Mitos de las nativas digitales

He dedicado esta columna, semana tras semana, a seguirle el rastro a la trata: el consumidor que se escabulle de la foto, la víctima que ya no cruza una frontera sino un algoritmo, el dinero que se evapora en una transferencia de banca móvil con QRs que nadie observa de verdad. Hoy quiero detenerme en el eslabón que damos por descontado, ese que creemos a salvo: la propia víctima, a la que nombramos con una ternura peligrosa “nativa digital”.

Repetimos esas palabras como un amuleto cada vez que una persona adulta se siente torpe frente a una pantalla, con la certeza de que nuestras hijas e hijos vinieron al mundo con un manual de internet bajo el brazo. Nacieron con una pantalla en las manos y crecieron entre celulares, seguro saben todo de tecnología. Es una idea cómoda, casi tierna, pero falsa.

El término lo propuso Marc Prensky en 2001, de manera irresponsable diría yo, porque no tenía ni una sola investigación seria que lo respaldara. Dos décadas después, los estudios serios coinciden en algo incómodo: la diferencia de habilidad entre dos adolescentes cualesquiera suele ser mayor que la que separa a la adolescencia de la adultez. Nadie sabe de tecnología por haber nacido en la fecha correcta. Lo que existe es una generación que sabe abrir aplicaciones, ver videos cortos durante horas y jugar, y confundimos esa destreza con experticia digital. Es como creer que quien domina el control remoto de la TV sabe de ingeniería electrónica.

La trampa tiene un detalle perverso: la propia juventud se lo cree. El 71% de las y los jóvenes se considera la persona más experta en tecnología de su casa, pero más del 30% no sabe ni configurar la privacidad de sus cuentas. Se sienten al mando del barco sin saber dónde está el chaleco salvavidas. Y quien se cree invencible es quien primero baja la guardia.

Mientras tanto, hay quien sí estudia ese terreno con paciencia de cazador. Los depredadores ya no acechan en un callejón; ahora abren una cuenta en Free Fire o en Roblox, regalan diamantes, robux, escuchan, halagan y piden una foto. Una sola. El resto es chantaje. En Bolivia, vemos muchos casos donde la víctima es captada justo dentro del videojuego que creía dominar, eso deja una imagen que debería perseguirnos: el peligro de hoy no toca la puerta, manda una solicitud de amistad.

Pero no todo el daño viene de una persona desconocida con avatar de guerrero. Otra buena parte llega de quien más confianza inspiró. Muchas adolescentes y jóvenes comparten imágenes  íntimas con su pareja o con su mejor amiga o amigo en un gesto de entrega total, y todo marcha bien hasta que la relación se rompe. Entonces aparece la represalia: este alguien, del otro lado de la pantalla, sin ningún consentimiento difunde un contenido que no le pertenece. Y aquí el cuadro se enturbia, porque quien reenvía para viralizar suele ser otra adolescente, otro compañero de curso que ni siquiera sabe que acaba de cometer un delito. Dos personas que se presumían nativas digitales: una no supo proteger lo que envió, la otra no entiende que un reenvío puede arruinar una vida y terminar en la cárcel. La etiqueta les quedó grande a ambas.

Los números, cuando alguien se molesta en leerlos, hielan la sangre. En México, una de cada ocho personas adolescentes sufrió abuso o explotación sexual en línea en un solo año; en Colombia, una de cada cinco. El 81% de las captaciones de menores para trata de personas documentadas en México empezó en una red social. En Bolivia, una sola línea de ayuda vio crecer los casos de violencia digital un 357% entre 2020 y 2024, y el grupo que más se disparó fue el de la niñez y la adolescencia. La FELCC habla de cinco a diez denuncias diarias. ¡Diarias!

Y conviene decirlo con todas sus letras, esta violencia tiene género. Y peor aún, recae, sobre todo, en niñas, adolescentes y jóvenes mujeres, a quienes los algoritmos hipersexualizan desde los doce años para que produzcan contenido “y sean vistas”. La misma víctima a la que me refería, termina cotizándose en una billetera de la banca móvil con un QR de contacto o hasta en apps del mercado cripto.

¿Y Tarija? Aquí viene lo que debería ponernos a pensar, porque no tengo una cifra tarijeña para este párrafo. No porque el problema no exista, sino porque nadie lo está contando, y esa ausencia no es buena noticia: es la peor de todas. Cuando un termómetro marca cero no significa que no haga frío; a veces significa que está roto. Si en un país vecino una de cada ocho adolescentes es víctima, ¿qué nos hace suponer que en nuestras ciudades la cifra es cero? Los mismos celulares, los mismos juegos, las mismas apps de banca móvil. Lo único distinto es que aquí nadie levanta la mano para contarlas.

Y hasta las cifras que existen mienten por defecto. En el estudio más serio de la región, una de cada tres personas adolescentes abusadas no se lo contó a nadie, y menos del 1% acudió a la policía. Traducido: por cada víctima que entra en una estadística hay un coro entero que jamás aparecerá. A ese subregistro lo bautizaron, con frío de contador, “cifra negra”. Yo lo llamaría más bien el silencio de los inocentes.

Seamos honestos. Si el Estado y la sociedad estuviéramos de verdad ocupándonos de esto, no tendríamos tantas víctimas, y menos aún esa multitud invisible. Bolivia recién en septiembre de 2025 promulgó la Ley 1636, que por fin le pone nombre y cárcel al grooming y a la difusión de material íntimo de NNAs, esto sí que es un gran avance.

Me dirán que exagero, que la mayoría usa el celular sin que le pase nada. Es cierto, y por eso mismo el argumento es tramposo. Nadie pide encerrar a la adolescencia ni espiarle el teléfono. Acompañar no es vigilar. Lo que pido es más simple y más difícil: dejar de creer que vienen vacunadas de fábrica, y enseñarles a desconfiar con la misma terquedad con que les enseñamos a cruzar la calle.

La nativa digital, ese prodigio que imaginamos, no existe. Existe una niña, un adolescente con un teléfono carísimo en la mano y nadie al lado que le haya advertido que del otro lado de la pantalla no siempre hay una amiga. Y mientras sigamos aplaudiendo lo bien que manejan el aparato, alguien seguirá aplaudiendo lo fácil que es alcanzarlas. En Tarija todavía estamos a tiempo de prevenir antes de lamentar. La pregunta es si nos ponemos a trabajar, o si preferimos seguir repitiendo con ingenuidad, que son nativas digitales.


Más del autor