El fin de los bloqueos no significa el fin del conflicto

La paz no consiste en la ausencia del conflicto, sino en la capacidad de administrarlo.

Pasaron unos pocos días desde que Bolivia volvió a la “normalidad”. Poco a poco el país se levanta de más de 50 días de bloqueos que paralizaron económica y socialmente la capital, como también las zonas circundantes. No obstante, la desaparición de un conflicto en la realidad objetiva no significa que el mismo se haya solucionado. El trasfondo del problema no es preguntarse si los conflictos terminaron, sino, si las causas que los hicieron posibles también lo hicieron.

En la política contemporánea existe una tendencia frecuente a interpretar todos los conflictos políticos como un síntoma del fracaso en una democracia. Vista desde este punto, la democracia parece mostrarse como “estable” cuando la misma carece de conflictos evidentes. Sin embargo, la inexistencia del conflicto no constituye una anomalía política, al contrario, este significa una de sus condiciones permanentes e inherentes a la misma. Según la Real Academia Española (RAE) la política hace referencia a la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.  En palabras simples “regir los asuntos públicos” significa tomar decisiones y orientar la vida colectiva: cómo se organiza el Estado, qué normas se aplican y cómo se administran problemas que afectan a todos. La administración de problemas relativos al conflicto en el sistema político es intrínseca a la política en cualquiera de sus formas. Por lo tanto, no se puede hablar de democracia sin conflicto. Allí donde existen intereses distintivos, proyectos de sociedad diferente y concepciones opuestas sobre el bien común, el conflicto surge como una condición inevitable.

Desde esta perspectiva, el problema de la democracia no es el conflicto en sí mismo, sino la forma en que se orienta y administra institucionalmente. En este entendido, el Estado no existe para eliminar las contradicciones sociales, dado que estas son naturales y necesarias. Al contrario, este existe para canalizar ese conflicto mediante procesos legales e institucionales que eviten que desemboque en formas conflictivas más radicales. Cuando las instituciones estatales no pueden satisfacer los medios necesarios para menguar una tensión problemática, el conflicto busca manifestarse en otros espacios: las calles, los bloqueos, las movilizaciones o cualquier otro mecanismo de presión colectiva.

Los últimos acontecimientos vividos en el país nos invitan a reflexionar al respecto. Si bien el levantamiento de los bloqueos representa una solución inmediata al problema de estancamiento económico, circulación pública y orden público, no necesariamente significa que el conflicto político profundo que le dio origen haya sido solucionado. Las demandas sociales, la tensión entre actores políticos y las discusiones sobre la legitimidad gubernamental aún se mantienen activas en la realidad nacional. Producto de ello, surge la pregunta, ¿Logró el Estado administrar el conflicto o sencillamente administrar una de sus expresiones?

En este entendido, el conflicto no ha de ser entendido como una amenaza al sistema político. Al contrario, también constituye un indicador de las contradicciones sociales que atraviesa una sociedad y no fueron resueltas por el orden estatal. Ignorarlas o reducirlas temporalmente no significa resolverlas, sino postergarlas para más adelante. En el caso de que permanezcan sin cauces institucionales eficaces, tienden a aparecer nuevamente bajo nuevas formas y con mayor intensidad.

La estabilidad que vivimos en nuestra nación, no depende de la ausencia del conflicto, sino del cómo se orienta y resuelve ese conflicto eficazmente por medio de métodos institucionales para convertirlo en deliberación, negociación y acuerdos políticos. En tanto esta capacidad del Estado permanezca debilitada, el fin de una crisis difícilmente significará el fin del conflicto. En el mejor de los casos, será un periodo de paz para una contradicción que aún se mantiene latente esperando una nueva forma de manifestarse.

Una democracia sin conflicto aparente no necesariamente es una democracia más sana, al contrario, puede ser una sociedad donde las contradicciones han dejado de expresarse públicamente. Cuando ello ocurre, el silencio no anuncia estabilidad: anuncia que el conflicto espera por una nueva forma para manifestarse.


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