Se perseverante
—Estudiar es cosa de jóvenes. A mi edad, ¿para qué?, se decía Luis a los 60 años.
Trabajaba como chofer en una empresa de transporte. Era responsable, querido por todos, pero guardaba un secreto: no había terminado la primaria.
Sabía leer apenas lo justo. Cada vez que tenía que firmar algo, las manos le temblaban.
Su compañero de trabajo, Carlos, era todo lo contrario: joven, trabajaba para pagarse la universidad. Cuando hablaban del tema, Carlos se reía:
—Luis, ya olvídate de estudiar. Han pasado los años para ti y lo mejor es que disfrutes la vida.
Luis no respondía. Pero desde ese día decidió ir a la escuela nocturna.
Se sentaba en la última fila, era el mayor de todos. Al principio le daba vergüenza. Las letras parecían enigmas. Pero no faltó ni una sola clase.
Los profesores lo miraban con respeto. Sabían que él estaba ahí por algo más que un diploma: estaba cumpliendo una promesa consigo mismo.
Tanta fue su emoción cuando aprendió a escribir que hizo una carta para las personas que amaba: su hija, su esposa, sus hermanos y amigos, era un nuevo mundo para él, otra forma de comunicarse, sus pensamientos cobraban vida.
Pasaron meses. Y llegó el gran día: la graduación.
Luis se vistió como nunca. Camisa blanca, zapatos lustrados. Invitó a su familia, nadie se imaginaba que él había estado yendo a la escuela, era una sorpresa para todos.
Cuando escuchó su nombre y salió al frente a recibir su diploma, las lágrimas de felicidad salieron sin parar. Todos aplaudieron de pie, su familia estaba orgullosa, incluso Carlos estaba ahí.
Cuando la ceremonia terminó, su familia lo abrazó y Carlos se acercó a despedirse:
—Me diste una lección, viejo. Nunca es tarde, ¿verdad?
Luis sonrió.
—Mientras respires, siempre hay tiempo.
—Ten por seguro, Luis, que esto que hiciste hoy no te lo enseñan en ninguna universidad, eres grande, eres perseverante.
Luis sintió una felicidad desconocida hasta ese momento. Estaba satisfecho, su vida tenía un nuevo sentido.


