Certezas para tiempos difíciles

Sin un plan claro para recuperar dólares y generar confianza, el costo del “tipo de cambio flexible” seguirá recayendo sobre las familias

La estabilidad económica no se recupera únicamente cambiando el régimen cambiario. Los mercados necesitan reglas claras, las empresas necesitan previsibilidad y las familias necesitan saber que el esfuerzo cotidiano no perderá valor de un día para otro.

Bolivia atraviesa uno de los momentos económicos más delicados de las últimas décadas. La adopción del tipo de cambio flexible era, probablemente, una decisión difícil de seguir postergando después de años de distorsiones, pérdida de reservas internacionales y un mercado paralelo que ya había impuesto, de hecho, un precio diferente para el dólar. Sin embargo, reconocer esa realidad no significa aceptar que el proceso pueda desarrollarse sin un rumbo claro.

El principal problema hoy no es únicamente que el dólar oficial haya superado los diez bolivianos o que el mercado paralelo siga marcando valores aún mayores. El verdadero problema es la incertidumbre. Cada día sin una estrategia integral alimenta la especulación, paraliza inversiones y acelera decisiones defensivas de empresas y consumidores que terminan empujando todavía más los precios hacia arriba.

Los efectos ya comienzan a sentirse. Los alimentos que dependen de insumos importados, los medicamentos, los repuestos, los materiales de construcción y buena parte de los insumos agrícolas inevitablemente trasladarán el nuevo costo del dólar a sus precios finales conforme se renueven inventarios. Quienes viven de un salario fijo contemplan cómo su poder adquisitivo se reduce mientras los ingresos permanecen prácticamente congelados.

La economía puede adaptarse a un nuevo tipo de cambio; lo que difícilmente soporta es la incertidumbre permanente

La economía funciona también sobre expectativas. Cuando empresarios y consumidores desconocen cuál será el precio del dólar dentro de una semana o un mes, las decisiones se vuelven conservadoras. Se compran menos bienes, se retrasan inversiones, se acumulan inventarios por precaución y muchos precios se fijan pensando en el peor escenario posible. Esa incertidumbre termina convirtiéndose en inflación.

Por eso el tipo de cambio flexible, por sí solo, no resolverá la escasez de divisas. El país sigue necesitando dólares. Necesita recuperar la confianza para atraer inversión, incrementar exportaciones, generar nuevas fuentes de ingreso externo y reconstruir unas reservas internacionales que permitan estabilizar el mercado cambiario. Sin un plan consistente para aumentar la oferta de divisas, cualquier ajuste corre el riesgo de convertirse simplemente en una nueva etapa de depreciación del boliviano.

También es momento de que el Gobierno comunique mejor. La ciudadanía entiende que existen decisiones difíciles cuando percibe que forman parte de una estrategia coherente. Lo que resulta mucho más difícil aceptar es la sensación de improvisación. Las medidas económicas deben venir acompañadas de objetivos verificables, plazos, indicadores y explicaciones transparentes. Gobernar en tiempos de crisis también exige generar confianza.

La incertidumbre es hoy uno de los mayores enemigos de la economía boliviana. Y esa incertidumbre no se combate únicamente desde el Banco Central. Se combate con disciplina fiscal, señales claras al sector privado, instituciones creíbles y una hoja de ruta capaz de devolver previsibilidad a quienes producen, invierten y trabajan.

Porque, al final, las variables macroeconómicas siempre terminan aterrizando en la mesa de las familias. Son ellas las que pagan más por los alimentos, por los medicamentos y por el transporte. Son ellas las que ven cómo su salario alcanza para menos cada semana.

Bolivia necesita ajustes responsables, pero sobre todo necesita certezas. En momentos como este, improvisar resulta mucho más caro que decidir.

 


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