La expropiación ideológica

El robo ideológico del vocablo universal humano

Las ideologías contemporáneas han orientado el movimiento histórico, político, social y económico mediante doctrinas que proponen un determinado deber ser de las sociedades humanas. Sin embargo, sospecho que muchas de ellas han secuestrado conceptos fundamentales de la condición humana, vaciándolos de su carácter universal y reduciéndolos a eslóganes asociados casi exclusivamente a una determinada corriente política. En consecuencia, resulta pertinente, adoptar una postura crítica frente al tratamiento de ideas como “libertad”, “igualdad” o “mercado”, conceptos que pertenecen al patrimonio común de la humanidad y que, con el tiempo, han terminado asociándose casi automáticamente con doctrinas particulares.

Entiéndase por expropiación ideológica el proceso mediante el cual una ideología reclama para sí conceptos universales e inherentes a la condición humana, reinterpretándolos y presentándolos como atributos característicos o exclusivos de su propia doctrina. Mediante este proceso, valores que pertenecen al conjunto de la humanidad son transformados en instrumentos de identificación ideológica, alterando su carácter universal y subordinándolos a proyectos políticos particulares. Corresponde entonces preguntarse, qué eslóganes políticos encubren esta apropiación simbólica y qué conceptos son aceptados hoy sin someterlos a la debida sospecha.

Comencemos con uno de los lemas más conocidos de la política contemporánea: ”¡Viva la libertad, carajo!”. Aunque el liberalismo haya desempeñado un papel fundamental en el desarrollo de la división de poderes y de diversas libertades que inspiraron a las sociedades políticas modernas, ello no implica que la libertad pertenezca al liberalismo. Conviene preguntarse: ¿es la libertad patrimonio exclusivo de esta doctrina? La respuesta es no. Un individuo no es liberal únicamente por defender la libertad, del mismo modo que la libertad no puede reducirse a la concepción particular que propone el liberalismo.

Lo mismo ocurre con el mercado. ¿Acaso la defensa del libre mercado solo puede ser realizada por un liberal? Tampoco. El mercado no fue creado por el liberalismo; fue descrito por Adam Smith como un fenómeno que existía mucho antes de la formulación de dicha doctrina. Diversas investigaciones sitúan prácticas de intercambio propias de un mercado en la antigua Mesopotamia entre los años 3000 y 2000 a. C. (El País, 2021). Tanto la libertad como el mercado responden a aspiraciones y prácticas humanas anteriores al liberalismo. Sin embargo, la constante asociación entre ambos conceptos y esta corriente política ha llevado a que muchas personas identifiquen automáticamente su defensa con una posición liberal. La libertad y el mercado son universales; su identificación exclusiva con el liberalismo constituye una forma de expropiación ideológica.

Un fenómeno semejante ocurre con la igualdad. Frecuentemente se la presenta como un rasgo inherente al pensamiento socialista. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿la igualdad pertenece al socialismo? La respuesta vuelve a ser negativa. La igualdad como valor aparece en tradiciones religiosas, filosóficas y jurídicas muy anteriores al surgimiento del socialismo. El cristianismo primitivo proclamó la igualdad espiritual de los seres humanos ante Dios (Gálatas 3:28); Platón y Aristóteles reflexionaron sobre distintas formas de igualdad; los estoicos defendieron la igualdad racional de los seres humanos, y el derecho romano incorporó principios de igualdad jurídica entre ciudadanos. Incluso el Código de Hammurabi, hacia el año 1750 a. C., estableció principios de justicia equitativa. El socialismo no inventó la igualdad; la reinterpretó desde su propia doctrina. Cuando la igualdad termina asociándose exclusivamente con el socialismo, asistimos nuevamente a un proceso de expropiación ideológica.

Algo similar ocurre con el concepto de Estado. Existe la creencia de que quien defiende un Estado fuerte o activo tiende una tendencia socialista. Sin embargo, esa identificación resulta simplista. La existencia de un Estado con mayor capacidad de acción responde, en muchos casos, a necesidades históricas, sociales y materiales concretas, no necesariamente a una doctrina socialista. El Estado antecede ampliamente a las teorías modernas que intentaron explicarlo. Antes de convertirse en objeto de reflexión filosófica, fue una forma práctica de organizar la convivencia humana y garantizar la satisfacción de necesidades colectivas (Cerioli, 2020). El estatismo, entendido como doctrina política, es mucho más reciente. Confundir la defensa de determinadas capacidades estatales con una adhesión automática al socialismo constituye otra manifestación de esta apropiación conceptual.

La expropiación ideológica no se limita al antagonismo entre liberalismo y socialismo. Puede observarse también cuando el conservadurismo reclama para sí la tradición, el anarquismo la autonomía, el feminismo la emancipación o el progresismo el progreso. Ninguno de estos conceptos nació con dichas corrientes. Todos existían previamente como expresiones de la experiencia humana y, posteriormente, fueron reinterpretados desde distintas doctrinas políticas.

Cuando los conceptos universales dejan de pertenecer al patrimonio común de la humanidad y pasan a identificarse casi exclusivamente con determinadas ideologías, el lenguaje político pierde parte de su capacidad para unir y comprender la realidad compartida. La libertad, la igualdad, la tradición, el progreso o la autonomía dejan entonces de ser puntos de encuentro para convertirse en banderas exclusivas de proyectos particulares. Y quizás a llegado el momento de recuperar estos conceptos para la totalidad humana y devolverles el carácter universal que nunca debieron perder.


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