La mente de una mamá no descansa nunca
Puede estar acostada, en silencio, con la luz apagada… y su cabeza sigue funcionando.
Pensando si dejó lista la lonchera.
Si pagó el recibo de la luz.
Si su hijo entendió por qué lo regañó.
Si mañana le va a alcanzar el tiempo para todo.
Si lo está haciendo bien o si está fallando sin darse cuenta.
Porque una mamá no solo se ocupa de lo que se ve.
También carga con lo invisible: la culpa, la preocupación, la exigencia, el miedo a no estar a la altura.
Y aunque parezca que está bien, muchas veces por dentro está agotada.
Se pone de pie, atiende, responde, sigue, pero a veces solo quiere que alguien le diga: “Hoy no te preocupes. Yo me encargo”.
Un rato sin pensar en todo.
Sin tener que resolverlo todo.
Sin tener que ser fuerte todo el tiempo.
A veces no llora, pero lo necesita.
No pide ayuda, porque no quiere molestar.
No se queja, porque “así es ser mamá”, ¿no?
Pero eso no significa que no esté cansada.
Por eso, si vives con una mamá, no esperes que te lo diga.
Ayuda. Escucha. Pregunta cómo está, de verdad.
Y si tú eres esa mamá: No te acostumbres a vivir con la mente llena y el corazón vacío.
No dejes que el cansancio sea tu estado natural.
No estás sola.
Y aunque no siempre puedas soltar todo, mereces al menos un momento donde no tengas que sostenerlo tú sola.


