Bibi Urquidi, el amor interminable de Rodrigo Paz
Urquidi y Paz han encarnado por más de 30 años la solidez de una familia tradicional cuya autenticidad ha sido clave en esta campaña, la última de un largo recorrido
Rodrigo Paz Pereira lanzó su campaña en un coliseo cerrado del Plan 3.000 una calurosa noche de sábado de final de verano en Santa Cruz. Envuelta en sudor en la primera fila, los ojos castaños brillantes de Bibi Urquidi comunicaban más fe que el propio candidato, que para entonces no tenía ni sigla, ni compañero de fórmula y apenas una estrategia que se basaba en post cortos y casuales en Instagram y TikTok en los que después de algún evento casual con roce popular en algún lugar del planeta Bolivia cerraba con un: “se vienen tiempos mejores”.
Bibi se llama en realidad María Elena, la mayor de cuatro hermanas, tres de ellas casadas con tarijeños. Es paceña pero podría ser de cualquier lado: Procede de una familia de estirpe política, los Tezanos Pinto, que han ocupado cargos relevantes en las democracias de media docena de países del continente y que en Bolivia emparentó con los Urquidi. Conoció a Rodrigo Paz en la juventud y afianzaron la relación en los últimos años de su formación universitaria en España y Estados Unidos.
Siempre esbelta, siempre elegante, pendiente de los complementos y amante de las nuevas tendencias – rápidamente captó el arte de las Diablas tarijeñas que ahora triunfan en medio mundo -. Siempre sonriente y discreta. La blusa blanca y los jeans gastados se han convertido en su “uniforme oficial” de campaña en este 2025, donde se ha volcado más que nunca junto al resto de la familia en apoyar al candidato no solo en sus discursos, sino en apuntalar el mensaje que trataba de comunicar y que, dados los resultados, lo ha conseguido: fe, familia, experiencia, humildad, un mensaje auténtico y sin estridencias.
La de 2025 ha sido la primera campaña donde se ha expuesto, pero no es la primera en la que lo acompaña. Bibi siempre ha estado presente en las aventuras de Rodrigo Paz en las que lleva envuelto desde el primer minuto de su vida: Nació en Santiago de Compostela (España) el 22 de septiembre de 1967 durante uno de los primeros exilios de su padre Jaime, núcleo irradiador del primer MIR, vicepresidente de la UDP de Siles Zuazo en el 82 y presidente en solitario en el 89.
Bibi, sólida economista con formación internacional, sabía lo que elegía y lo hizo con decisión. Aunque Rodrigo Paz tuvo un efímero paso por la empresa privada tras completar estudios en Estados Unidos, fue electo diputado en 2002 y tanto él, como Jaime, como Bibi y como todos los que lo rodeaban, sabían que había nacido para esto.
En 2010 puso rumbo a Tarija donde Bibi asumió el rol de sostén de una familia que alumbró a cuatro hijos – tres mujeres y un varón – que no le impidió desarrollar su profesión. Paz se comprometió a fondo en ese esquema. La imagen de familia sólida casi idílica generó siempre mucho magnetismo, algunos celos, algunas incredulidades, pero mantuvieron siempre el control sobre su privacidad.
Paz fue presidente del Concejo Municipal de Tarija cinco años y alcalde, por la pandemia, casi seis. Cuentan que a Bibi se le hizo largo y que nunca estuvo demasiado cómoda en Tarija, el lugar ideal para criar niños, pero con menos comodidades, escasa vida cultural y pocas experiencias de élite. Paz llegó a la madurez en plena forma física y hoy sigue “rompiendo corazones” incluso en esos discursos donde siempre encuentra unas palabras románticas para dedicarle a su esposa. La solidez de la relación sigue hoy a prueba de bombas. El video de campaña con Paz y Bibi tumbados en la cama mientras la “jefa de campaña” plancha la ropa en la esquina es uno de los más virales de la historia de Bolivia.
Paz y Urquidi afrontan estos días tal vez su último desafío en política. O tal vez el primero de sus intentos: alcanzar la presidencia del país después de 34 años juntos. Una elección que se define en las redes y donde la autenticidad, de nuevo, es la clave.








