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Vida en Familia especial Todos Santos

Cómo hablar de la muerte con los niños: romper el tabú desde la infancia

Todos Santos puede ser una oportunidad para enseñar a los más pequeños a comprender la pérdida, expresar sus emociones y recordar a quienes ya no están. Ocultar la muerte no evita el dolor: acompañar, explicar con claridad y escuchar sus preguntas les ayuda a atravesarlo

Reportajes
  • Redacción Central / El País
  • 31/10/2026 00:00
Cómo hablar de la muerte con los niños: romper el tabú desde la infancia
Los niños pueden compartir los momentos de Todos Santos para conocer de sus familiares

La muerte forma parte de la vida, pero sigue siendo uno de los temas que más cuesta abordar en familia. Cuando fallece un abuelo, una abuela, un hermano o alguien cercano, los adultos suelen concentrar sus esfuerzos en gestionar su propio dolor y, al mismo tiempo, proteger a los niños de una noticia que consideran demasiado dura. A veces deciden no contarles lo sucedido, los alejan de los funerales o recurren a explicaciones que buscan suavizar la realidad.

La intención suele ser buena, pero el silencio no siempre protege. Los niños perciben los cambios en el ambiente familiar, escuchan conversaciones, observan el llanto y notan la ausencia de una persona importante. Cuando nadie les explica lo que ocurre, pueden construir sus propias respuestas, imaginar escenarios más inquietantes o incluso pensar que hicieron algo para provocar lo sucedido.

Hablar de la muerte no significa cargar a los niños con angustias que no les corresponden. Significa reconocer que también sienten, preguntan, extrañan y necesitan comprender. La forma de hacerlo dependerá de su edad, su desarrollo y la relación que tenían con la persona fallecida.

En Bolivia, Todos Santos ofrece un escenario particular para empezar esa conversación. Las familias preparan mesas, colocan fotografías, flores, alimentos y tantawawas, visitan los cementerios y recuerdan a sus seres queridos. Es una tradición que permite acercar a los niños a la memoria de quienes murieron, siempre que los adultos no den por hecho que ellos comprenden el significado de cada símbolo.

Todos santos: una oportunidad para hablar

La celebración de Todos Santos, cada 1 y 2 de noviembre, tiene una presencia importante en distintas regiones del país. En la tradición andina, la muerte se entiende como una transición y no necesariamente como una ruptura definitiva de los vínculos con quienes partieron. Las familias preparan mesas, reciben simbólicamente a las almas, comparten alimentos y acuden a los cementerios para recordar a sus difuntos.

Las fotografías, las velas, las flores, las comidas que gustaban al fallecido y las figuras de pan tienen significados que varían según las comunidades y las costumbres familiares. Las tantawawas, las escaleras y otros elementos de las mesas forman parte de ese lenguaje simbólico que se transmite entre generaciones.

Para los niños, participar en estas prácticas puede ser una forma de acercarse a la historia familiar. Pueden ayudar a preparar la mesa, preguntar por las fotografías, conocer anécdotas de sus abuelos o acompañar a sus padres al cementerio. No es necesario apartarlos de estas actividades por considerar que son demasiado pequeños para comprenderlas.

Lo importante es explicarles qué están haciendo y por qué. Una familia puede contar que, según su tradición o sus creencias, en estos días se recuerda o se recibe simbólicamente a las almas de los seres queridos. También puede explicar que visitar una tumba, llevar flores o preparar una comida especial son maneras de expresar cariño y mantener vivo el recuerdo.

Las creencias religiosas y culturales forman parte de la educación familiar, pero conviene distinguirlas de la explicación concreta de la muerte. Si se dice a un niño que su abuelo regresará a casa, por ejemplo, puede esperar verlo aparecer físicamente. Por eso es importante aclarar que se trata de una forma de recordar y honrar a quien murió, y que su cuerpo ya no funciona ni puede volver a vivir.

La verdad, con palabras que puedan entender

Una de las primeras dificultades para los padres es encontrar las palabras adecuadas. Explicar que alguien ha muerto puede resultar doloroso incluso para los adultos, pero recurrir a expresiones ambiguas puede generar confusión.

Decir que una persona «se quedó dormida», «se fue de viaje», «está descansando» o «nos ha dejado» puede provocar interpretaciones equivocadas. Un niño pequeño podría temer irse a dormir, angustiarse cuando sus padres salen de casa o esperar que la persona fallecida regrese.

Es preferible utilizar palabras sencillas y directas, con ternura: «El abuelo murió. Su cuerpo dejó de funcionar y ya no puede volver». No hace falta ofrecer explicaciones médicas complejas ni describir detalles que el niño no ha pedido. La información debe ser suficiente para que comprenda lo sucedido y pueda preguntar.

La edad es una referencia importante. UNICEF señala que los menores de cinco años suelen tener dificultades para entender que la muerte es permanente. Pueden preguntar repetidamente cuándo volverá la persona fallecida o interpretar la ausencia como algo temporal.

Entre los seis y los once años, la comprensión de que la muerte es definitiva se va consolidando. También pueden aparecer temores sobre la posibilidad de que mueran otros familiares, preguntas sobre las causas del fallecimiento o sentimientos de culpa. En la adolescencia, la comprensión de la muerte es más cercana a la de los adultos, aunque las reacciones emocionales pueden ser intensas y diversas.

Estas edades son orientativas. Cada niño procesa la pérdida de manera diferente, según su madurez, sus experiencias y el vínculo que tenía con la persona fallecida.

No ocultar el dolor ni exigir que sean fuertes

Otro error frecuente consiste en intentar que los niños no vean llorar a los adultos. Se les pide que no estén tristes, se les distrae constantemente o se les dice que deben ser fuertes para no preocupar a los demás.

Pero el dolor no desaparece porque se esconda. Ver llorar a su madre, padre o abuelos no tiene por qué ser perjudicial si los adultos explican lo que sienten y transmiten seguridad. Se puede decir: «Estoy triste porque extraño mucho a la abuela. A veces los adultos también lloramos cuando alguien muere, pero estoy aquí contigo y vamos a cuidarnos».

De esa manera, el niño entiende que la tristeza es una reacción natural y que expresar emociones no es algo malo. También aprende que puede hablar de sus propios sentimientos sin temor a causar más sufrimiento a la familia.

El duelo infantil puede manifestarse de maneras que no siempre se reconocen como tristeza. Algunos niños lloran, otros se enfadan, se aíslan, pierden interés por actividades que antes disfrutaban o tienen dificultades para concentrarse. Los más pequeños pueden volver a comportamientos que ya habían superado, como pedir dormir acompañados o mojar la cama.

También es posible que jueguen o se distraigan poco después de recibir la noticia. Eso no significa que no les importe o que no estén sufriendo. Los niños pueden alternar momentos de tristeza con otros de normalidad porque todavía están aprendiendo a procesar lo que ocurrió.

Por eso, no hay que imponerles una manera determinada de vivir el duelo. Es mejor observar, escuchar y ofrecer espacios para hablar cuando lo necesiten.

¿Deben participar en los funerales y las despedidas?

Alejar automáticamente a los niños de los velorios, entierros o visitas al cementerio es una práctica extendida, pero no siempre es la mejor decisión. Los rituales permiten comprender que ocurrió una muerte, despedirse y compartir el dolor con otras personas que también querían al fallecido.

La participación debe ser voluntaria y adecuada a la edad. Antes de llevarlos, conviene explicar qué encontrarán: personas llorando, flores, rezos, un ataúd o una ceremonia religiosa. Es importante contarles qué sucederá y permitirles decidir si quieren asistir, sin obligarlos ni hacerles sentir culpables si prefieren no hacerlo.

Si participan, es recomendable que estén acompañados por un adulto de confianza que pueda atender sus preguntas y retirarse con ellos si se sienten incómodos. No deben quedar desatendidos mientras los demás adultos están ocupados con los preparativos o atravesando su propio duelo.

En Todos Santos, la visita al cementerio puede convertirse en un momento de recuerdo compartido. Llevar flores, limpiar una tumba, contar una anécdota o preparar el alimento que más gustaba al fallecido son formas de hacer que los niños participen de la memoria familiar.

También pueden dibujar, escribir una carta, elegir una fotografía o contar qué es lo que más extrañan de esa persona. No se trata de forzar una despedida, sino de ofrecerles maneras de expresar lo que sienten.

Recordar también es una forma de acompañar

La muerte no debería convertirse en un secreto familiar ni en una conversación reservada para los adultos. Los niños necesitan saber que pueden preguntar, recordar, llorar y hablar de las personas que ya no están. También necesitan comprender que la vida continúa y que no están solos mientras aprenden a convivir con la ausencia.

Todos Santos ofrece una oportunidad para transmitir esa enseñanza desde la cultura y las costumbres bolivianas. Preparar una mesa, compartir una historia, visitar una tumba o recordar una canción pueden convertirse en momentos de encuentro entre generaciones.

No se trata de eliminar la tristeza ni de encontrar una explicación que haga desaparecer el dolor. Se trata de enseñar que la muerte existe, que perder a alguien puede doler profundamente y que el cariño no desaparece con la ausencia.

Romper el tabú desde la infancia es permitir que los niños crezcan con herramientas para afrontar las pérdidas que, tarde o temprano, forman parte de la vida. Y, sobre todo, enseñarles que ante el dolor siempre pueden encontrar un adulto dispuesto a escucharles, explicarles y acompañarles.

Las preguntas difíciles también necesitan respuestas

Los niños pueden preguntar por qué murió alguien, dónde está ahora, si volverán a verlo o si también morirán sus padres. Algunas preguntas pueden resultar incómodas, especialmente cuando la muerte fue inesperada, violenta o afectó a una persona joven.

La recomendación es responder con honestidad, sin anticipar explicaciones innecesarias. Si no se conoce la causa de un fallecimiento, es mejor reconocerlo que inventar una respuesta. Si la muerte se produjo por una enfermedad, se puede explicar de manera sencilla qué ocurrió, evitando detalles que puedan asustar.

Una preocupación especialmente importante es la culpa. Los niños pueden creer que una discusión, una travesura o un pensamiento negativo provocaron la muerte de alguien. Es necesario preguntarles si sienten que tuvieron alguna responsabilidad y aclararles que no hicieron nada para que sucediera.

También pueden desarrollar miedo a perder a otras personas cercanas. En esos casos, conviene evitar promesas imposibles como «nunca nos va a pasar nada». Es más útil transmitirles que los adultos hacen lo posible por cuidarlos y que siempre tendrán a alguien con quien hablar y recibir protección.

No hay que apresurarse a cerrar la conversación. Algunas preguntas aparecerán días o semanas después, cuando el niño haya tenido tiempo de asimilar la noticia. Escuchar con paciencia es tan importante como encontrar las palabras adecuadas.

Cuándo buscar ayuda

La mayoría de los niños puede atravesar el duelo con el acompañamiento de su familia y de las personas cercanas. Sin embargo, hay situaciones en las que el sufrimiento se prolonga o afecta de manera importante su vida cotidiana.

El aislamiento persistente, los cambios intensos de conducta, las dificultades prolongadas para dormir, el rechazo a volver a la escuela, la pérdida de interés por actividades habituales o las expresiones reiteradas de culpa son señales que merecen atención. También deben tomarse en serio las frases relacionadas con no querer vivir, hacerse daño o reunirse con la persona fallecida.

No se debe asumir que todo forma parte del duelo ni esperar a que el problema desaparezca por sí solo. Consultar con un profesional de salud mental infantil puede ayudar a comprender lo que ocurre y encontrar herramientas para acompañar al niño.

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