoturismo, fecha perfecta para pensar el modelo turístico que Tarija quiere desarrollar, más allá de la “rochada etílica” que distorsiona a la juventud y la identidad regional.
Cada segundo domingo de noviembre se celebra el Día Mundial del Enoturismo, una iniciativa creada en 2009 por la Red Europea de Ciudades del Vino (RECEVIN) que se convirtió en celebración mundial desde 2019. Para Tarija, cuna del vino y el singani, la fecha es motivo de celebración y profunda reflexión sobre el tipo de turismo enológico que queremos.
El enoturismo que tenemos
Tarija cuenta con una infraestructura enoturística consolidada: bodegas emblemáticas como Kohlberg, Aranjuez, Casa Real y Campos de Solana reciben visitantes con tours guiados, degustaciones profesionales y maridajes con gastronomía local. El Festival de la Vendimia en marzo atrae turistas nacionales e internacionales, y la Ruta del Vino se extiende por la campiña chapaca ofreciendo experiencias que combinan cultura, paisaje y enología.
También existe un universo menos explorado de bodegas artesanales. Bodega Barbacana en El Portillo, Bodega Daroca en Miraflores, La Angostura, Sausini, El Manantial, La Victoria y Bodegas Magnus, entre tantas, representan el espíritu auténtico de producción familiar y experiencias íntimas conociendo a los productores y sus métodos tradicionales. Estas bodegas, menos visitadas, ofrecen precisamente lo que el turismo enológico contemporáneo busca: la posibilidad de entender el vino como patrimonio cultural y no solo como producto de consumo.
El enoturismo que NO queremos
En las estadísticas, Tarija ocupa el primer lugar en consumo de bebidas alcohólicas a nivel nacional: el 73,9% de tarijeños ha consumido alcohol en algún momento de su vida, el 54,4% en los últimos 12 meses y el 31,2% en los últimos 30 días. Un estudio del Instituto Intraid reveló que la edad promedio de inicio del consumo en Tarija está entre los 13 y 14 años, y en algunos casos incluso antes.
Mientras el IV Estudio Nacional de Prevalencia (2023) muestra una tendencia nacional a la baja en el consumo juvenil, Tarija mantiene indicadores elevados. Un estudio de diciembre 2024 del Comité de Prevención revela que el 30% de adolescentes tarijeños ha recibido ofertas de sustancias ilegales y un 10% admitió haber consumido al menos una vez.
Es común que jóvenes de otras ciudades bolivianas vengan específicamente “a tomar”, aprovechando la oferta alcohólica y la permisividad social. Los accidentes de tránsito vinculados al alcohol, las intoxicaciones en fiestas y las muertes asociadas al consumo irresponsable contradicen brutalmente la imagen refinada del enoturismo.
En una distorsión semántica juvenil, muchos estudiantes se “rochan” para practicar un “enoturismo” descontrolado, imagen cada vez más frecuente en las calles y espacios públicos de la ciudad. Pero quedar botado en cualquier esquina no es enoturismo, como tampoco lo es perderse la fiesta porque en la previa se acabó el aguante y la siguiente parada es, con suerte, el hospital. ¿Cómo podemos distinguir cultura y enoturismo de alcoholismo precoz disfrazado de tradición?
Redefinir el modelo
El enoturismo implica educación sobre los procesos: elaboración, apreciación sensorial, maridaje gastronómico, comprensión del terroir y consumo responsable. Las catas profesionales enseñan a distinguir aromas, identificar cuerpos y apreciar la complejidad organoléptica de una bebida trabajada durante meses o años. El enoturismo conecta con la historia agrícola de una región, con las familias productoras, con la identidad cultural de un territorio.
En contraparte, el turismo de borrachera ha convertido ciertas zonas de Tarija en destinos de consumo masivo y descontrolado, mientras las autoridades municipales y departamentales todavía no se plantean si el visitante “vino para quedarse” porque aquí se produce el mejor vino y se puede degustar con tranquilidad. Diferencia fundamental.
Las bodegas menos conocidas de Tarija ofrecen modelos interesantes, con experiencias educativas enfocadas en comprender el proceso artesanal. Se trata de conversar y aprender de productores que dedican generaciones al cultivo de la vid, y entender por qué un vino sabe al suelo donde creció la uva.
Este enoturismo genera economía sostenible, preserva tradiciones, educa a visitantes y locales por igual, respeta el producto, valora el trabajo agrícola, y comprende la diferencia entre “echar unos tragos” y degustar.
Podemos seguir siendo cómplices del consumo irresponsable que enferma a las chapacas y chapacos de hoy y del futuro, o que mata a nuestros visitantes. También podemos ponerle pienso y desarrollar una cultura inteligente.
Tarija ya recorrió una buena parte de la ruta. Solo falta el trecho de consolidación, al final del cual no somos líderes en estadísticas nacionales de alcoholismo juvenil de todas las clases, o el destino favorito de la borrachera mundial con pretensiones turísticas. ¡Salud!





