¿Sabías que la mamá pulpo muere por amor?

Cuando pone sus huevos, no se va. No busca comida, no duerme, no piensa en ella. Solo se queda ahí, inmóvil, cuidando.

Les da oxígeno, los protege del frío, los limpia con sus tentáculos cada vez más débiles. Y poco a poco… se apaga. Pero no se rinde.

Porque no vive para ella. Vive para ellos.

Y cuando por fin nacen, cuando los ve nadar por primera vez… muere.

En silencio. No por debilidad, sino porque cumplió su misión.

Las madres humanas no mueren como ella, pero muchas también se apagan sin que nadie lo note.

Se desvelan, se preocupan, se desgastan.

Guardan sus lágrimas para darte paz. Se quedan sin comer, para que tú comas.

Renuncian a sus sueños, para que tú persigas los tuyos.

Y no lo dicen. No lo esperan. Solo aman.

No buscan aplausos. Solo quieren que estés bien.

Que vivas. Que seas feliz. Que estés a salvo.

Porque así como la madre pulpo lo da todo, hay madres humanas que también se dan enteras…

Y sin saberlo, se van apagando por amor.

Gracias mamás. Por tanto. Por todo.


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