La generación de cristal somos nosotros

Son las diez de la noche y en el cuarto de mi hija se filtra una luz azulada. Terminó el colegio, el entrenamiento, las tareas, la mesa que le tocaba levantar. Cualquiera diría que, en vacaciones su jornada acabó. No, acaba de empezar su segundo turno.

A ese turno no lo contrata nadie y no paga sueldo. Exige mantener un estándar de belleza que cambia cada semana. Exige parecer independiente sin haberlo sido nunca. Exige sobrevivir a la indirecta pública, al silencio calculado de alguien que dejó de mirar sus historias, al chico que aparece y desaparece como un truco de magia, al grupo que ignora con puntería de francotirador. Y exige hacerlo todo con cara de que no cuesta nada, porque ahí adentro mostrar esfuerzo es perder puntos. Es trabajo emocional a destajo. Lo hacen millones de adolescentes y jóvenes cada noche, justo cuando los adultos creemos que por fin descansan.

Frente a eso, los adultos encontramos una etiqueta cómoda: “generación de cristal”. La expresión, atribuida a la filósofa española Montserrat Nebrera, describe a adolescentes y jóvenes supuestamente frágiles, sobreprotegidos, incapaces de tolerar la frustración. La frase prendió porque resuelve un problema complejo con dos palabras y nos deja a los adultos del lado “correcto” del espejo. Es cómodo como echarle ají al guiso de fideo para tapar que la carne está dura: ayuda a tragar, pero el problema sigue ahí, hirviendo en la olla.

Mi generación también tuvo rutinas pesadas: colegio, exigencias del hogar, expectativas heredadas, padres cansados. Lo que no tuvo fue este segundo turno. Nuestro dolor era físico, presencial, tenía cuerpo y dirección. Si alguien me hacía bullying en el colegio, yo sabía a quién evitar en el recreo; el problema tenía nombre, horario y pasillo. Ahora el recreo dura veinticuatro horas y no tiene patio. Sospecho que, si hubiéramos crecido con todo esto encima, la etiqueta de cristal la habríamos recibido nosotros, mientras una generación más vieja chasqueaba la lengua: “nuestros padres sí sabían aguantar”.

De este atolladero me sacó la antropología. En 1970, Margaret Mead publicó Cultura y compromiso y distinguió tres tipos de cultura: la posfigurativa, donde los niños aprenden de los abuelos y nada cambia; la cofigurativa, donde niños y adultos aprenden por igual de sus contemporáneos; y la prefigurativa, donde “será el niño, y no el padre o el abuelo, el que represente lo que está por venir”. Mead escribió eso pensando en la televisión y la bomba atómica. Medio siglo después, su tercera cultura dejó de ser hipótesis: es la casa donde vivimos.

Los datos acompañan. El informe más reciente de Sapien Labs, dirigido por la neurocientífica Tara Thiagarajan, reporta que cuatro de cada diez jóvenes de 18 a 34 años en el mundo viven con afectaciones de salud mental clínicamente significativas, cuatro veces más que la generación de sus padres. Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, ubica la fractura entre 2010 y 2015: smartphones baratos, redes diseñadas para retener la atención, calles que les prohibimos por seguridad mientras les entregábamos un universo entero en la palma de la mano. No los criamos blandos. Los criamos en otro mundo y nos olvidamos de mudarnos con ellos.

Aquí conviene ser honesto con la objeción fuerte, no con la débil. Sí, hay fragilidad. Hay adolescentes y jóvenes que no logran tolerar la frustración. Pero esa fragilidad no es un defecto de fábrica de su generación: es un producto nuestro. Las y los sobreprotegimos en la calle, pero abandonamos en la pantalla. La educadora chilena Marcela Momberg los llama “huérfanos digitales”: los soltamos en una autopista sin enseñarles a manejar y después nos sorprende el choque.

Habrá quien diga que cada generación reclamó por sus hijas e hijos, y tendrá razón a medias. Los padres victorianos tampoco entendieron a los suyos cuando migraron de la chacra a la fábrica; la adolescencia como categoría ni siquiera existía antes de la Revolución Industrial, el psicólogo G. Stanley Hall la nombró recién en 1904. La ruptura generacional no la inventó TikTok: ocurre cada vez que un cambio tecnológico le mueve el piso a la especie. Lo distinto ahora es la velocidad. Nosotros crecimos pensando que el futuro era una hipoteca a treinta años. Ellos crecen sabiendo que el futuro es un algoritmo que puede cambiar de humor el martes.

Lo que aprendí hasta ahora, a los tropezones, es que la conexión con adolescentes y jóvenes no se construye explicándoles cómo era el mundo antes. Se construye al revés: preguntando, escuchando y aguantándose las ganas de corregir. Las mejores conversaciones que he tenido con mi hija empezaron porque me callé a tiempo. Las peores, porque arranqué con un sermón sobre las pantallas que yo mismo no habría escuchado a los quince años. Traducir, en la práctica, es humillante y sencillo: preguntar qué significa “six seven”, dejar que te expliquen el chiste y aceptar que en ese territorio el analfabeto soy yo. La autoridad adulta no se pierde por escuchar, solo cambia de forma. Se gana traduciendo, no decretando.

Son casi las once. La luz azulada sigue ahí. Podría entrar a decretar el apagado y cobrar mi cuota de autoridad. O podría acercarme y preguntarle en qué anda, quién la acompaña en ese segundo turno que yo nunca trabajé. Si la etiqueta de cristal sirve para algo, que sirva como espejo, los frágiles somos nosotros, los adultos que no entendemos. Nuestras adolescentes y jóvenes no son una nueva especie. Solamente están aguantando un mundo que nosotros no conocemos, pero creemos saber.


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