Dale el mando al lobo y la oveja se convencerá de que merecía ser devorada
Así funciona el abuso: no solo manda.
También te convence de que el problema eres tú.
Que si grita, es porque lo provocaste.
Que si no te valora, es porque no eres suficiente.
Que si te duele, es tu culpa, por ser “demasiado sensible”.
Lo más difícil es que a veces ni siquiera lo vemos como abuso.
Solo creemos que “así son las cosas”.
Pero siempre con el mismo efecto: te hace dudar de ti.
En una relación:
Fuiste a decirle que te dolió lo que hizo.
Y sin saber cómo, terminaste pidiendo perdón.
En el trabajo:
Te exigen más, te presionan, te ignoran.
Y empiezas a creer que el problema eres tú.
Que no das la talla. Que no estás “a la altura”.
En la familia:
Intentas decir cómo te sientes…
y te llaman dramática, malagradecida.
Y aprendes a callar. A no incomodar.
Te entrenaron para pensar que si alguien se porta mal contigo, algo hiciste tú.
Que si duele, es porque exageras.
Que si te ignoran, es porque no das la talla.
Y así, aprendiste a explicarte el daño, desde tu propia culpa.
Eso también es abuso.
No el grito, no solo el golpe, sino la idea que se queda:
la que te hace dudar de lo que viste, de lo que sentiste, de lo que vales.
Sanar es esto: empezar a mirar distinto.
Y decir, aunque sea en voz baja:
“Esto que viví no fue normal”
“Esto que sentí era válido”
“No me lo merecía.”
Porque el abuso se rompe así: cuando dejas de explicarlo y empiezas a reconocerlo.
No se trata de encontrar un culpable.
Se trata de dejar de justificar lo que duele.
De poner límites, aunque incomode.
De no seguir callando para que todo parezca estar bien.
Y sobre todo, de empezar a tratarte como mereces…
aunque a otros no les guste.


