Perú y Bolivia: destinos paralelos, agendas diferentes
Para no abundar en detalles, la agenda presidencial es un conjunto de ideas caducas, aspiraciones frustradas y deseos abstractos
Perú, en muchos sentidos, es una Bolivia con esteroides.
Desde mis primeras visitas a ese país, en los años 50, tuve esa impresión. En Bolivia ya habíamos pasado por “la” revolución de 1952, y Lima nos parecía pretérita, un poquito anacrónica y señorial.
En los años 70, a Perú le tocó el populismo nacionalista de Juan Velasco Alvarado y la “reforma agria”, como escuché llamarla últimamente; y se produjo una migración de empresarios peruanos jóvenes a nuestra Santa Cruz agrícola.
En los 80, mientras Perú se defendía como “gato panza arriba” del embate de Sendero Luminoso, Bolivia ya iniciaba una democracia incipiente, controlábamos la inflación y liderizábamos la economía.
Y en 1990 llegó Alberto Fujimori, tras derrotar sorpresivamente al insigne escritor Mario Vargas Llosa, y libró a su país del Senderismo, a costa de una cruel guerra interna. Además, institucionalizó el manejo de las finanzas públicas, garantizando la independencia de la política monetaria mediante el blindaje del Banco Central de la injerencia del Poder Ejecutivo y de la política, lo cual ha preservado la estabilidad y fomentado el crecimiento económico del que disfruta hoy Perú.
Los veinticinco primeros años del siglo XXI han sido, tanto para Perú como para Bolivia, una larga noche de oscurantismo político.
La gran diferencia es que Perú mantuvo una estabilidad y racionalidad en su política económica, aislada de los vaivenes de la política, tremendamente inestable, con el continuo relevo de presidentes en la última década.
Mientras Bolivia cayó bajo el yugo del MAS de Evo Morales, que arrasó electoralmente el 2006, y gobernó él y su partido por los siguientes 19 años (2006-2025), destruyendo la prosperidad heredada y, luego, quebrando económicamente al país.
Con esos antecedentes llegamos al presente.
En noviembre pasado, Rodrigo Paz triunfó sorpresivamente con 32% del electorado y dirimió en segunda vuelta con 55% de un electorado de siete millones. Este 2026, Keiko Fujimori ganó electoralmente tras cuatro intentos anteriores. Pasó al balotaje frente a Roberto Sánchez y en la segunda vuelta se impuso con el 50,13% de los votos válidos, derrotándolo por apenas 49.641 votos, en una elección con más de 18 millones de votos válidos.
Keiko vino preparándose para la presidencia desde sus 19 años, cuando actuó como primera dama de su padre, participando en varias elecciones, en tres de las cuales obtuvo el segundo puesto, muy cerca del primero.
Rodrigo llegó a la presidencia sin un partido propiamente suyo. Ha formado gobierno con un círculo cerrado de íntimos y prestados, sin experiencia política y/o profesional, lo que le ha comido los primeros nueve meses críticos de su gobierno.
Evaluando la transmisión del mando presidencial en Perú, a la que asistí el 28 de julio pasado, se evidenció una clarísima diferencia entre las agendas de ambos países.
Keiko proyecta disciplina, orden y experiencia política. Conduce su propio partido y ha seleccionado un equipo de gobierno cuyos ministros designados brillan por su experiencia y prestigio en el ámbito de sus funciones y especialidades. En su discurso inaugural, ella delineó claramente su programa de gobierno. El gabinete ministerial fue conocido aun antes del juramento presidencial. Su gobierno tocó la pista corriendo; arrancó inmediatamente.
En el caso de Bolivia se podría decir que pasó lo contrario y para muestra basta un botón: la agenda que, según la prensa, llevó nuestro presidente a Perú fue: fortalecimiento del puerto de Ilo; corredor ferroviario Guaqui-Desaguadero-Puno; reactivación de la Comunidad Andina; y fortalecimiento de la cooperación bilateral.
Para no abundar en detalles, la agenda presidencial es un conjunto de ideas caducas, aspiraciones frustradas y deseos abstractos.
En lo portuario, pareciera que los planteamientos surgieron de una suerte de revancha contra Chile. Y se nota. Un puerto en Ilo fue y es un absurdo, como lo es Mollendo u otros en Perú. Los únicos puertos que hacen sentido práctico son aquellos que puedan acomodar los enormes barcos post-Panamá. Solo dos puertos en el Pacifico sur califican: Mejillones (Antofagasta), ya existente y en funcionamiento, y Chancay, en Perú, que requiere una inversión considerable para alcanzarlo desde Bolivia.
Los ferrocarriles solo tienen sentido si tienen gran capacidad de carga, velocidad razonable, acortan distancias existentes y son rentables; y el “corredor” ferroviario de Guaqui a Puno o el ferrocarril a Arica, no lo tienen.
Finalmente, la Comunidad Andina surge del Acuerdo de Cartagena, que fracasó en su intento de formar un mercado común andino para industrializarse sustituyendo importaciones detrás de una barrera arancelaria. Teoría de desarrollo obsoleta, ya desechada en los años 60, y solo traída de las cavernas académicas por el exmandatario Luis Arce, con evidentes resultados desastrosos.
¿Como es posible que se exponga a nuestro presidente con una agenda obsoleta y caduca frente a una mandataria que maneja una agenda moderna y objetivos claros? ¿No cuenta el servicio exterior con personal capaz de poner al día una agenda conjunta con Perú que, por ejemplo, incluya minería y turismo?
*Es catedrático y fue ministro de cinco carteras de Estado.





