El gorrión que habló demasiado tarde
En la esquina de un parque antiguo vivía un pequeño gorrión.
No era como los demás: sus alas tenían destellos dorados, como si el amanecer le hubiera rozado suavemente al nacer.
Siempre estaba junto a una gorriona dulce, paciente y amorosa.
Ella lo cuidaba con ternura, y cada día le decía sin falta:
— Te quiero.
— Cuídate mucho.
— Para mí, eres único.
El gorrión escuchaba, pero rara vez respondía.
No por falta de amor, sino por costumbre.
Creía que tendría todo el tiempo del mundo para decir lo que sentía.
Hasta que una mañana, al despertar, la rama junto a él estaba vacía.
Buscó entre los árboles, los tejados, el cielo, pero ella ya no estaba.
Desde entonces, cada tarde al caer el sol, el gorrión se posa en la misma rama, y susurra con voz entrecortada:
— Te quiero…
— Cuídate…
— Para mí, fuiste única…
Pero ya no hay nadie para escucharlo.
El amor no debe guardarse para después.
Las palabras importantes no pueden esperar.
¿Has dicho hoy lo que tu corazón guarda o estás esperando un “después” que quizá nunca llegue?


