El problema comienza cuando somos nuestras ideas

Las ideas pueden discutirse. Las identidades, en cambio, tienden a defenderse

Con la llegada de los dispositivos móviles, internet, redes sociales y una comunidad internacionalmente conectada, fuimos testigos de una revolución tecnológica que cambió para siempre la manera en que dialogamos, debatimos y compartimos opiniones. Como era de esperarse, esa revolución llegó a diversos ámbitos de estudio social, entre los cuales se encuentra la política. Sin embargo, esta expansión nos hizo testigos de un fenómeno que anteriormente se mostraba como algo incógnito ¿Por qué una discusión política termina tantas veces en insultos a las personas y no a los argumentos? ¿Por qué criticar una idea suele sentirse como un ataque personal? El problema no consiste en que existan ideas diferentes. El conflicto surge cuando las personas dejan de limitarse a tener ideas y comienzan a identificarse profundamente con ellas, como una extensión de su ser.

El ser humano, en esencia, es un ser que posee una racionalidad natural. Y, gran parte de la racionalidad, se ve potenciada por la capacidad de producción de ideas, es decir representaciones internas del mundo externo en el que se habita. Ahora bien, ha de hacerse una diferenciación sustancial entre dos aspectos importantes: lo producido y el productor. Tener ideas no hace al productor esas ideas. Es decir, mientras una idea permanezca separada del individuo, puede modificarse, discutirse, e incluso abandonarse. Pero cuando esa idea pasa a formar parte constitutiva del “yo”, cualquier crítica deja de percibirse como un cuestionamiento intelectual y comienza a experimentarse como una agresión personal. Sin embargo ¿Qué ocurre cuando las ideas se vuelven parte de nuestra identidad?

Cuando una persona siente que “Yo soy esta idea”, entonces, la discusión deja de ser racional y comienza a ser emocional y existencial.  La defensa de una idea ya no significa defender únicamente su sustento lógico, ahora, equivale a defender el sustento ontológico que hace a una persona esa persona. Entonces, cambiar de opinión se vive como perder una parte de sí mismo y verse alienado frente a, lo nuevo pero lógico, versus, lo viejo pero mío. Porque aceptar una idea nueva puede sentirse como abandonar una parte de aquello que se consideraba como propio. Cuando ello ocurre, escuchar a otro opuesto se vuelve mucho más difícil.

Esto permite entender parcialmente, por qué el debate político contemporáneo se vuelve cada vez más polarizado. Las diferencias ya no se viven únicamente como desacuerdos sobre programas o propuestas, sino como enfrentamientos entre identidades. En este escenario, Bolivia no es la excepción. En nuestro contexto de alta polarización, la defensa de ciertas posiciones políticas, suele confundirse con la defensa de la propia identidad, dificultando el diálogo entre actores con visiones distintas.

Una democracia necesita de ciudadanos capaces de defender sus convicciones, pero a su vez, de reconocer que ninguna idea constituye por sí misma la totalidad de una persona. En tanto las ideas puedan ser discutidas sin que las identidades se sientan amenazadas, el diálogo seguirá siendo posible. Las ideas nacieron para ser debatidas, pero, cuando se convierten en identidad, comienzan a exigir ser defendidas.


Artículos Recientes
Tema del día
Tema del día
Primero las instituciones
Primero las instituciones