Más que salvar vidas: el valor oculto de vacunar

Cuando vacunamos a nuestros hijos, lo hacemos principalmente para salvar vidas. Una de las enfermedades más mortales es el sarampión. Se estima que cada año mueren alrededor de 136 mil niños en el mundo a causa de esta enfermedad, una cifra muy alta, aunque ha disminuido considerablemente desde los más de 760 mil fallecimientos que se registraban antes, gracias a las vacunas. Además de salvar vidas, la vacunación contra el sarampión también reduce gastos en salud, tiempo y preocupaciones para las familias.

Otra vacuna cada vez más aplicada es la que protege contra el neumococo. Este microorganismo patógeno puede causar diversas infecciones, entre las más graves y conocidas, la meningitis y la neumonía, ambas potencialmente mortales. Sin embargo, también provoca enfermedades que, aunque no ponen en riesgo la vida, generan un impacto significativo en la salud y en la economía familiar. Una de ellas es la otitis media, más conocida como inflamación del oído medio.

Cada año, aproximadamente el 11% de la población mundial padece otitis media, y la mitad de los casos ocurren en niños menor a cinco años. Aunque no hay datos específicos para todos los países, se estima que entre 1,100 y 36,000 de cada 100 mil niños la sufren. En Bolivia, esto equivaldría a unos 125 mil casos anuales. Es una cifra mucho más alta que, por ejemplo, la de la neumonía (7,000 casos). Y aunque la otitis media raras veces deja secuelas graves ni causa muertes, ¿realmente podemos decir que no es importante?

Recordemos esos 125 mil niños cada año. Muchos padres saben lo que significa ver a un hijo con dolor de oído: noches sin dormir, visitas al médico, medicamentos, traslados y horas de trabajo perdidas. Si lo traducimos a costos aproximados, hablamos de unos 20 USD por la consulta médica, 5 USD en medicamentos, 5 USD en transporte y 10 USD en tiempo de trabajo perdido. En total, unos 40 USD por caso. Multiplicado por 125 mil, esto equivale a alrededor de 5 millones de dólares al año. Y eso sin contar la preocupación, el sufrimiento del niño ni el desgaste emocional de los padres.

Por eso, la próxima vez que pienses en vacunar a tu hijo, recuerda que no solo se trata de prevenir enfermedades mortales. También se trata de evitar aquellas con alta incidencia que, aunque no sean letales, generan un enorme costo económico, emocional y social.


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