Nueva reunión
COP26: La vía a una cumbre histórica (o decepcionante)
Bolivia se comprometió a reforestar 4,5 millones de hectáreas, pero solo en 2019 perdió 5 millones por los incendios. Los países más desarrollados deben dotar un fondo de 100.000 millones de dólares para los más pobres



La cumbre climática de la ciudad de Glasgow, en el norte de Reino Unido, la más importante desde 2015, puede pasar a la historia como un hito o como otra frustración, según resuelva o no los espinosos temas pendientes para contener el recalentamiento planetario.
En el primer caso, puede situarse a la altura de las citas de Cancún de 2010, que rescató el proceso negociador luego del fracaso del año previo en Copenhague, y de París, donde se gestó el acuerdo del mismo nombre que definió reducción voluntaria de emisiones y límite al calentamiento planetario.
Si incumple, quedará al lado de Copenhague (COP15), la conferencia de 2009, y de Madrid (COP25), la cumbre de 2019, cuyos avances fueron considerados más que insuficientes por organizaciones ambientalistas y académicos.
Para el exnegociador climático mexicano Roberto Dondisch, es difícil adelantar un éxito o un fracaso en la 26 Conferencia de las Partes (COP26) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), que se desarrollará en la ciudad escocesa entre el 31 de octubre y el 12 de noviembre.
“Esta vez no se busca un acuerdo, sino resolver temas que no se han solventado. En París pasaba lo mismo, pero se creó un espacio para solucionarlo. Los reportes no son muy halagüeños de cómo estamos y lo que debemos hacer. Las condiciones son muy complicadas, la voluntad está ahí, pero no los resultados”, dijo a IPS el socio emérito del no gubernamental Stimson Center, asentado Washington.
La gobernanza climática ha recorrido un largo camino hasta llegar a la COP26.
Antecedentes
En 1992, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, escenificada en Río de Janeiro por el 20 aniversario de la primera Conferencia sobre el Medio Ambiente Humano en Estocolmo, en 1972, convocó a líderes políticos, científicos, representantes de organismos internacionales y a la sociedad civil organizada para abordar el impacto de las actividades humanas sobre el ambiente.
Entre los resultados de la llamada Cumbre de la Tierra figura la creación de la CMNUCC, en un momento en que ya existía evidencia del recalentamiento planetario causado por la actividad humana.
De hecho, ya en 1990, apareció el primer reporte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), creado por la Asamblea General de la ONU en 1988 e integrado por científicos de todo el mundo, con la responsabilidad de evaluar el conocimiento científico existente relacionado con los fenómenos climáticos.
Informe tras informe, el IPCC se ha ido transformando en una pieza clave del entramado climático global para entender y atender la crisis del incremento de las temperaturas y sus impactos.
Siete años después, en 1997, los Estados miembros de la CMNUCC negociaron el Protocolo de Kioto (PK), rubricado en esa ciudad japonesa durante la COP3 y que estableció metas de reducción de emisiones forzosas para 36 países industrializados y la Unión Europea como bloque, listados en el Anexo II del acuerdo.
Allí las naciones del Sur en desarrollo se libraron de esa obligatoriedad, en el Anexo I del pacto.
Tras un primer periodo de cumplimiento (2008-2012), las partes acordaron otro lapso para 2013-2020, que en la práctica nunca entró en vigor, hasta que el protocolo fue sustituido por el Acuerdo de París.
El PK, que cobró vigencia en 2005 –sin la participación de países determinantes como Estados Unidos y Rusia–, también tiene su propia junta de las partes (CMP), que vela por su aplicación y resuelve para promover su eficacia.
La anodina COP19 de Varsovia en 2013 sirvió para testificar el nacimiento del Mecanismo Internacional de Varsovia para Pérdidas y Daños asociados con los Impactos del Cambio Climático (WIM, en inglés), cuyas reglas de operación y financiamiento serán centrales en los debates de Glasgow.
Las políticas climáticas serán el foco de la COP26, copresidida por Reino Unido e Italia, y que tuvo que postergarse un año, por las restricciones impuestas por la pandemia de covid-19.
La COP26 abordará las reglas de los mercados de carbono, el financiamiento climático por al menos 100 000 millones de dólares anuales, las brechas entre las metas de reducción de emisiones y las disminuciones necesarias, las estrategias para neutralidad del carbono en 2050, planes de adaptación y el programa de trabajo sobre comunidades locales y pueblos indígenas.
Pero en la agenda de las dos semanas de debates no estará la meta de los cientos de miles de millones de billetes verdes anuales, que ha quedado postergada para 2023, síntoma de que el financiamiento para mitigación y adaptación al fenómeno climático es la papa caliente para las partes.
Arquitectura compleja
La CMNUCC entró en vigor en 1994 y ya ha sido ratificada por 196 Partes, en que además de los 193 Estados que integran la ONU participan la UE como bloque, las Islas Cook y Niue, países insulares del Pacífico sur.
Las Partes del vinculante tratado suscriben una convención universal que reconoce la existencia de un cambio climático causado por las actividades humanas y arroga a los países desarrollados la responsabilidad mayor para combatir el fenómeno.
Las COP, en que participan todos los Estados parte, rigen la Convención y se reúnen anualmente en conferencias mundiales en las que toman decisiones para lograr los objetivos de la lucha climática, adoptadas por unanimidad o por consenso, especialmente luego de que el PK no alcanzó las metas negociadas.
En París, en la COP21, los países miembros acordaron metas voluntarias de contracción de la contaminación, para mantener el aumento de temperatura por debajo de 1,5 grados C, considerado el límite ideal para contener desastres como sequías y tormentas destructivas, con altos costos humanos y materiales.
Esas metas quedan plasmadas en las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, en inglés), en las cuales los países plasman sus objetivos a 2030 y 2050. Solo 13 naciones han presentado una segunda versión de sus medidas, desde que en 2016 empezaron a enviar sus acciones a la Secretaría de la CMNUCC, con sede en la ciudad alemana de Bonn.
El Acuerdo de París, vigente desde 2020 y hasta ahora ratificado por 192 Estados Partes, consta de su propia reunión de las Partes (CMA), que supervisa su cumplimiento y solventa sobre el fomento a ese acatamiento.
Cada COP también concita la presencia de miles de delegados empresariales, organizaciones no gubernamentales, organismos internacionales, científicos y periodistas.
De hecho, en paralelo a la COP26 de los delegados oficiales, se realizará la Cumbre Alternativa, que como en ediciones anteriores reúne a movimientos sociales de todo el mundo, y que propugnan por el abandono próximo de los fósiles y el rechazo a las llamadas “falsas soluciones”, como mercados de carbono; una transición energética justa y reparaciones de daños y redistribución de fondos a comunidades indígenas y países del Sur global.
Sandra Guzmán, directora del Programa de Financiamiento Climático de la no gubernamental Iniciativa de Política Climática –con oficinas en cinco países-, avizora una cumbre compleja, especialmente en cuestiones de financiamiento.
“Nadie sabe a ciencia cierta cómo se van a cubrir las pérdidas y daños. Los países desarrollados no quieren hablar de más fondos. El escenario para el acuerdo político es siempre difícil. La expectativa es que la COP avance y establezca un paquete de progreso y tender un buen puente para la próxima reunión”, indicó a IPS desde Londres.
Por 30 años, las Partes de la CMNUCC han hecho lo mismo, sin lograr la ansiada rebaja de las emisiones ni el control del recalentamiento. Si la COP26 sigue la mecánica repetida, los resultados difícilmente van a variar, cuando concluyan las dos semanas de debates y de actividades, en que participarán más de 25 000 personas.
¿Cómo podremos medir el éxito de la COP26?
Del 31 de octubre al 12 de noviembre tendrá lugar en Glasgow la 26 Conferencia de las Partes (COP26) de los más de 190 países firmantes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC). Su principal acuerdo es conseguir estabilizar la concentración en el aire de gases invernadero a un nivel que prevenga una “interferencia peligrosa” de las actividades humanas con el sistema climático global.
Estas conferencias mundiales se vienen celebrando anualmente desde 1995. La COP26 tendría que haberse realizado en 2020, pero la covid-19 obligó a retrasarla un año. En ellas se negocian acuerdos y acciones de cooperación a escala mundial para alcanzar el mencionado objetivo. También se revisa periódicamente el grado de cumplimiento de los compromisos alcanzados en anteriores conferencias.
Los asistentes a las sesiones son delegados políticos y altos funcionarios gubernamentales de todos los países, asistidos por expertos científicos y técnicos.
¿Qué define el éxito de una COP?
Esta COP26 presenta un interés especial pues en el climático Acuerdo de París de 2015, en la COP21, se fijó precisamente el año 2020 como el primer hito para comprobar públicamente el nivel de involucración de cada país en el compromiso de reducir la emisión global de gases invernadero.
El objetivo es evitar que el calentamiento global a final de siglo llegue a los 2 ℃ respecto a la era preindustrial y se quede en torno a 1,5 ℃, como establece el artículo 2 de dicho acuerdo.
En 2015 se solicitó a cada uno de los países que, en función de sus respectivas capacidades, aportaran compromisos “voluntarios” para reducir las emisiones a medio y largo plazo. Estos documentos son conocidos como contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, en inglés).
En ellos se debían incluir varios indicadores cuantificables. Entre otros, la reducción porcentual de emisiones prevista por cada país en 2030 respecto a un año de referencia. Del análisis de aquellos NDC enviados por todos los países firmantes se concluyó que con tales compromisos de emisiones futuras el calentamiento global a final de siglo se estabilizaría muy por encima del objetivo acordado.
Por eso, el Acuerdo de París estableció que en 2020 los países debían actualizar los NDC con compromisos más ambiciosos para recortar las emisiones nacionales y que en lo sucesivo esto se repetiría cada cinco años.
Hasta el pasado mes de julio, 113 países habían enviado los nuevos NDC con los que la CMNUCC ha confeccionado y publicado un informe de síntesis. En él se constata la escasa reducción de emisiones a escala global que contemplan los nuevos compromisos respecto a los remitidos en 2015. Para el año 2030 apenas se corregía 6 % en el total de emisiones mundiales.
Pero hay mucha desigualdad en la mejora aportada en los nuevos NDC. Mientras la Unión Europea, por ejemplo, ha pasado de una reducción de emisiones dl 40 % a una de 55 % en 2030 respecto a 1990, otros países apenas han cambiado de objetivos o utilizado métricas confusas. Incluso hay países que ni siquiera han enviado nuevos compromisos.
En la COP26 también se va a revisar otra importante acción incluida en el Acuerdo de París prevista para 2020: la aportación de los países desarrollados a un fondo de 100 000 millones de dólares anuales para ayudar a los Estados menos desarrollados en su transición a una economía baja en carbono y en la adopción de medidas para adaptarse al futuro cambio climático.
Estos son dos ejemplos que evidencian la crucial importancia de que la COP26 de Glasgow concluya con una señal positiva. Puede ser más o menos ambiciosa, pero que al menos no provoque desaliento en una sociedad cada vez más inquieta con las evidencias del cambio climático y sobre todo en una juventud que tendrá que afrontar la herencia que se les deje.
Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.