La esperanza en riesgo

A más de 40 días desde el comienzo de los conflictos y al asedio a La Paz, las demandas se han irradiado a muchos otros puntos del país afectando la transitabilidad, la economía y ritmo de vida de una capital  política agotada de tanta tensión así como de los departamentos más cercanos.

Ni ambulancias, ni enfermos, ni ancianos, ni niños se han salvado de las posiciones radicales de unos; ni los agravios y dobles discursos de otros, que no solo impiden un diálogo sincero sino que lo alejan cada día más.

Las posiciones poco han cedido; cada día vimos acrecentar la beligerancia, el tono agresivo, la intransigencia, la polarización  y varios embates que han rozado peligrosamente en un desborde de violencia.

Mientras tanto, el resto del país observa, escucha. La situación duele y afecta el estado de ánimo social ante una coyuntura tensa después de varias semanas, la que no se puede destrabar siquiera para iniciar el diálogo.

La tensión colectiva provoca en muchas personas un estado permanente de  alerta e incertidumbre; afectando progresivamente nuestra salud mental por el aumento de la ansiedad y el estrés colectivo. La situación actual genera miedo, angustia, desconfianza, insomnio, agotamiento psicológico y desesperación; especialmente a quienes las medidas de presión tocan directamente así como en aquellos conciudadanos que viven del día a día y por la conflictividad no pueden desarrollar sus actividades laborales con normalidad ni llevar el pan a casa. En una situación más sostenida aún, incluso podría provocar en las personas cuadros de ansiedad crónica, depresión o estrés postraumático.

Los daños psicoemocionales también alcanzan a nuestros más pequeños, niños y adolescentes quienes están expuestos a diario a discursos agresivos, imágenes de conflictos y tensión social; y ante el ejemplo social que damos, poco podemos hacer.

Y en medio de todo esto, la esperanza, aquella que nos sostiene a la vida y mantiene la expectativa de mejores días, también se ve tocada y vulnerable; es difícil seguir y trabajar por un buen porvenir en un entorno con tantas dificultades. El problema es complejo como complejo es nuestro país, las soluciones nunca han sido inmediatas ni fáciles ni pueden invalidar al del frente. Requerirán compromiso real de diálogo, de tender puentes sobre lo roto y una voluntad importante de entender y validar al otro colectivo, en base a una coexistencia pacífica a pesar de los desacuerdos y con el compromiso en encontrar salidas no violentas y democráticas ante nuestras desavenencias.

Bolivia ha rozado el precipicio en más de una ocasión y ha dado siempre lecciones importantes de resiliencia, superación y resistencia ante situaciones muy difíciles; no por ello debemos dejar de esperar y especialmente trabajar para resolver de fondo nuestros conflictos estructurales con soluciones también de esta profundidad; que impliquen acercamiento real y búsqueda del bien común donde todos nos sintamos validados y respetados. Se hace fundamental recuperar la escucha profunda y real para llegar a acuerdos sostenibles de convivencia y evitar que la violencia llegue y se instale en nuestro país.


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