Un poco huérfano de los propios hijos
Hay un periodo en que los padres vamos quedando un poco huérfanos de los propios hijos:
Ya no los buscamos más en las puertas de los antros y en las fiestas.
Pasó el tiempo del piano, el ballet, el inglés, natación y el fútbol. Salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.
Debimos haber ido más junto a su cama al anochecer, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia o de los cubrecamas de las habitaciones de adolescentes llenas de calcomanías, posters, agendas coloridas y música ensordecedora.
Llegó el tiempo en que viajar con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, pues era imposible dejar el grupo de amigos y primeros amoríos.
Debimos haberlos abrazado más, besado más. Pudimos haber pasado más tiempo con ellos.
Crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto.
Ahora sólo nos resta quedar mirando desde lejos, rezando mucho para que no les pase nada malo y para que escojan bien en la búsqueda de la plenitud y que la conquisten del modo más completo posible.
El mayor acto de amor del apego es irónicamente, al pasar los años, el desapego en sí.
Dejarlos volar, dejarlos crecer, dejarlos ser. Suena difícil pero debes confiar en el poder de tu corazón que tanto amor les da.


