En crisis, la trata sigue teniendo quien le pague
Hay un personaje en esta historia que siempre logra escabullirse por la puerta de atrás. No es la víctima, a ella la fotografiamos, la entrevistamos, le preguntamos por qué confió, criticamos cómo iba vestida, qué hacía sola. Tampoco es el tratante, a quien en el mejor de los casos lo nombramos en los titulares cuando cae alguno, si es que cae. Pero el que nunca aparece en la foto es el que pone el dinero. El comprador, que puede ser profesionista, obrero, desempleado, estudiante o cualquier hombre con o sin oficio, pero finalmente es el que sostiene todo el negocio con su billetera y luego se va a dormir tranquilo.
Es mejor decirlo sin dorar la píldora, la trata es un mercado, y como todo mercado, no existiría sin demanda. Podemos rescatar víctimas hasta quedarnos sin aliento, pero mientras haya gente dispuesta a pagar por el cuerpo de otra, la oferta volverá a brotar, como el agua que busca su vertiente. La pregunta no debería quedarse en quién las capta. Sino también, quién las compra.
Y aquí entran las entretelas, con un telón de fondo muy complejo. Bolivia lleva meses mirándose el ombligo de su propia crisis: puntos de bloqueo en siete departamentos, desabastecimiento, peleas por el mal combustible, volatilidad del dólar, etc.. La coyuntura funciona como el truco del mago. Mientras todos miramos la mano que arma el bloqueo, la otra hace el trabajo sucio sin testigos. Los tratantes no piden que les regalen nada. Les basta con que miremos hacia otro lado.
El cuadro tiene, además, una ironía amarga. Sobre un expresidente pesa una orden de aprehensión por presunta trata agravada, con víctimas que eran niñas al ocurrir los hechos, y se lo acusa de alentar parte de las movilizaciones actuales. Y peor aún, el caos que multiplica la vulnerabilidad de las víctimas de trata podría estar siendo agitado, en parte, por alguien a quien la justicia busca precisamente por eso.
Los números, cuando uno se molesta en leerlos, no dejan lugar a la duda. Entre enero y septiembre del año pasado se registraron casi seiscientas denuncias por trata, tráfico y delitos conexos, y de cada cuatro víctimas, tres tenían rostro de mujer. Las más expuestas son las adolescentes y las jóvenes menores de treinta, esas a las que la precariedad, la migración empujada por la economía y el abandono institucional dejan a la intemperie. Ahora ya no caen solamente porque sean ingenuas. Caen porque alguien les ofrece justo lo que el Estado les niega: un trabajo, una salida, la promesa de que mañana será distinto y se cumpla.
Lo nuevo es que ese alguien ya no necesita esperarlas en una terminal de buses. Ahora las espera en la pantalla. La trata se mudó a los teléfonos con la misma naturalidad con la que nos mudamos todos. Hoy la captación tiene dos modalidades que la propia ONU bautizó sin poesía: la caza, perseguir a la presa por las redes, y la pesca, lanzar el anzuelo de un empleo falso y esperar a que el hambre haga el resto. En tiempos de crisis, el anzuelo nunca se queda sin mordedor. La víctima boliviana quizá ya no tenga que cruzar una frontera. Ahora cruza un algoritmo.
Volvamos al comprador, que es donde duele. Se dice que la ley no contempla a quien paga, eso es falso. El Protocolo de Palermo obliga a los Estados, desde hace más de veinte años, a desalentar la demanda. Y nuestras leyes ya tienen nombre y apellido para varias de esas conductas: tipifica el proxenetismo, la violencia sexual comercial, el grooming y mucho más. La herramienta existe. Lo que no existe es la voluntad de empuñarla. Sigue siendo más fácil interrogar la falda de la víctima que la billetera del “cliente” o más bien, del ¡prostituyente! ¡del explotador!
Y ya que hablamos de mirar hacia otro lado, hablemos de los que miran a la cámara. Pseudoactivistas que no distinguen la trata del tráfico ni les quita el sueño la diferencia. No los mueve la convicción, y lo peligroso no es su ignorancia, que se cura leyendo, sino el equipaje que esconden bajo la pancarta: ideas xenófobas, discursos que naturalizan la violencia de género, machismo maquillado. Y peor, cuando los medios les prestan micrófono, el amarillismo y el sensacionalismo hacen el resto. La sociedad, mareada de tanto ruido sin sustancia, se aletarga, se ralentiza y termina por dejar que todo pase. Hay desinformación que confunde y hay desinformación que anestesia; esta es de la segunda.
Mientras tanto, la institucionalidad que debería protegernos cruje. El Plan Departamental contra la Trata 2021–2025 ya venció, y seguimos esperando el nuevo como quien guarda un remedio caducado en el botiquín, por si acaso. El Consejo Departamental, máxima instancia en la materia, debería ponerse a trabajar. Pero los asuntos que de verdad importan tienen la mala costumbre de volverse invisibles cuando hay incendios más vistosos que apagar. Y los servicios de atención a las víctimas, que ya andaban con respiración asistida antes de la crisis, hoy directamente agonizan.
Desde la Red Departamental de Tarija contra la Trata de Personas no esperamos a que escampe. Ya solicitamos audiencia con la gobernadora, ya pedimos la convocatoria a sesión ordinaria del Consejo, ya trabajamos en prevención. Lo hicimos con cada gobierno que pasó y lo haremos con el que venga, sin importar el color político ni ningún otro aspecto, porque la sociedad civil tiene una virtud que a la política partidaria a menudo le falta: memoria.
Nosotros y nosotras seguiremos con una consigna firme, Por una Tarija Libre de Trata de Personas


