El eco de una risa rota: hablar de suicidio en Tarija y en Bolivia
Un actor, un poema y una estadística que duele nos recuerdan que el suicidio no es un secreto individual, sino una herida social que no podemos seguir ignorando.
En Tarija, solo en lo que va de 2025, 33 personas se han quitado la vida y 54 lo han intentado, la mayoría entre los 20 y 25 años. Son números fríos, pero detrás de cada uno hay historias que interpelan: ¿qué está fallando en una sociedad donde la juventud, en vez de encontrar horizontes, choca con muros invisibles?
Hablar de suicidio no es fácil. Lo atraviesan silencios, tabúes, prejuicios y estigmas. Se lo confunde con debilidad, se lo carga de culpas, se lo evita en las sobremesas. Pero el suicidio, como recomienda la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio, necesita que cambiemos la narrativa. No es un acto de cobardía ni una estadística lejana: es una llamada de atención social, un espejo que nos devuelve nuestras propias fallas colectivas.
El poema de las máscaras
El actor guatemalteco Eduardo Dabura, que vivió toda su vida en la ciudad de Cochabamba donde fue una figura emblemática de las tablas, interpretó con maestría el poema Reír Llorando, de Juan de Dios Peza. Ese texto, que parece escrito para estos tiempos, desnuda la paradoja del suicidio: el dolor escondido detrás de la risa pública. “Yo soy Garrick, cambiadme la receta”, clama el actor del poema, recordándonos que muchas veces quien hace reír a todos es quien más sufre en silencio.
La historia de Dabura, un artista que terminó su vida por mano propia, resuena como eco de esas palabras. Su talento y su sensibilidad fueron también un recordatorio de que, en sociedades que presionan, que demandan éxitos constantes y que ofrecen pocas salidas emocionales, los más sensibles suelen cargar con el peso más grande.
¿Qué nos está diciendo la juventud?
Tarija y Bolivia no son una isla. La segunda causa de muerte en el mundo entre los 15 y 29 años es el suicidio. No hablamos de un problema aislado, sino de un síntoma global. Y aquí emergen las preguntas incómodas:
¿Vivimos en una sociedad demasiado machista, que obliga a los hombres a callar sus emociones y a las mujeres a cargar con culpas interminables?
¿Esperamos demasiado de los jóvenes, o más bien esperamos tan poco que sienten que su vida carece de sentido?
¿Qué brújula espiritual, cultural o comunitaria estamos ofreciendo para sostener a quienes buscan un norte?
El suicidio, en muchos casos, no es un “deseo de morir” sino un grito desesperado por dejar de sufrir. Esa diferencia en la narrativa lo cambia todo, porque abre la puerta a la empatía, a la prevención, a la necesidad de hablar sin miedo.
Romper la máscara
Hablar de suicidio no es empujar a más gente hacia él, como algunos temen. Es, más bien, abrir la puerta al alivio, al diálogo y al cuidado. Es romper la máscara de Garrick, de Dabura, de tantos jóvenes que ríen en las fotos de redes sociales mientras cargan tormentas por dentro.
La tarea es colectiva: escuelas que hablen de emociones, medios que rompan el silencio sin sensacionalismo, familias que escuchen sin juzgar, comunidades que dejen de esconder lo incómodo. Porque, como el poema advierte, muchas veces el alma llora mientras el rostro ríe.





