Vida en familia - Adolescencia
Tomar para encajar: por qué el alcohol no es solo una decisión personal
Entre los 13 y los 15 años, la necesidad de pertenecer al grupo puede influir en el acercamiento al alcohol, pero en Bolivia se mantiene hasta bien entrada la juventud. La familia, la escuela y el entorno social tienen un papel decisivo para prevenir el consumo y ayudar a los adolescentes a tomar su
Hay una edad en la que decir que no puede resultar más difícil que aceptar una invitación. Una fiesta, una reunión de amigos o una celebración familiar se convierten en escenarios donde algunos adolescentes sienten que deben demostrar que ya son mayores. Si los demás beben, rechazar una copa puede hacerles temer que los consideren aburridos, inmaduros o diferentes. En ocasiones, no se trata tanto de querer beber como de no querer quedarse fuera.
En Bolivia, esta preocupación tiene una referencia cercana. Un estudio presentado en diciembre de 2024 por el Comité de Prevención del Consumo de Alcohol y Drogas de Tarija, con elaboración y tabulación del Centro Estadístico de la Universidad Privada Domingo Savio (UPDS), reunió 1.398 encuestas y situó entre los 13 y los 15 años el inicio del consumo en Cercado, tanto en varones como en mujeres. Entre las razones señaladas aparecía la necesidad de aceptación dentro del grupo social.
El dato merece atención. No significa que todos los adolescentes empiecen a beber a esa edad ni que el consumo siga un patrón idéntico en todas las familias. Sí invita a prestar atención a una etapa en la que cambian las relaciones, aumenta la búsqueda de autonomía y la opinión de los amigos puede adquirir un peso especial.
No siempre se bebe porque se quiere
La profesora universitaria M.ª Isabel Amor, en un artículo publicado originalmente en The Conversation, plantea que el consumo de alcohol entre los jóvenes no puede explicarse únicamente como una decisión individual. Su investigación, realizada con 924 estudiantes universitarios, examinó la relación entre el consumo de alcohol y otras sustancias, y factores personales, familiares y sociales.
Aunque ese trabajo se centra en universitarios y no debe trasladarse automáticamente a los adolescentes bolivianos, su planteamiento ayuda a comprender una cuestión fundamental: las decisiones individuales se toman dentro de un entorno que puede favorecer o desalentar determinadas conductas.
Cuando un joven asocia el alcohol con diversión, desinhibición, popularidad o capacidad para relacionarse, la bebida adquiere un significado que va más allá de sus efectos físicos. Puede convertirse en una especie de contraseña para participar en la vida social. Si el grupo considera normal beber, quien se abstiene puede sentir que necesita justificar su decisión.
La presión no siempre se manifiesta en una invitación directa o en una burla. A veces basta con observar que todos los demás lo hacen. También puede aparecer en comentarios como «no seas niño», «solo es una copa» o «todos toman». Para un adolescente que todavía está construyendo su identidad, estas situaciones pueden resultar difíciles de manejar.
Por eso, conocer los riesgos del alcohol no siempre basta para evitar su consumo. La información pierde fuerza cuando el entorno transmite un mensaje contrario y presenta la bebida como una condición para divertirse, celebrar o ser aceptado.
Tarija y la normalización del alcohol
Tarija ofrece un contexto particular para abordar este asunto. Las reuniones familiares, las peñas, las fiestas populares y las celebraciones forman parte de una vida social intensa. En muchos de estos espacios, el alcohol está presente y su consumo se considera una práctica adulta habitual.
Eso no convierte las tradiciones ni las celebraciones en un problema por sí mismas. La cuestión aparece cuando la presencia cotidiana de las bebidas dificulta reconocer los riesgos del consumo temprano o transmite a los menores que beber es una conducta esperable para integrarse.
Los adolescentes observan cómo se comportan los adultos, qué lugar ocupa el alcohol en las reuniones y cómo reaccionan los mayores cuando alguien decide no beber. Aprenden también de las contradicciones: pedirles que no consuman mientras se presenta la bebida como indispensable para festejar puede debilitar el mensaje preventivo.
El acceso a las bebidas es otro elemento que debe considerarse. La Ley 259, de Control al Expendio y Consumo de Bebidas Alcohólicas, prohíbe la venta de alcohol a menores de 18 años. Su cumplimiento exige responsabilidad de los establecimientos, controles de las autoridades y compromiso de la comunidad. No basta con advertir a los adolescentes sobre los riesgos si, al mismo tiempo, pueden conseguir bebidas con facilidad.
La prevención tampoco debería limitarse a los grandes operativos después de una fiesta o a las campañas que aparecen cuando se produce un incidente. Requiere un trabajo sostenido en los hogares, las unidades educativas y los espacios de encuentro juvenil.
La familia sigue siendo importante
La influencia familiar no desaparece cuando los hijos empiezan a buscar mayor independencia. Cambia de forma. Durante la adolescencia, los padres quizá ya no puedan decidir con quién se relacionan sus hijos o qué conversaciones mantienen, pero sí pueden ofrecer herramientas para afrontar situaciones difíciles.
El estudio nacional sobre consumo de sustancias en estudiantes de secundaria, publicado en 2023 a partir de una encuesta realizada en 2018 a 7.931 alumnos, encontró que el 26,4% había consumido alcohol durante los 30 días anteriores a la encuesta. También identificó asociaciones entre un menor apoyo parental y algunos indicadores de problemas relacionados con el consumo.
Estas cifras corresponden a una investigación de 2018 y no describen necesariamente la situación actual. Sin embargo, permiten dimensionar el problema y respaldan la importancia de prestar atención al acompañamiento familiar. Las asociaciones observadas no prueban que la falta de apoyo sea por sí sola la causa del consumo, pero sí muestran que el entorno familiar forma parte de la realidad que debe analizarse.
Acompañar no significa vigilar cada movimiento, prohibir toda relación social o convertir las conversaciones en interrogatorios. Significa construir una relación en la que los adolescentes puedan hablar de sus experiencias, reconocer sus dudas y pedir ayuda sin temer automáticamente una humillación o una reacción desproporcionada.
También importa el ejemplo. Si en casa el alcohol se utiliza habitualmente para aliviar el estrés, afrontar las dificultades o celebrar cualquier acontecimiento, el adolescente puede incorporar ese comportamiento como una forma normal de gestionar las emociones. Los adultos no necesitan presentarse como perfectos, pero sí ser coherentes al explicar los límites y los riesgos.
Enseñar a decir que no
Una estrategia preventiva útil consiste en ayudar a los jóvenes a prepararse para situaciones concretas. Decir que no puede parecer sencillo desde la perspectiva adulta, pero resulta más difícil cuando se teme perder amistades o quedar excluido.
La familia puede conversar sobre qué harían si alguien les ofrece alcohol, si todos sus amigos empiezan a beber o si sienten presión para participar. Ensayar respuestas breves, como «no quiero», «mañana tengo que levantarme temprano» o «prefiero otra cosa», permite comprobar que existen maneras de rechazar una invitación sin entrar en una discusión.
Lo importante es que comprendan que no necesitan ofrecer una explicación extensa ni demostrar nada a sus compañeros. También deben saber que pueden abandonar una situación incómoda, llamar a un adulto de confianza y pedir ayuda si alguien se encuentra en peligro.
Estas conversaciones funcionan mejor cuando empiezan antes de que aparezca el primer problema. Esperar hasta descubrir que un hijo ha bebido en una fiesta puede convertir el diálogo en una reacción tardía, dominada por el miedo y el enojo.
Si el consumo ya se ha producido, la respuesta debe combinar límites claros y escucha. Conviene averiguar qué ocurrió, cuánto se conoce de la situación y si existen riesgos inmediatos. La intoxicación, la pérdida de conciencia o las dificultades para respirar requieren atención médica urgente. No debe dejarse solo al adolescente ni suponerse que basta con esperar a que se le pase.
Cuando el consumo se repite, afecta al rendimiento escolar o provoca conflictos, es aconsejable buscar orientación profesional. Reconocer el problema a tiempo es más útil que ocultarlo por vergüenza o tratarlo únicamente como una falta de disciplina.
Prevenir también es una tarea colectiva
La responsabilidad individual importa, pero no puede ser la única respuesta. Las unidades educativas pueden trabajar la presión de grupo, la gestión emocional y la toma de decisiones sin reducir la prevención a una charla ocasional sobre los daños del alcohol. Los municipios y las organizaciones juveniles pueden promover alternativas de ocio, deporte, cultura y encuentro que no tengan la bebida como protagonista.
Las familias, por su parte, pueden acordar límites coherentes, conocer los entornos en los que se reúnen sus hijos y mantener abiertos los canales de comunicación. Los establecimientos deben cumplir la prohibición de vender alcohol a menores y las autoridades tienen que hacer efectiva la normativa.
No se trata de presentar a los adolescentes como incapaces de decidir ni de responsabilizarlos por completo de un problema que también está condicionado por el entorno. Se trata de fortalecer su capacidad para elegir sin presión y de construir espacios donde esa elección sea respetada.
Entre los 13 y los 15 años, sentirse parte de un grupo puede parecer una necesidad enorme. Por eso, la prevención no consiste solamente en repetir que el alcohol hace daño. También significa enseñar que la amistad no exige beber, que la diversión no depende de una copa y que decir que no no convierte a nadie en menos adulto.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es únicamente por qué algunos jóvenes empiezan a beber, sino qué estamos haciendo para que sientan que necesitan hacerlo para encajar.
Alcohol en adolescentes: una alerta para Tarija
El consumo de alcohol durante la infancia y la adolescencia constituye un problema de salud pública que exige respuestas urgentes de las familias, las unidades educativas y las autoridades. Detrás de esta conducta pueden existir presión de grupo, búsqueda de aceptación, normalización del consumo en el entorno familiar y dificultades emocionales que requieren atención.
En Tarija, los datos generan preocupación. Un estudio presentado en diciembre de 2024 por el Centro Estadístico de la Universidad Privada Domingo Savio (UPDS), en coordinación con instituciones municipales, encuestó a 1.398 personas de entre 13 y 27 años. Entre sus resultados, identificó que el inicio del consumo de alcohol en el municipio de Cercado se situaba entre los 13 y 15 años. La necesidad de aceptación social figuraba entre los factores relacionados con esta práctica.
En agosto de 2026, autoridades municipales informaron sobre reportes de entre uno y tres casos diarios de estudiantes que consumían bebidas alcohólicas en distintas unidades educativas. Aunque estos reportes no representan una medición de la prevalencia entre todos los escolares, evidencian una preocupación que requiere atención sostenida.
A escala nacional, el Ministerio de Salud informó en 2017 que estudios anteriores identificaban al alcohol entre las sustancias más consumidas por estudiantes de 13 a 18 años. Un registro de 2008 señalaba que el 35,4 % de los adolescentes escolarizados había consumido alcohol. Estas cifras son antecedentes históricos, no indicadores de la situación actual, lo que refuerza la necesidad de estadísticas recientes y confiables.
¿Por qué comienzan a beber tan temprano? La curiosidad, la presión de los amigos, el deseo de parecer adultos y la facilidad de acceso pueden influir. Además, cuando el alcohol se presenta como indispensable para divertirse en fiestas y celebraciones, se favorece su normalización.
Las consecuencias pueden afectar la salud física y emocional, la toma de decisiones, el rendimiento escolar y las relaciones familiares. La intoxicación también incrementa el riesgo de accidentes y situaciones de violencia.
La prevención comienza en casa mediante el diálogo, los límites claros y el ejemplo de los adultos. Las escuelas deben promover educación emocional, habilidades para resistir la presión de grupo y detección temprana, sin humillar ni estigmatizar. Asimismo, las autoridades deben reforzar el control de la venta de alcohol a menores y facilitar el acceso a orientación psicológica.








