Se me fueron los años
Se me fueron los años, y no me di cuenta.
Entre hijos, deberes, silencios largos, camas frías y cafés que siempre se enfriaban antes de poder disfrutarlos.
Se me fueron entre sacrificios no reconocidos, promesas rotas y sonrisas fingidas para no preocupar a nadie.
Me convertí en un fondo silencioso, en la que sostiene, en la que aguanta, en la que todos consultan pero nadie pregunta si está bien.
Y un día, sin drama, sin testigos, me vi al espejo…
Y no lloré.
Me hablé.
Me dije: “Ya estuvo bueno.”
A mis casi setenta, cuando creía que ya no se levanta ni la rodilla, se me levantó la dignidad.
Esa que estaba guardada, escondida entre las costillas, esperando que por fin la escuchara.
Y con voz firme —aunque temblorosa— dije:
¡Basta!
Basta de ser la última.
Basta de mendigar cariño.
Basta de fingir que no duele.
Basta de pensar que se es buena mujer solo por aguantarlo todo.
Hoy, con arrugas, cicatrices y alma nueva, me reconstruyo.
Recojo a pedacitos la mujer que fui, la que soñaba, la que reía sola, la que no pedía permiso para vivir.
Y me abrazo.
Porque no es tarde.
No lo es para amarme, para elegir-me, para priorizar-me.
No lo es para volver a decir “yo primero” sin culpa.
A esta edad me reinvento…
y lo haré como se me dé la gana.


